Silvina Ocampo, con su marido, Adolfo Bioy Casares
Silvina Ocampo, con su marido, Adolfo Bioy Casares
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«La hermana menor», con Silvina Ocampo no hay manera

La argentina, esposa de Adolfo Bioy Casares, emerge en esta biografía como el personaje que fue y la gran escritora que es

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Valga el título de una novela del indomable de Boris Vian -«Con las mujeres no hay manera»- para definir a la indomable Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993). Con Silvina no hay manera, debieron pensar aquellas gentes de bien de la alta sociedad bonaerense en la primera mitad del siglo XX, a la que su familia pertenecía de pleno derecho, y es lo que transmite esta biografía de la periodista también argentina Mariana Enríquez.

Silvina Ocampo lo tenía todo en contra para ser el centro de las miradas en aquellos tiempos de lujo, glamur e intelectualidad que campaba a sus anchas sin censuras ni cortapisas biempensantes: una hermana brillante y más que indomable, antipáticamente dominante, Victoria Ocampo, la reina de la cosmopolita escena cultural latinoamericana y allende sus fronteras (fundadora de la pionera revista «Sur») y un marido, Adolfo Bioy Casares, guapo, rico también, y gran escritor, famoso por sí mismo y por ser el amigo del alma y de los chismes en complicidades cotidianas de Borges. «De que se reirán estos idiotas», dicen que exclamaba ella cuando se retiraba cada noche después de la cena y les dejaba a solas.

Cortina de humo

Silvina Ocampo lo tenía todo en contra para no ser el centro de las miradas, pero le daba igual. Disfrutaba de un segundo plano que en realidad no fue tal, una cortina de humo, como bien consta en acta a lo largo de esta breve y apasionante biografía que no se deja ningún asunto en el tintero: su infancia de niña «rara», sus caprichos de mujer adulta, las peloteras con su hermana mayúscula Victoria, las innumerables infidelidades del «pijo» Bioy Casares, sus ambigüedades de alcoba y, sobre todo, que fue y es una grandísima escritora, de cuentos inclasificables y poemas indefinidos, que tras su muerte empezaron a valorarse en su justa y excelsa medida.

Hizo lo que le dio la gana en su dilatada vida. Le importaba poco ser cabeza de ratón o cola de león

Todo se resume en que Silvina hizo lo que le dio la gana a lo largo de su dilatada vida y le importaba bien poco ser cabeza de ratón o cola de león. Fue libre porque no se diluyó en la tontería de una pobre niña rica, ñona y relamida. Más bien de esas a las que les provoca arrancar de cuajo la cabeza a los insectos. Sus cuentos fructifican en morbos y surrealismos inclasificables. Aunque ya saben que sin la alta posición familiar muchas de sus hábiles excentricidades hubieran caído en saco roto o en un reformatorio.

Silvina no fue guapa y su hermana, Victoria, sí. Seductora, así se compone la pose tras unas gafas blancas, geométricas, que solo aguantan rostros con personalidad como los de la propia Silvina o Peggy Guggenheim. Las hermanas Ocampo, que fueron seis, no sólo ellas dos, siempre en pugna. Nunca tuvieron una buena relación. Y todo porque la una le roba la niñera a la otra o porque, esto sí son palabras mayores, una de sus sobrinas, Genca, fue amante de Bioy desde adolescente y, dicen las malas lenguas sin corfirmar del todo, que también de Silvina.

Su ambigüedad sexual -que si fue amante de la madre de Bioy, que si estuvo con Alejandra Pizarnik...- se trata sin paños calientes. Unos cuentan que sí y otros, que no, aunque en una sociedad abierta, como la bonaerense de aquellos días, todo era posible y sin rasgarse las vestiduras. Silvina Ocampo tras esta biografía queda como única e inclasificable.