Ilustración de José Ramón Sánchez
Ilustración de José Ramón Sánchez
LIBROS

Herman Melville, el creador de la gran novela americana

Se cumplen 200 años del nacimiento del autor de «Moby Dick», olvidado por su siglo y elevado después al altar de la posteridad

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Toc, toc, toc, toc... Un paso de marfil, y luego otro, y otro, resonando en el alcázar del barco. Cada impacto de su miembro muerto suena como el golpeteo sobre un ataúd y aterroriza a los marineros que intentan pegar ojo. El océano en calma esconde sus monstruos y el Pequod muestra los suyos a la luz de la luna. Insomne, camina sobre la vida y la muerte al tiempo que su obsesión camina sobre su mente, poseyéndolo. «Ellos me creen loco. ¡Pero yo soy demoníaco, soy la locura enajenada!», exclama. Dice Ismael -trasunto del escritor- en un pasaje de Moby Dick: «Amontonó sobre la blanca joroba de la ballena la suma de toda la cólera y el odio sentidos por toda su raza, desde Adán hasta el presente. La herida más grave que le había dejado no fue arrancarle la pierna, sino el alma. De ese mal uno nunca se cura». Y en la arenga del capitán Ahab a la tripulación del Pequod -ese carromato de la venganza rumbo al infierno- para que le secunden en la caza del leviatán que le desarboló están las oberturas de los locos del siglo XX.

Lector voraz

Herman Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819 y murió en la misma ciudad en 1891 olvidado por un siglo plagado de cumbres literarias, acuciado por las deudas y atormentado por el suicidio de su hijo mayor. El inventor de la gran novela americana, poeta, crítico literario, lector impenitente, aventurero, fue elevado al altar de la posteridad años después, no solo por su obra maestra, Moby Dick, sino por un puñado de extraordinarios relatos (Bartleby, el escribiente, un cuento existencialista, antecedente kafkiano; y Benito Cereno, donde desnuda la falsa «inocencia americana» ante el racismo y la esclavitud). Empapado de la obra de los poetas del Romanticismo (Coleridge, Byron, Keats, Southey, Goethe, Schiller), de los ensayos de Emerson y Thoreau, en Melville encontramos también la huella de otro notable cuentista estadounidense y amigo, el «gótico» Nathaniel Hawthorne, y de Milton, Shakespeare y la Biblia -fuente de citas en Moby Dick-.

Herman Melville
Herman Melville

Tercero de ocho hermanos, la prematura muerte de su padre, deprimido tras quebrar en 1830 su negocio de importación de productos europeos, le obligó a buscarse la vida desde muy joven en diversos oficios -maestro rural, empleado de aduanas-, pero fue la seducción del mar lo que acabó marcándole. Enrolado en varios balleneros, sus andanzas incluyen una deserción, el cautiverio en manos de una de las tribus con peor reputación de canibalismo en los Mares del Sur, huida, prisión en Tahití, vagabundeo en las Islas de la Sociedad y, finalmente, servicio como marinero raso en una fragata de la marina norteamericana, experiencias que le proporcionaron un material muy valioso: sus dos primeras obras, Taipi, un clásico de la novela de aventuras, y Omú, mezclan elementos autobiográficos y novelescos, y le sirvieron de carta de presentación en los círculos literarios de Nueva York (y también sociales: así conoció a Elizabeth Shaw, hija de un afamado juez de Boston, con la que se casó en 1847). Antes de que el malditismo le alcanzara -en gran parte debido a la epopeya sobre la ballena blanca-, colaboró en la revista Literary World y publicó tres libros más, Mardi, Redburn y Chaqueta Blanca, inspirados igualmente en su experiencia en el mar.

Tratado de cetología

Moby Dick, cuya edición tuvo que pagar de su bolsillo, supone la inmortalidad de Melville al precio de la indiferencia durante sus últimos años de vida, hasta el punto de que en su lápida se grabó erróneamente el nombre de Henry en lugar de Herman. Tal vez esas 300 páginas de 800 que el autor redactó como si fueran un tratado de cetología -el lector recibe una detallada descripción de cómo era la vida en un ballenero en el siglo XIX y un glosario de términos marinos- contribuyó al fracaso de una obra publicada en 1851 y que tampoco fue entendida por su carga alegórica.

Título exigido a los estudiantes en un tiempo en que se hacían estas cosas, la relectura en la madurez propicia una mirada más benevolente sobre esos capítulos de carácter enciclopédico, como el que explica los tipos de ballena y su comportamiento desde un punto de vista más costumbrista que científico, o cuando nos advierte sobre los jóvenes platónicos propensos a la melancolía y la meditación intempestiva que, distraídos en las cofas, pasan por alto burbujas o remolinos en el mar. ¡Cuidado con los vigías filósofos!

Lo que no cambia de una lectura a otra, de una mirada juvenil a una adulta, es la emoción al escuchar -porque en realidad estamos allí- el sermón sobreJonás y la ballena en una capilla de New Bedford, o el exordio de los oficiales a los remeros («¡Rugid y remad! ¡Haced esto por mí y os dejaré mi plantación en Martha’s Vineyard, muchachos, incluyendo mi mujer y mis hijos!»), o los espasmos del aventador de un cachalote que dispara al aire borbotones de cuajada sangre roja.

Novela cargada de simbolismo, pues el deseo de venganza anticipa los desastres de la siguiente centuria, en Moby Dick encontramos la eterna lucha entre el bien y el mal (sin que quede claro qué rol desempeña cada uno, Ahab y la ballena -un animal que lucha por sobrevivir-) y una reflexión sobre cómo el ser humano se ve superado por la naturaleza salvaje. Pero hay una coda al mito literario que se queda ahí, oculta en una hondura insondable: la ballena blanca es el demonio que se desliza a sotavento por los mares de nuestra existencia, las obsesiones, terrores y anhelos, lo que nos hace sentir vivos y lo que nos hace naufragar.