La creación del epílogo de «La tempestad» en una de las historias incluidas en «Sandman/Shakespeare» (ECC, 2016)
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Hamlet y Don Quijote ante la muerte

Hace cuatro siglos que hicieron mutis, pero en Cervantes y Shakespeare cabalgan ahora de la mano. Vidas literarias tan distantes como paralelas. Nos siguen tocando la conciencia

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A Hamlet dio Shakespeare perdurable existencia dramática por las mismas fechas en que su coetáneo español, Miguel de Cervantes, narraba las aventuras y los descalabros del flamante caballero y los diálogos habidos con su fiel Sancho Panza, comentando la vida. Si Don Quijote y Sancho, en su diálogo, y Hamlet en su lacerante soliloquio, permanecen como prototipos de universal significación en nuestra memoria, ello ocurre porque Cervantes y Shakespeare supieron, con el trabajo y la inspiración del gran artista de la palabra, exaltar con el aura de la ficción, al resplandor estelar del recuerdo, las formas y los valores de la realidad humana. Lo expresaba así el facundo folletinista y explosivo dramaturgo romántico Alexandre Dumas (père): «Después de Dios, Shakespeare es quien más ha creado». Y así nuestro Rubén Darío, en versos que cito de memoria:

Horas de pesadumbre

y de tristeza]

pasa mi soledad. Pero

Cervantes]

es buen amigo. Endulza

mis instantes]

ásperos, y reposa mi cabeza,

Él es la vida y la naturaleza…

Rival de Dios Shakespeare en la creación de humanos fictivos tan hondamente comprendidos que habitan la conciencia de los espectadores a través de los siglos; y Cervantes transmisor de vida y naturaleza, narrando a sus lectores, siglo tras siglo, las vicisitudes y el carácter o destino de unos entes de ficción que, en su esplendor imaginario, compiten con la realidad de su historia.

Figuras inmortales

Pensemos en Otelo y en Yago, en Julieta y Romeo, en el rey Lear y Cordelia, en Lady Macbeth, en Marco Antonio, y en otros muchos. O pensemos en figuras de Cervantes: fuera del Quijote, Preciosa, Cortadillo y Rinconete, la española inglesa, la fregona ilustre, el extremeño celoso, el licenciado Vidriera Tomás Rodaja, tan lúcido cuando en apariencia loco, y olvidado cuando recupera la razón, y pensemos en Berganza, el confesor de su vida de mozo de varios amos, y pícaro arrepentido, a Cipión, su hermano en la recogida de limosnas para un hospital (Freud leía el «Coloquio de los perros» y se identificaba con Cipión psicoanalista). Sobre todo, recordemos algunas de las gentes con las que Don Quijote y Sancho se encuentran al paso de Rocinante y del asno dócil y sufrido: venteros, arrieros, mercaderes, pastores reales o fingidos, prisioneros encadenados, Dorotea y Cardenio, el capitán cautivo, el Caballero del Verde Gabán y su hijo poeta, el cura, el barbero, bachilleres, duques, Ricote el morisco exiliado, Roque Guinart el bandido generoso, o Sansón Carrasco, que enmascarado bajo el nombre de Caballero de la Blanca Luna vence al fin al entonces Caballero de los Leones y antes Caballero de la Triste Figura, para que el vencido adalid de Dulcinea pronuncie su derrota (cuyo relato hacía llorar al joven Heine) antes de volver con Sancho a aquel lugar de La Mancha donde había iniciado su camino de caridad en alas del amor, y también en procura de cierto nombre y fama, para sufrir menos olvido.

Si el caso de Don Quijote es un ejemplo de aliento cristiano –no eclesiástico: cristiano–, el caso de Hamlet parece todavía cristiano pero desde la rebeldía del arcángel descendido al ámbito de la culpa, el mal y la corrupción. Hamlet es ese adolescente que lee mucho, no libros de caballerías sino quizá a Plutarco y a Séneca, y va soñando un patrón de conducta, de moral natural y pura, y piensa –siempre, y más y más– que todo debería acordarse a ese ideal, para hallar de inmediato, implantado a su alrededor, la maleza del mal, la humareda de los celos, la invasión del dolor, la sospecha de un infierno infinito. Contemplando en su entorno la prosperidad de la mentira, el triunfo impune de los asesinos de su padre por su hermano y su esposa, madre suya, y el medro repugnante del lacayo de los poderosos (Polonio) y sus antiguos compañeros encargados de espiarle; sospechoso de que Ofelia, la única mujer que él amaba y ella a él, pueda reiterar la perfidia materna, Hamlet, en inquieto monólogo agotador que le atormenta con la previsión de un más allá peor que la soportada existencia, llorando la finitud con la calavera de Yorick en la mano, aquel actor cómico que le acariciaba y le alegraba el ánimo, se entrega en un rapto de indignación suicida al peligro final del morir. Ya no tendrá que soportar la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías contra el mérito, las angustias de un mal pagado amor, los quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios y cuantos males evoca hasta que ve a Ofelia venir a hablarle, y hablan, pero el desconfiado no la sigue, no se abraza a quien hubiera podido salvarle por amor, al menos para los trabajos y los días de la tierra.

Cervantes es transmisor de vida y naturaleza. Sus entes de ficción, en su espelendor imaginario, compiten con la realidad de la historia

En 1860 el escritor ruso más amigo de la Europa Occidental centrada en París publicó un ensayo, «Hamlet y Don Quijote», cuyo contenido resume su biógrafo, Juan Eduardo Zúñiga, en « Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev», asignando a Hamlet el análisis, el egoísmo y la incredulidad del escéptico y a Don Quijote la tendencia directa al bien, la entrega a la acción, la fe en algo eterno, el vivir para los otros, para vencer el mal. Reconocía Turguéniev, sin embargo, que Hamlet era el retrato de muchos seres humanos, héroes –me permito añadir– de la novela y el drama moderno desde la hora romántica hasta ayer mismo. Uno de esos vástagos de Hamlet, Stephen Dedalus, en compañía de varios amigos, peroraba sobre la estrecha semejanza entre Hamlet y Shakespeare, según refiere Joyce en su «Ulysses». Y otro de esos vástagos, Pedro, el médico de «Tiempo de silencio», se preguntaba en hirviente soliloquio mental cómo pudo Cervantes componer la historia del loco más lúcido sin enloquecer.

Conciencias proyectadas, desde sus laberintos de soledad, a hallar salida y detener la muerte.