«Still» del vídeo «Are You Ok? Miami», de Antonia Wright
«Still» del vídeo «Are You Ok? Miami», de Antonia Wright
ARTE

Hacia la soledad solidaria

Una de las grandes lacras de la sociedad actual es la soledad del sujeto. CentroCentro, en Madrid, teoriza sobre ello en la muestra colectiva «No Comunidad»

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El «hombre de la multitud» tematizado por Edgar Allan Poe y reformulado por Baudelaire no era otra cosa que un solitario que afrontaba el vértigo de la Modernidad, la tremenda sensación de verse arrastrado hacia ninguna parte. La experiencia de la soledad metropolitana arraiga allí donde, valga la paradoja, parece que nada puede echar raíces, en esa «zona» que fue progresivamente geometrizándose para finalmente no ser nada más que un desierto que cumplía las peores profecías nihilistas.

Pocos referentes

La tentativa ensayístico-expositiva de los comisarios Blanca de la Torre y Ricardo Ramón de dar cuenta de la soledad tardocapitalista tiene que lidiar tanto con la complejidad del tema cuanto con la presencia, más que nada alusiva, del asunto en las obras específicas de los artistas que seleccionan. Son conscientes de que no son tantas las aproximaciones filosóficas o sociológicas a la vivencia solitaria y a la disolución de los vínculos sociales, aunque toman en consideración las reflexiones de Bauman sobre el desamparo en la sociedad líquida, y no dejan de lado las intensas meditaciones sobre la «comunidad desobrada» que pusieron en liza Nancy, Blanchot o Agamben.

Pensar y exponer, por emplear los términos de Bataille, «la comunidad negativa», esto es, la comunidad de los que carecen de ella, es muy difícil, entre otras cosas porque implica un posicionamiento político-ideológico que vaya más allá de la reducción de las dinámicas sociales a pintorescos «modos de vida» o planteamientos retro-existencialistas.

Las salas «quebradas» de CentroCentro, en Madrid, acogen una multitud de obras y artistas para dar cuenta de la soledad. Aunque en algunos espacios se tiene la sensación de horror vacui, lo cierto es que la propuesta curatorial trata de no sofocar la potencialidad interpretativa del espectador, asumiendo que el «ensayo» tendría infinidad de «líneas de fuga» y que cualquier pretensión de exhaustividad sería absurda.

Entre las múltiples interpelaciones de la exposición, podemos comenzar el recorrido con una instalación magnífica de Concha Jerez en la que literalmente «cocina» a los medios de comunicación, que vendrían a ser sumamente indigestos, para desde ahí contemplar la angustiosa carrera de Regina José Galindo delante de un tanque.

Aunque en algunos espacios se tiene la sensación de «horror vacui», la propuesta trata de no sofocar

Sin duda, los marginados (vagabundos, pobres, sin techo o prostitutas) que aparecen en las fotos de Boris Mikhailov, Philip-Lorca DiCorcia o Trine Sondergaard nos muestran el lado oscuro de la «sociedad del acceso», el reverso del sueño consumista. Las piezas de Gonzalo Elvira, Artemio y Nuria Güell afrontan la experiencia de la reclusión, que, en ocasiones, puede darse de forma tremenda en procesos sintomáticos como el de la esquizofrenia, ese «mundo-tumba» que describiera Ludwig Binswanger.

El espejo y el retrato entrarían a formar parte de estas «especulaciones» sobre la soledad. Y, así, en un abigarrado montaje «de gabinete», encontramos piezas de Luis Gordillo, Darío Villalba, Antonio Saura, Alberto García-Alix, Cindy Sherman, Mitsuo Miura, Rafael Lozano-Hemmer, Jorge Perianes o Miguel Ángel Gaüeca. El espejito «mágico» de Pilar Albarracín que nos llama explícitamente «feos» y hasta se carcajea es la mejor manifestación del anti-narcisismo.

Resulta significativa la ausencia de piezas de net-art o que tengan en cuenta el impacto de la «sociedad-red» en la generación de un «yo» obsesionado por los likes, ese insomnio de los hiperconectados que entregan su «vida» y sus imágenes al tsunami de los datos.

Sin protección

Blanca de la Torre reconsidera a Blanchot cuando éste hablaba de la soledad que es imposible de soportar, de esa comunidad que no ofrece pro- tección, en la que la fraternidad parece haber desaparecido. Advierto en esta exposición un deseo de tejer los relatos de otra manera, algo que materializan, por ejemplo, una fotografía de Eva Lootz o la diminuta abuela de Liliana Porter que está bordando sentada en el borde de una estantería. Annie Le Brun nos recuerda que «el orden de negación» contemporáneo hace que cada ser esté despojado de lo que le vinculaba sensiblemente al mundo, encontrándose solo e indefenso: «¿Dónde se ha dicho que para escapar de la soledad solo quede la falsa comunidad de una nueva servidumbre, base del éxito de las “redes sociales”?¿Dónde se ha dicho que, para escapar de la exclusión, haya que pasar por semejante domesticación?». La lúcida intervención de Cristina Lucas ridiculiza la retórica publicitaria del yoísmo, revelando que el lema del «porque yo lo valgo» nos reduce literalmente a nada.

Pareciera que, tal y como sucede en el vídeo de Jesper Just, nos deslizamos entre el frikismo y lo lacrimógeno, sin encontrar el coraje para formular -por retomar una expresión de Adorno- una «soledad solidaria». Pensar y ensayar una comunidad venidera es, sin ningún género de dudas, necesario. Tanto como asumir com- promisos políticos, aunque sea desde la soledad y «en medio de tanta gente».