Siendo muy joven, Juan María Guelbenzu se traslada a París, donde traba amistad con Frédéric Chopin, Franz Liszt (en la imagen, los tres, de izquierda a derecha), Giacomo Meyerbeer y Sigismund Thalberg, virtuosos pianistas y compositores
Siendo muy joven, Juan María Guelbenzu se traslada a París, donde traba amistad con Frédéric Chopin, Franz Liszt (en la imagen, los tres, de izquierda a derecha), Giacomo Meyerbeer y Sigismund Thalberg, virtuosos pianistas y compositores
MÚSICA CLÁSICA

Guelbenzu, el pianista que tocaba con los dedos del alma

En 2019 se cumple el bicentenario de Juan María Guelbenzu, el pianista español más importante del siglo XIX, un talento puro que se codeó con los grandes de su época

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Diciembre de 1819, nacía en Pamplona el intérprete español del piano más importante de la segunda mitad del siglo XIX, Juan María Guelbenzu, hijo y alumno del organista José Ramón Guelbenzu. Estamos en el segundo centenario de su nacimiento, fecha oportuna para recordarle, su trascendencia musical no ha sido valorada en su justa medida y la música española está en deuda con él. Su personalidad y las del violinista santanderino Monasterio, el madrileño Barbieri y los navarros Eslava, Arrieta y Gaztambide, fueron clave en el desarrollo musical español hasta las proximidades del siglo XX.

Circunstancias muy particulares, en los años treinta, llevan al joven Juan María a París a perfeccionarse en la música. Con las lecciones del pianista y compositor E. Prudent y su asidua asistencia a las tertulias organizadas por Listz, Meyerbeer y Chopin, se introduce en la música romántica y de cámara, ignoradas en España.

En esa ciudad, entabla amistad con la madre de Isabel II, que le nombra profesor musical de la familia real. Regresa en 1843 a Madrid como tal y logra la plaza de segundo organista de la Real Capilla (en 1855 sería el titular al morir Pedro Albéniz). La tarea docente la comparte con su paisano Emilio Arrieta, dos personalidades muy diferentes: Juan María, «el tipo perfecto de caballero, cuyo ameno trato y sincera franqueza atraían y seducían»; Emilio, un seductor (lo comprobaría Isabel II) con elegancia de personaje romántico y de espíritu aventurero.

Consagración

Nada más llegar, junto a Franz Listz, es protagonista en conciertos celebrados en los teatros Príncipe y Circo. Ofrece frecuentes recitales en diferentes instituciones, salones aristocráticos y principalmente en el Palacio Real. Pero este no era su mundo, el suyo era interpretar lo que había escuchado en París y no ofrecer adaptaciones operísticas al piano.

Su consagración definitiva estuvo en el concierto sacro interpretando a Beethoven, celebrado en 1859, junto a Monasterio y el violoncelista Castellanos. El prestigioso musicólogo conde de Mophy le dio el espaldarazo con su crítica: su buen gusto identificó al público con el artista.

Dio a conocer en España la música de cámara de Mozart, Beethoven, Haydn, Mendelssohn...

Un inciso hay que realizar para entender su nueva etapa como concertista. Al llegar a Madrid acostumbraba reunirse en el domicilio de su compañero de tertulias parisinas, el español Masarnau, y recordaban, acompañados de una selecta asistencia, lo que escucharon en París. Tertulias que las continuó en su domicilio madrileño en las tardes dominicales, siempre acompañadas de una buena copa y un buen cigarro-puro, como afirmaba uno de los asistentes, Arrieta; costumbre que nunca olvidaron.

Otro de los asistentes, Monasterio, le invitó a formar parte de la Sociedad de Cuartetos, agrupación clave para la introducción en España de la música de cámara y encumbrar a nuestro protagonista.

Conciertos inolvidables

Es en 1863 cuando esta Sociedad ofrece el primer concierto y siguientes, dando a conocer la música de cámara de Mozart, Beethoven, Haydn, Mendelssohn, etc., demostrando Guelbenzu hasta dónde puede llegar el piano: sus dedos parecían forrados de seda, su piano nos transportaba a las églogas de Virgilio (Goizueta); ama el arte por el arte, el pianista primero de España, que pocos en el extranjero pueden superar (Castro y Serrano); con él, el piano deleita y conmueve, gran conocedor de la música alemana y el mejor intérprete de Beethoven (Barbieri).

En 1868, giro en su vida, «La Gloriosa» y el derrocamiento de Isabel II le hacen compartir el exilio parisino con su protectora y abandona la Sociedad de Cuartetos (en su ausencia le sustituyó el pianista navarro D. Zabalza). No olvida el piano y se deja escuchar en la parisina sala Erard, como también lo hacía la contralto Elena Sanz.

Guelbenzu merece un homenaje de la música española. Este año es la ocasión propicia

Llegada de Amadeo I, regresa a Madrid y vuelve a ser el pianista de esa Sociedad, siendo recibido con una salva de aplausos; seguía siendo el pianista preferido. Y vuelve a recibir comentarios como el de la revista Fray Gerundio de Ogaño: su pulsación sui generis hace hablar al piano, llena de armonía el espacio, dando a los sonidos el colorido armonioso del conjunto

Son años de los inolvidables conciertos en Madrid, San Sebastián y Pamplona con sus paisanos Sarasate y Gayarre.

Otra de sus facetas fue la de compositor, no dejó muchas obras. El crítico Esperanza y Sola destacó su Misa a cuatro voces (muy interpretada tras su muerte en las fiesta de Palacio), Melodías para canto, Una Serenata andaluza, En la soledad, varios Motetes y zortzicos, y quizá su mejor composición, Recuerdo Vascongado (piano).

Sentido del ritmo

Todo tiene un fin, el 8 de enero de 1886 moría en su domicilio madrileño «el pianista que fía el éxito más al alma que a los dedos, que quiere conmover y no asombrar, poeta del instrumento cuyas cuerdas hacen vibrar notas contenidas de la pasión». Así le consideraba el crítico donostiarra Peña y Goñi.

La mejor manera de terminar este reportaje será lo que escribió Revista popular en 1887:

«Poseía una aptitud singular para adaptarse a la sencillez y el encanto de Haydn, a la ternura y el profundo sentimiento de Mozart, a la magnificencia, virilidad y pasión de Beethoven, a la elegancia y poesía de Chopin. Disponía de un sentimiento extraordinario del ritmo, obtenía del piano sonidos vigorosos, sin dureza, o notas suavísimas, gracias a la pulsación delicada; su manera de interpretar conmovía el ánimo, sin causar el menor desasosiego».

Añado: Guelbenzu es merecedor de un homenaje de la música española, este año es la ocasión propicia.