Groucho, en 1974, conversando con el rockero Alice Cooper
Groucho, en 1974, conversando con el rockero Alice Cooper
ANIVERSARIO

Groucho fue un escritor excelente

Ahora que se han cumplido cuarenta años de la muerte del más lenguaraz de los Hermanos Marx -y tal vez de toda la historia del cine- es buena ocasión para rememorar su figura, sus hilarantes sentencias y tenerlo como fuente de inspiración

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Allá por abril de 1972 apareció en Tusquets, dentro de la colección plurieditorial Ediciones de Bolsillo, la traducción española, a cargo de Xavier Ortega, de «Groucho and Me» (1959). Yo había cumplido por aquel entonces veintiuna primaveras, y era desde mi más tierna infancia partidario incondicional del humor devastador de los hermanos Marx y, especialmente, del desarrollado por Julius, que era el verdadero nombre de Groucho. Devoré su autobiografía como se devoran las autobiografías de los héroes de uno cuando se tienen veinte años, con pasmo, admiración y reverencia, pero también con risas a granel y a mansalva, porque « Groucho y yo» es un libro divertidísimo.

Solo he leído otro libro firmado por él. Me refiero a las formidables « Memorias de un amante sarnoso» («Memoirs of a Mangy Lover»), publicadas originalmente en 1963 y traducidas inmediatamente después al castellano (Barcelona, Corona, 1964). Hoy puede encontrarse con facilidad dentro del catálogo de Tusquets, en pulcra traducción de Manuel Talens.

Un hito del humor

De lo que no puede caber duda es de que, al margen de sus cualidades innatas como actor y como hombre-espectáculo, Groucho fue un escritor excelente. Para conocerlo en profundidad, y de paso para reírse a mandíbula batiente, recomiendo la lectura de cualquiera de esos dos libros, publicados por él cuando iniciaba la setentena, que es un momento inmejorable para revisar lo que ha dado de sí la vida de un memorialista como es debido.

Pero Groucho Marx fue, ante todo, uno de los diez o doce iconos más populares de la historia del cine. El humor fílmico tiene en él un jalón imprescindible. Y yo diría, sin temor a equivocarme, que no solo el humor cinematográfico, sino el humor en general. Aunque parezca un tópico, lo cierto es que hay un antes y un después de Groucho «& Co». en el cine humorístico, en el área de lo que de pequeños llamábamos «películas de risa».

Como Edward Lear, Muñoz Seca o Jardiel, Groucho siempre encaraba la realidad desde la trinchera del «Nonsense», el humor absurdo

Al fin y al cabo, y empleando un término extraído de la filosofía escolástica y, por ende, aristotélica, la risa es el «proprium» del hombre, lo que le confiere su razón de ser, su marca de identidad frente a los demás animales. Porque ningún otro animal es capaz de reír (salvo las hienas, pero sabemos que su siniestra mueca risueña no es más que un rictus que semeja tan solo en apariencia la risa de los seres humanos).

Fueron trece las películas que rodó Groucho con sus hermanos entre 1929 («The Cocoanuts», en España « Los cuatro cocos») y 1949 («Love Happy», en nuestros pagos « Amor en conserva»). Incluso en la elección de ese número de largometrajes –un número que pasa por ser de mal agüero– se transparenta el despreocupado y ácrata desparpajo que preside la andadura por la pantalla de los cuatro, primero, y, luego, de los tres hermanos Marx, cifra y símbolo del más divertido y refrescante gamberrismo en la historia del séptimo arte.

Genios del absurdo

Groucho encaraba siempre la realidad desde la trinchera del «Unsinn» o «Nonsense», presente, antes de él, en autores ingleses como Edward Lear (1812-1888), famoso por sus limericks, poesías humorísticas breves, de cinco versos, en las que los dos primeros y el último rimaban. O en escritores españoles como don Pedro Muñoz Seca (1879-1936), inventor del astracán, un subgénero teatral que buscaba la comicidad a todo trance, incluso a costa de la verosimilitud, construyendo de manera continua los juegos de lenguaje más disparatados; o como mi idolatrado Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), once años más joven que Groucho, con cuya manera de enfocar el humor tanto coincidía y al que tuvo ocasión de conocer durante su estancia en Hollywood como guionista.

Groucho y sus hermanos venían del burlesque y del vodevil, y habían triunfado en Broadway, antes de su primera experiencia cinematográfica, en diferentes espectáculos teatrales donde habían ido perfilando sus respectivos personajes. Su madre, Minnie Schoenberg (1865-1929), había llegado a Nueva York desde su nativa Alemania cuando tenía quince años. Tres años más tarde, se casó con otro inmigrante judío, Sam «Frenchie» Marx (1859-1933), venido de la región francesa de Alsacia y conocido por eso como «Frenchie».

El humor fílmico tiene en Groucho un jalón imprescindible. Y no sólo el cinematográfico, sino el humor en general

Los Marx-Schoenberg tuvieron seis hijos. El primero, Manfred, murió siendo un niño. Vino luego Leonard (más tarde Chico), nacido en 1887 y fallecido en 1961. Lo siguió Adolph (llamado después Arthur y, finalmente, Harpo, por sus habilidades con el arpa), que nació en 1888 y murió en 1964. El cuarto, nacido en 1890, fue Julius (Groucho, para entendernos), que sería el más longevo de los hermanos, pues falleció de una neumonía el 19 de agosto de 1977, con ochenta y seis años cumplidos y a mes y medio de cumplir ochenta y siete. Después de Julius vinieron Milton, llamado Gummo (1892-1977) y, por último, Herbert, llamado Zeppo (1901-1979).

Al final de «Groucho y yo», cuenta su autor cómo se encontró por la calle con una pareja, en Chicago, que daba vueltas alrededor de él sin atreverse a hablarle. Por fin la señora, vacilante, le dijo: «Es usted, ¿verdad? ¿Es usted Groucho?». Groucho asintió con la cabeza y entonces ella, tocándole tímidamente en el brazo, le espetó: «Por favor, no se muera. Siga viviendo siempre». Y Groucho le hizo caso, pues pocas personas hay tan vivas hoy en la memoria de los gentes, cuarenta años después de su muerte, como Julius Groucho Marx, uno de los cómicos más geniales de todos los tiempos.