Detalle de un cuaderno con textos y dibujos del poeta peruano Luis Hernández
Detalle de un cuaderno con textos y dibujos del poeta peruano Luis Hernández
LIBROS

«Gran Jefe Un lado del Cielo», Luis Hernández, el ángel caído

Alejado de la seriedad y lo intelectual, el poeta suicida Luis Hernández dejó escrito: «Sólo la emoción perdura». Como la de sus versos autoeditados. Ahora llega a España una muestra

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La obra del poeta peruano Luis Hernández (1941-1977) es de aquellas que forja una leyenda y convierte a su autor en mito. Y esto mediante una vida breve e intensa, acabada en trágicas circunstancias, que supo encarnar la poesía, asumiendo su práctica cotidiana como un destino, en la estela de los románticos ingleses, con una exclusividad y una pasión sólo comparables, dentro de nuestro idioma, a las de Juan Ramón Jiménez (no por casualidad uno de sus primeros maestros).

La aparición de «Gran Jefe Un Lado del Cielo», la primera muestra de su literatura en España, sirve para comprobar que dicha extraña intensidad, tan fresca y sorprendente, siempre asociada a la juventud, tiene su origen tanto en una actitud vitalista como en una dedicación a la escritura a la manera de un permanente ensayo, de un proyecto inconcluso, como demuestran el desprejuiciado ejercicio simultáneo de todas las artes y la constante reescritura, sin otra ambición que la creación de belleza. La obra y las múltiples anécdotas alrededor de Luis Hernández conforman una sutil y lograda fusión entre el Romanticismo y la cultura pop.

Por mera simpatía

La leyenda de Luisito Hernández, Billy el Niño o Shelley Álvarez: el ángel caído, confuso y confundido entre lo común, un hombre misterioso y de identidad ambigua. El excéntrico y cultísimo médico de pobres, de vida bohemia, proclive a la música, al ocio y a los paraísos artificiales, que abandona la publicación formal de poesía por la desilusión de haber perdido un premio literario. De allí surge la práctica de la autoedición, que constituye el magma de su corpus literario, a través de bellos cuadernos autógrafos, obsesivamente dedicados a la celebración del mar, la neblina y la cerveza, escritos con rotuladores y acompañados de dibujos, para el obsequio, por mera simpatía, a personas de los más diversos oficios.

En Hernández, poesía y personalidad resultan indisociables, y eso es parte de su atractivo

Estos rasgos dibujan la imagen de un poeta contra el «establishment», opuesto a la seriedad, lo intelectual y la ambición profesional (de allí el culto al apropiacionismo y el absurdo: «Creo en el arte / Y con el arte creo»), guiado exclusivamente por la persecución de la belleza y la celebración del amor, la «soñada coherencia», por la cual, no obstante, tampoco se renuncia a la tradición, actualizándola por medio de la traducción y el pastiche (versiones y homenajes con Rilke, Celan y Dylan Thomas, entre una pléyade de músicos, artistas y científicos).

Esta búsqueda de un sentido superior, paradójicamente, sólo es posible desde los territorios de la ensoñación (la poesía, la música, el cine), incluyendo las drogas (en coincidencia con poetas españoles de su generación como Aníbal Núñez, Eduardo Haro Ibars y Pedro Casariego Córdoba, con quien guarda similitudes de tono). La finalidad queda expresada en sus propios versos: «Juro por Apolo Musagetae / Citaredo, Dios de la Medicina / Y la Poesía / No tolerar ante mí / El dolor».

Horrenda fábula

En Hernández, poesía y personalidad resultan indisociables, y eso es parte de su atractivo: la rebeldía y el ensimismamiento, el lirismo y el humor, son formas de evadir la realidad, esa horrenda fábula. Por supuesto, en tal lúdica rebelión también hay algo generacional: los 60 latinoamericanos (la Revolución cubana como trasfondo), Lima como una ciudad en el auge de su modernización, la influencia de los poetas del Modernismo anglosajón (visible también en Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza), pero todo siempre reconducido a los territorios de la intimidad y la imaginación.

Para Luis Hernández, la poesía creaba un «continuum», en el que no se puede diferenciar el arte de la vida («En la poesía no hay orden ni desorden»). Y esta representación (lo que denominaría como «La Comedia del Arte») también es otra clave de la peculiar unidad en la diversidad que lo caracteriza («Las constelaciones», de 1965, es el revelador título de uno de los pocos libros que publicó en vida).

Al igual que en los Novísimos, la influencia deEzra Pound, titán de la poesía moderna («Qué tal viejo, che’ su madre») es decisiva para este proyecto, pues le brinda la posibilidad de flexibilizar su discurso mediante el coloquialismo y la plasticidad, forjando un caos de inesperadas sugerencias. Mas el culturalismo de Luis Hernández es sui géneris, pues nunca se constriñe al esteticismo, convirtiéndose pronto, además, en un aliciente para una vida distinta. Así, de «Personae», toma la máscara, los personajes creados y ejercidos para poder expresarse cabalmente, forjando un «alter ego» y sus sucesivas transformaciones (en esta edición, el personaje Gran Jefe Un Lado del Cielo, mitad indio piel roja, mitad poeta romántico, amante de los cines y los bares, es quien articula la muestra).

Brillante fracaso

Pero la poesía de Hernández también bebe del Pound fragmentario de «Los Cantos», adecuándolo a su tono menor, seguro tanto de que en toda vida hay épica como de que todo heroísmo resulta inútil. Así, precoz y lúcidamente acepta la imposibilidad, el brillante fracaso inherente a la poesía como actividad humana, refugiándose en su «impecable soledad».

«Gran Jefe Un Lado del Cielo» está dividido en cuatro partes que representan distintos momentos del recorrido ensimismado del personaje. Incluye también un prólogo de Luis Fernando Chueca sobre la ciudad del poeta, siempre transformada por la imaginación.

Los lectores jóvenes que tengan la fortuna de encontrarse con este libro comprobarán que anticipa la sensibilidad actual (el narcisismo lírico, la automitificación y la homologación de alta y baja cultura) y sus prácticas (la autoedición, el culto a la inmediatez, la creación de una comunidad, dentro y fuera del libro impreso). Mas el secreto de esta obra, aparentemente sin pretensiones, es su incondicional amor por la poesía, que supone la mejor versión de nosotros mismos, pues «sólo la emoción perdura».