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El hambre atroz que se extendió por el país (arriba) fue ignorada por el partido
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«La gran hambruna en la China de Mao», crimen sin castigo

Este libro pone sobre la mesa nuevos y estremecedores datos sobre los años de hambruna: 45 millones de muertos

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Mientras el líder de la revolución Mao Zedong disfrutaba de su habitación del tamaño de un salón de baile y una corte de chicas jóvenes le quitaba con toallas húmedas la porquería del cuerpo, murieron al menos 45 millones de chinos. La sexta parte de este libro extraordinario que a ratos se lee como reportaje, a ratos como novela y a ratos como tesis doctoral, se titula «maneras de morir». Los epígrafes constituyen un repaso de acciones ejecutadas por uno de los Estados más criminales del siglo del holocausto: accidentes, enfermedades, gulag, violencia, escenarios del horror, canibalismo y recuento final. A finales de los años cincuenta, en plena guerra fría, todavía parecía que China estaba muy lejos de todo. Al igual que en la Unión Soviética previa a las purgas estalinistas, existía un turismo «chic» de políticos e intelectuales occidentales que «comprobaban sobre el terreno» los supuestos logros revolucionarios. Todo era mentira y apenas empezamos a saber y, más importante, a conectar, la historia verdadera de China con la del resto del mundo. Ciertos excepcionalismos que la han afectado, el supuesto conformismo de su gente, e incluso el mito de la aceptación por las masas enfervorizadas de la revolución maoísta, son desmontados por este libro revisionista y valiente.

Mao quería emular a Stalin y adelantar a Gran Bretaña en producción industrial

La obra recupera datos de archivos perdidos, cifras e imágenes de la China anterior a la gran catástrofe maoísta, que impuso de 1958 a 1961 el «gran salto adelante» y el asesinato de una parte de su población por hambre, golpizas y enfermedad. ¿La causa? Que Mao quería emular a Stalin y adelantar a Gran Bretaña en la producción industrial. Humillado por los soviéticos, que lograron en 1957 lanzar el Sputnik al espacio, el «gran timonel» regresa a China e impone la industrialización masiva y la destrucción de la propiedad privada, así como la militarización y la residencia en comunas. Las casas fueron confiscadas. Muchas de ellas se derribaron para utilizar sus materiales en la construcción de cantinas, dormitorios y fábricas, o producir fertilizante. Las familias rurales fueron destruidas y sus miembros separados para siempre. El camino «en pos de la utopía», señala Dikötter, condujo al «valle de la muerte».

Canibalismo

Destruida la agricultura, interrumpido el comercio, se desarrolló una industria depredadora que consumió muchos más recursos de los que era capaz de producir. El hambre atroz que se extendió por el país fue ignorada, porque los cuadros del partido no se atrevieron a decir la verdad. Las requisas no se detuvieron. En la dramática quinta parte, el autor muestra el efecto del hambre en niños, mujeres y ancianos, así como casos de canibalismo. La esperanza de vida, que era de 50 años en 1958, cayó por debajo de 30 en 1960. Al año siguiente, cuando Mao se enfrentó a la catástrofe por un momento, quedó claro el inmenso error cometido. Según él, no era suyo.

El germen de la siguiente oleada de destrucción, la revolución cultural iniciada en 1966, le permitiría salir del paso como líder incontestable. Sin el comunismo y el apocalipsis traído por Mao y sus secuaces, quizás China hubiera comenzado mucho antes su camino hacia la prosperidad. Aunque las encuestas a día de hoy digan que fue «bueno en un 70%, malo en un 30%». Vivir para ver.

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