«Meet Van Gogh» en Barcelona
«Meet Van Gogh» en Barcelona
ARTE

Van Gogh, pintar desde el infierno

La primavera se alía con Van Gogh: exposiciones de su obra en la Tate y en su museo en Ámsterdam. De carácter divulgativo, en Barcelona. De fondo, la película de Julian Schnabel

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Un Van Gogh distinto visita estos días la Tate Modern. Viene del museo Pushkin y parece traer consigo cierto aire de cartel soviético; es diferente y lejano de los lienzos soleados, los más icónicos. Patio de cárcel fue pintado en 1890 desde el psiquiátrico de Saint-Rémy, donde ya sin fuerza para salir al campo, reproducía con furia las estampas que su hermano Theo le mandaba. Este lienzo, basado en un grabado de Doré, es un grito extremo. Su terror a la locura y al encierro. Un grupo de 33 presos, con la cabeza gacha, arrastra los pies por un círculo de ejercicio opresivo y alienante, delante de una pared sin final. La sensación de falta de libertad es total. Sólo un pequeño rayo de luz se cuela desde algún cielo para iluminar el rostro de uno, el único que nos mira. Hombre rubio, de piel blanca. Es Van Gogh. Cinco meses después de pintar este cuadro, el 27 de julio de 1890, saldría a los campos de trigo que rodeaban Auvers con un revólver y se dispararía en el estómago.

Van Gogh murió a los 37 años. Otros visionarios que revolucionaron el escenario artístico murieron también jóvenes: Basquiat con 27, Egon Schiele con 28, Modigliani (35), Rafael (36), Caravaggio (38)... Sin embargo, y a diferencia de ellos, su biografía está marcada por algo insólito: el grueso de su obra se produjo en sus dos últimos años de vida. Algo más de 700 días para pintar 900 obras que hicieron saltar por los aires el techo de la pintura occidental. Dos años en los que pinta entrando y saliendo del manicomio, comiéndose los tubos de óleo del color por el que sentía fijación: amarillo de plomo. Exprimiendo los periodos de calma y de producción frenética, pintando un cuadro por día, a veces dos, luchando contra la opacidad que le producía el bromuro de potasio inyectado para prevenir sus convulsiones. Pintar para no enloquecer, pintar para no morir, morir pintando.

Esta primavera, muchos caminos parecen confluir en Van Gogh: La Tate Modern se estrena con Van Gogh and Britain, la primera dedicada al pintor desde 1947. Su museo en Ámsterdam nos regala una preciosa muestra en la que sus paisajes dialogan con los de David Hockney. En Barcelona hay colas para ver la interactiva Meet Van Gogh. Aún en cartelera está la película que Julian Schnabel dedica al genio del pelo rojo.

Van Gogh y Hockney: los separa un siglo, pero sus paisajes cara a cara son un choque de estrellas

Bajo esos ojos azules, Van Gogh vivía enroscado en su mente. Desde niño practicaba la observación de la Naturaleza durante sus largos paseos por Brabante. Antes que el arte, en su vida apareció la necesidad de la búsqueda de salvación. Se entregó a la lectura sin tregua: por encima de todo, la Biblia; también Shakespeare; después, de Dickens a Víctor Hugo, de Homero a Balzac... Hasta los 30 trabajó junto a Theo como ayudante en la galería Goupil y viajó por Holanda, Londres y París. Allí se sumergía en los museos descifrando a los pintores que más le impresionaban: Rubens, Frans Hals, Delacroix y siempre Rembrandt. En París descubrió a los impresionistas, las estampas japonesas, sus colores brillantes, la falta de perspectiva y de sombras; conoció también la pincelada corta de los puntillistas. Todo servía para expandir el bagaje de sus imágenes y su memoria.

Hacia la desintegración

A los 30 años, y en menos de una década, este joven frágil y confundido asimiló toda la innovación contemporánea y emergió como el pionero de la pintura más moderna y expresiva. Y así, en febrero de 1888, llega a la estación de Arlés, donde su pintura adquirirá la madurez al tiempo que su vida comenzará a desintegrarse. Instalado en la Casa Amarilla y obsesionado por la llegada de Gauguin, remata, a un ritmo a veces de seis lienzos al día, sus cuadros míticos: la serie de Los girasoles, sus Botas, La silla, su Dormitorio... En ese mismo cuarto le encontrarán casi muerto.

En Provenza se mimetizaba con el paisaje. También pudo beneficiarse de los avances de la industria química. Pero, sobre todo, surgió el tubo plegable que hizo posible pintar en el exterior. Cuando salía al campo con su caballete, torcía la cabeza como los girasoles buscando el sol y los colores, sentía la Naturaleza en su plenitud. Entonces entraba en un estado hipnótico. Todo empezaba a brillar con una intensidad que él transmitía en líneas cortas y taquigráficas. En la Naturaleza encontró el poder de sugestión de los colores que utilizaba para emitir ideas poéticas, expresar sentimientos o estados de ánimo. Schnabel, en su película, trata de meternos en la catarsis de Van Gogh a través de los recursos ópticos. Cuenta cómo un día, en una tienda de segunda mano, encontró unas gafas bifocales; al llevarlas puestas se dio cuenta de que su campo de visión se alteraba, se desenfocaba o ampliaba... creyó así saber transmitir en la pantalla su mirada en trance.

Una deuda evidente

En el museo de Ámsterdam, Hockney hablaba con devoción: «Mi deuda con Van Gogh se hace aquí evidente. Para mí es un artista contemporáneo: sigue hablándome hoy como Brueghel». Van Gogh y Hockney: los separa un siglo de vida, pero sus paisajes expuestos cara a cara son como un choque de estrellas. Insistiendo en el parecido de su pincelada, responde con una sonrisa: «Bueno, a veces le robo cosas. Los grandes artistas no toman prestado: roban».

Detalle de «Patio de cárcel»
Detalle de «Patio de cárcel»

La exposición de Londres, la de Ámsterdam y también la película de Schnabel confluyen en un mismo cuadro que estos días brilla en la Tate. Es At Eternity’s Gate, el lienzo que da título a la cinta de Schnabel. Van Gogh lo pintó en 1890, en sus días de aislamiento en Saint-Rémy, y esta vez está basado en un dibujo de su periodo holandés. Representa a un hombre sentado en una silla con su cabeza sepultada entre las manos. Símbolo de la desesperación, más probablemente de la angustia de su autor. Al tiempo, At Eternity’s Gate supone un renacer en Hockney. En 2013, uno de sus asistentes se suicidó cuando él pintaba los paisajes de Yorkshire que hoy visitan Ámsterdam. Durante meses fue incapaz de pintar. En julio de ese año, mandó un dibujo a su amiga y comisaria Edith Devaney, un retrato de un hombre con la cabeza entre las manos. En el acto, Devaney señaló la similitud con el dibujo de Van Gogh. Hockney reconoció que éste no era sólo un retrato de un amigo, también una suerte de autorretrato ante la tragedia. Después, llegaron muchos más; conformaron, en 2016, la exposición de la Royal Academy: 82 portraits and one still life. Van Gogh había empujado a Hockney para que volviera a pintar.

En los 70 días que duró la etapa de Auvers, pintó 90 cuadros. Muchos son sus obras maestras

En 1890, durante su ingreso, a Van Gogh todo le afectaba aún más profundamente. En el jardín tapiado del monasterio, se convirtió en un contemplador en silencio. Cuando miramos hoy sus cuadros, casi podemos sentir el aire y el frescor de la sombra. Entonces escribió que se encontraba en su paraíso. Sin embargo, al final de su vida, la lucha en su cabeza entre arte y locura se volvió heroica. La repetición de las crisis era aterradora. En los momentos de calma, pintaba furiosamente como tratando de matar el siguiente ataque que, inevitablemente, llegaría al día siguiente. Pintar, en esta época, era su destrucción y, al tiempo, su salvación, porque era entre los espasmos cuando veía con más intensidad, con más lucidez, cuando sus facultades pictóricas parecían estar bajo un control absoluto.

En mayo de 1890, Theo sabía que su hermano atravesaba por un momento terrible. Temía que toda la intensidad que Vincent llevaba dentro explotara definitivamente en su cabeza. Y encontró un sitio para que la explosión fuera controlada: el pueblo de Auvers-sur-Oise, cerca de París. Allí, acompañado por el doctor Gachet, Van Gogh encontró la fuerza para soltar su última furia creadora. En los 70 días que duró la etapa de Auvers, pintó 90 cuadros. Muchos son sus obras más excepcionales, casi siempre paisajes solitarios, estremecedores y absolutamente novedosos. Su último cuadro, Tres raíces, hoy en la exposición de Ámsterdam, es un manifiesto a la abstracción.

Cuando Theo llegó el domingo 27 de julio de 1890, encontró a Van Gogh herido de muerte. Los dos hermanos pasaron el lunes juntos hablando y compartiendo almohada, tal y como habían hecho en Zundert. En la madrugada del 29, la fiebre aumentó, Vincent perdió la consciencia y horas después murió en brazos de su hermano.