Prisioneros de Dachau, campo en el que murió Reck-Malleczewen
Prisioneros de Dachau, campo en el que murió Reck-Malleczewen - ABC
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Una gigantesca y brutal psicosis colectiva

Friedrich Reck-Malleczewen relata un episodio acaecido en la Alemania del siglo XVI que encierra siniestras similitudes con el nazismo

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Friedrich Reck-Malleczewen (Prusia, 1884-Dachau, 1945) da cuenta en « Historia de una demencia colectiva» (1937), de la estrambótica historia de un jefe tiránico de los anabaptistas –la corriente más extremista del protestantismo– , en la ciudad alemana de Münster, durante el siglo XVI, que tiene demasiadas resonancias con la dictadura populista del Tercer Reich y sería inmediatamente prohibido por los nazis. Con su relato o «informe» acerca de aquel episodio sanguinario e inaudito, narrado de forma soberbia y realmente sobrecogedora por el impresionante escritor y relator de un futuro reencarnado como era Reck, este fantástico autor pretendía hacer comprender al lector de un siglo XX que calentaba ya motores para una nueva matanza de proporciones esta vez realmente gigantescas, «cómo hacia 1500 pudieron desplomarse antiquísimos y sacros principios y cómo la disolución de las antiguas formas de vida y de la sociedad dejaron al individuo a merced del desorden». Así lo manifiesta solemnemente Reck al comenzar su escalofriante crónica: «Alcemos, pues, el telón ante una de las muchas tragedias del agonizante mundo gótico».

Reordenamiento social

En 1534, en la ciudad de Münster, un antiguo sastre y tabernero de Leyden («un desgraciado histrión, en una carnavalada con sanguinarios corifeos») se autoproclamó primero profeta y luego rey. Apoderándose durante 18 meses de forma cruel y totalitaria de la localidad, convertida en «Ciudad Santa de Sión», con fanáticos acólitos llegados de todas partes, invocó el retorno a la pureza de la religión cristiana. Una pureza anterior al pecado original. Para ello, para esa utopía despiadada que segaba la vida (se cortaban cabezas al instante, en plena calle, por la menor infracción o conversación escuchada) de los que dudaban o disentían, era necesario un radical reordenamiento social: la poligamia se hizo obligatoria bajo pena de muerte para los que se negaban (algo que recuerda la distopía de Margaret Atwood en «El cuento de la criada») y cuando el hambre azuzó por el asedio de las tropas del obispo a la ciudad que osó desafiar al Imperio y a la Iglesia, se eliminaron «las bocas inútiles». Finalmente, se llegó a la antropofagia, incluso de los propios hijos. Una de las concubinas del despótico soberano, «a causa de una torpe desobediencia», fue decapitada en público por el mismo falso profeta alucinado, obligándole al resto del harén a presenciar la ejecución, al tiempo que cantaban como poseídas por el éxtasis «Gloria a Dios en las alturas».

Hijo de un latifundista y diputado conservador, Reck, en el período de entreguerras, como otros partidarios de la Revolución Conservadora de Weimar, en un principio tuvo la esperanza de que el nazismo acabara con la amenaza del comunismo. Sin embargo, en su « Diario», que inició en 1936 y que, oculto en un jardín, expresó de forma desgarradora y llena de ira cómo aquella esperanza pronto se transformaría en un odio profundo por los nazis («un rebaño de neandertales»). Detenido por la Gestapo en 1944, a causa de una delación, moriría en Dachau apenas dos meses antes de la liberación del campo por los aliados.