Adolfo García Ortega
Adolfo García Ortega - Óscar del Pozo
LIBROS

García Ortega recuerda a las víctimas de ETA

El Premio Málaga ha recaído en «Una tumba en el aire», que recrea el asesinato -sucedido en realidad en 1973- de tres jóvenes gallegos a quienes los terroristas confundieron con policías

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Cuando una novela tiene que ver con hechos reales, que además todavía tiene vivos a muchos de sus protagonistas, o de sus familiares, el autor debe añadir a las dificultades propias de saber distinguir lo imaginado de lo que fue real, el problema moral de no jugar con la verdad, mucho más cuando esa verdad es el asesinato, que realmente tuvo lugar, de tres jóvenes coruñeses, por parte de ETA, en la noche del 24 de marzo de 1973, en un lugar cercano a Bayona en la zona vasca de Francia. Tengo que decir que Adolfo García Ortega, que en la nota de agradecimiento que cierra su novela, aduce tener fuentes que por razones obvias no ha podido revelar, tiene que haber conectado con algunos protagonistas, porque la cantidad de detalles ofrecidos habría sido imposible sin haber investigado a fondo los hechos.

García Ortega, que es un novelista muy experimentado, y que en otras novelas anteriores ha demostrado conocer muy bien escenarios y contextos (especialmente los franceses), ha salido airoso de los dos problemas, el literario y el moral, que antes enuncié. El literario, curiosamente depende mucho de que los hechos que narra son en sí mismos novelescos. Si no supiéramos que ocurrieron lo contado parecería inverosímil.

Mecanismo trágico

El primer indicio novelesco, que además conecta en su centro con el mecanismo de una tragedia, es la portentosa dimensión que adquiere el azar. A tres amigos que viven en Irún se les ocurre tener una escapada, muy frecuente en los años finales del franquismo, a Francia, para ver una película que en España no pasó la censura: «El último tango en París», el famoso filme de Bertolucci, que se ha hecho mítica tanto por la famosa y cruenta violación con mantequilla, como por su áspero existencialismo.

Se proyectaba en un cine de Biarritz y allá van los tres jóvenes amigos coruñeses, Humberto, Fernando y Jorge, pensando en regresar a dormir a Irún esa misma noche. Nunca regresaron. Uno de los rasgos en que mejor se nota la mano de quien ha escrito esta novela es que tanto por la edad (nació en 1958), como por su experiencia narrativa anterior, conoce muy bien cómo proceder ante dos tesituras. La primera se ve en la atmósfera social, la España de 1973, y los contextos formativos que tres jóvenes españoles podían tener en aquellos años, que es muy difícil imaginar si no se han vivido.

Secuestro y tortura

Por ejemplo, la conversación entre ellos una vez salen del cine, resume muy bien las que teníamos los que vimos esa película inicialmente espoleados tanto por la fama de Bertolucci, como por lo que se comentaba respecto a la desagradable escena de la violación. Pero sobre todo en la perplejidad de que no habíamos encontrado aquello que creímos haber ido a ver. Me detengo en ello, que se relata hacia la mitad de la novela, como muestra de una de sus mejores condiciones: lo bien amueblada que está la recreación de los hechos, en sus pequeños detalles.

Lo mismo puede decirse del mundo de ETA, tanto del fanático idealismo, de carácter mesiánico, de muchos de sus miembros, como de una atmósfera irrespirable entre ellos por las sospechas de haber infiltrados y chivatos posibles. Los tres jóvenes mueren por un trágico error, pero que era muy explicable porque no parecía error. Que se les ocurra detenerse al regresar hacia Irún en un bar de carretera muy frecuentado por etarras, hablando español, sin saber vasco, y siendo gallegos, y más cuando en el grupo etarra hay la sospecha de una delatora entre ellos -que en la novela toma el nombre de Maitene-, va fraguando un clima de casualidades que hacen verosímil el primer paso del secuestro e inevitable la tortura posterior.

Ese mal paso precipita que tengan ya que seguir adelante, aunque no estén nunca del todo seguros de no haberse equivocado. Pero la locura desatada del terror en aquellos años, tenía eso de cruel. También se refleja bien la impunidad con la que ETA, mientras vivía Franco, campaba por Francia. En pormenores concretos, pero en ese ambiente del todo asfixiante, Adolfo García Ortega se revela como buen novelista y nos ha entregado una de sus mejores obras.