George R. R. Martin muestra un mapa de los Siete Reinos
George R. R. Martin muestra un mapa de los Siete Reinos - Ángel de Antonio
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«Fuego y sangre», el libro que nadie había pedido a George R. R. Martin

El autor de «Juego de Tronos» no entrega un nuevo capítulo de su célebre saga, pero alivia la ansiedad de sus lectores con «Fuego y Sangre», donde relata los orígenes de Poniente

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Permítanme un ejercicio de futilidad. Toda la crítica literaria lo es, eso fue lo primero que aprendí cuando estudiaba para ello, y después de dos décadas ejerciéndola, cada día estoy más convencido. Pero permítanme. Intentemos, por un breve instante, viajar al interior de la mente de George R. R. Martin (Bayonne, New Jersey, Estados Unidos, 1948). Imaginemos que somos el escritor más relevante de la historia de la fantasía.

Veo manos levantadas ante esta afirmación. De acuerdo, con permiso de J. R. R. Tolkien. El hombre que lo comenzó todo, lo hizo el siglo pasado, y le costó décadas. Y era un escritor distinto. Un hombre de su tiempo, no de este. Tolkien apenas atisbó los efectos que su obra causó en el mundo. Martin es un animal distinto. Alguien que ha dedicado una vida entera a dar forma a los mundos de su cabeza, como Tolkien, pero con distintos resultados.

El mundo a sus pies

Dice Álvaro Enrigue, en el demoledor inicio de «Ahora me rindo y eso es todo» (Anagrama, 2018): «La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbramos: donde no había nada, alguien pone algo y los demás lo vemos. Por ejemplo la pradera: un territorio interminable de pastos altos. No hay árboles: los mata el viento, la molicie del verano, las nieves turbulentas del invierno». Como escritor, no puedo sino sentir un escalofrío al leer este párrafo. Como crítico, pienso en ese párrafo y lo aplico a Martin, y me resulta más sencillo comprender su relevancia: No hay nada, y él pone algo. Y el mundo se rinde a sus pies.

Aquí comienzan las diferencias con Tolkien. Millones de personas en todo el planeta contienen el aliento ante la esperadísima conclusión de la saga de «Canción de Hielo y Fuego». No hay minuto en el que, en algún punto del globo, alguien no entre en una librería y pregunte «¿Cuándo se publica «Vientos de invierno»?». En Gigamesh, la enseña barcelonesa de la fantasía por antonomasia, sus dependientes llevan camisetas con la respuesta a esa pregunta: «No lo sé».

Compleja imaginación

Y, siguiendo el viaje a la mente de Martin, imaginemos que tienes a un planeta entero pendiente de que les cuentes el final de una saga épica que ha acercado al género a millones de personas que no sabían lo que era. Y tú te detienes. Decides que no ha llegado aún ese momento. Decides que vas a esperar casi diez años antes de darles lo que quieren. Y muchos miran tu fecha de nacimiento, y menean la cabeza. Y tú publicas un libro que no cuenta el final de la historia que esperan, sino que ahonda más aún en los mundos de tu compleja imaginación. Decides que no ofrecerás soluciones, sino que seguirás haciendo expandirse las praderas, el territorio interminable de pastos altos en que a los árboles los mata el viento, la molicie del verano, las nieves turbulentas del invierno. Y respiras hondo, y sonríes.

Esto es «Fuego y Sangre». La primera parte de una «bilogía» que ahonda en la historia de los Targaryen. Una exhaustiva historia sobre los orígenes de Poniente. Una oportunidad que Martin se regala a sí mismo para seguir viviendo con el aliento de los aficionados en el cuello, para jugar con un narrador no confiable como es Gyldayn. Una historia rica llena de matices, que hace aún más grande la maravilla que es «Canción de Hielo y Fuego». Muy disfrutable, y al nivel del mejor Martin. Y para nada lo que la gente espera, quiere o cree que necesita. Que es el motivo por el que, supongo, futilmente, que la ha escrito. Porque esta crítica, este ejercicio de futilidad, es tan innecesario como lo es cualquier libro de fantasía, cualquier texto en el que no había nada, y de pronto alguien pone algo. «Fuego y Sangre» es futil e innecesario. Y, por eso mismo, absolutamente imprescindible.