Fotografía de Nikolas Muray de Frida con escultura olmeca de 1939
Fotografía de Nikolas Muray de Frida con escultura olmeca de 1939
ARTE

Frida Kahlo: las apariencias engañan

Por primera vez en su historia, los enseres personales de Frida Kahlo, los que alimentan su leyenda, salen de México para mostrarse en una exposición en el Victoria & Albert de Londres

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En 2004, a los 50 años de la muerte de Frida Kahlo (1907-1954), aparecen millares de objetos suyos: fotos, diarios, dibujos, libros... También botes de analgésicos, corsés ortopédicos, batas de hospital, su barniz de uñas a medio usar, peines, el bote de Shalimar -el perfume, con el que camuflaba el «olor a perro muerto de mi cuerpo»- su ropa, el lápiz de cejas y los lazos de seda rosa de sus trenzas... Hoy estos enseres salen por primera vez de su hogar, La Casa Azul, en Coyoacán, rumbo al Victoria & Albert de Londres. Es la exposición Frida Kahlo: Making Her Self Up.

Al morir Frida Kahlo, el pintor Diego Rivera, en el intento de preservar la intimidad de la pareja, manda cerrar dos cuartos de baño de La Casa Azul llenos de objetos y documentos. En el momento en el que se reabrió el adyacente al cuarto de la artista, también se reabrió a nuestros ojos el mensaje que la ropa de Frida transmitía. Ambos fueron personajes intensos, terribles en momentos poéticos o de ternura conmovedora en otros. En el centenario de su nacimiento, la Prensa anunciaba la aparición de estos secretos, que se recogen en varios libros: Frida Kahlo: sus fotos, Frida by Ishiuchi y Demerol (los tres en Ediciones RM).

Irrumpe el dolor

El cisma del cuerpo de Kahlo empieza con seis años; un ataque de poliomielitis la obliga a guardar cama nueve meses. Los médicos, los calmantes y el dolor aparecen en su vida. La pequeña Frida vuelve a levantarse con una pierna atrofiada y un complejo: los chicos del barrio la llaman Frida-pata-de-palo. Le gusta trepar por los árboles y aprende a remontar pero su pierna permanece delgada. Ella la camufla con varios pares de calcetines y botas altas.

Se dice que a la salida del crematorio, Diego Rivera tragó un puñado de sus cenizas

17 de septiembre de 1925: el accidente. Frida tenía 18 años aquella mañana que salía con su novio y sus libros de la escuela: «Me subí en el autobús, Alejandro se sentó a mi lado. Instantes después, el autobús se estrelló contra un tranvía. Fue un golpe extraño, no fue violento sino sordo. El golpe nos lanzó hacia adelante y el pasamanos me atravesó como una espada atraviesa a un toro».

Alejandro lo relató: «Frida estaba completamente desnuda. Su ropa había desaparecido en el accidente. Un pasajero, sin duda pintor, había entrado al autobús con un paquete de polvo dorado. El paquete reventó y el polvo voló sobre su cuerpo ensangrentado». Frida quedó cubierta por un rocío fantástico. Diagnóstico: triple fractura de columna vertebral, fractura de clavícula y de la tercera y cuarta costillas, luxación del hombro izquierdo, triple fractura de cadera, perforación del abdomen y la vagina, once fracturas de la pierna derecha, el pie... Los médicos recogieron su cuerpo sin creer que pudiera sobrevivir a la mesa de operaciones.

Cuando sale del hospital, su madre la instala en una cama de columnas de cuyo baldaquino cuelga un pequeño espejo y manda construir un caballete especial... Frida queda encerrada en su mundo.

Diego Rivera recuerda la aparición de Frida en su vida: «Un día en el que trabajaba en los frescos del Ministerio de Educación, escuché a una joven que me gritaba: “Diego, por favor, baje de ahí. Debo hablarle de algo importante”... En el suelo, por debajo de mí, estaba una chica de unos 18 años. Tenía un cuerpo bonito y nervioso. Y unas cejas espesas y oscuras que se reunían en el nacimiento de la nariz. Parecían las alas de un mirlo». Rivera: 42 años, más de 1,80 m, 104 kilos, casado con Lupe Marín y uno de los «Tres Grandes» muralistas mexicanos, acepta el rol de novio.

«El segundo accidente»

Diego era su Dios, su padre, su hijo, su «segundo accidente». Ella se engalanaba para él como las mujeres de Tehuana, veía en la ropa indígena una declaración política, la reivindicación de su mexicanidad. Cada mañana, como un ritual, Frida se interpretaba como un ídolo, con sus joyas y vestidos, diseñaba su vestuario para camuflar las heridas de su cuerpo.

La casa que es hoy Museo Frida Kahlo fue construida por su padre tres años antes de su nacimiento. Fue agrandada por Diego y decorada por ella. En 1937, Trotski vive dos años en ella. El autor de La revolución permanente tardó poco tiempo en sucumbir ante la belleza de su anfitriona. Él y Frida se comunicaban en inglés, lengua que Natalia, mujer de Trotski, no entendía; en sus encuentros, Frida le pasaba mensajes de amor envueltos en sus trajes.

Picasso también adornó a Frida: bajo sus trenzas brillaban un par de pendientes en forma de mano que el malagueño le había regalado... Sus labios, de rojo, aparecen en fotos y cuadros siempre cerrados: nunca enseñaba los dientes. Una de sus joyas invisibles eran sus incisivos de oro que, en ocasiones especiales, engarzaba con pequeños diamantes.

Desde 1950, pasa un año ingresada en el Hospital Inglés. Diego reserva un cuarto a su lado y la estancia se transforma en una fiesta. Un año antes de la muerte de Frida, en 1953, la galerista Lola Álvarez Bravo organiza una exposición. Diego ordena el traslado de su cama de columnas a la sala. Frida hace una entrada triunfal entre sirenas de la ambulancia: los invitados la rodean mientras ella sigue alimentada de analgésicos. Es la imagen del triunfo sobre el dolor. Después del homenaje, llega el veredicto de la amputación de la pierna derecha. Frida escribe en su diario: «Yo soy la desintegración».

Desde entonces se dedicó a tunear los nuevos miembros de su cuerpo roto. Sus botas rojas, remate de su pierna ortopédica, son los objetos más enigmáticos de la exposición. También los corsés, prueba evidente de su tortura. Su relación con ellos era una mezcla de necesidad y soporte pero también de rebelión. Desde entonces Frida se nos aparece avanzando en su silla de ruedas, adelantada por el rumor de sus joyas. Mientras, la muerte se iba acercando de puntillas. Se daba cuenta de que se estaba matando: las drogas y el alcohol la aliviaban pero también la condenaban. A los 47 años, es incinerada. Se dice que a la salida del cuerpo del crematorio, Diego Rivera tragó un puñado de sus cenizas.