Portade de «El Diario Vasco» con la noticia del asesinato de Melitón Manzanas en 1968
Portade de «El Diario Vasco» con la noticia del asesinato de Melitón Manzanas en 1968
LIBROS

François Sureau: ¿Novela autobiográfica o falsedad?

Esa es la pregunta que surge al leer «El camino de los difuntos», de François Sureau. Una novela supuestamente «inspirada en hechos reales» cuya veromilitud, sin embargo, no resiste un análisis en profundidad a la luz de la Historia reciente

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«Una novela autobiográfica que se puede definir con dos palabras que riman: brevedad e intensidad. Una obra bellísima y exacta. Gran éxito de crítica en Francia». Este es el reclamo editorial que en la contraportada del libro acompaña su sinopsis. Como literalmente se lee en ella, Javier Ibarrategui, nacido en Zestoa, Guipúzcoa, en 1940, «era militante de la causa vasca, pero aún más del antifranquismo. Se había alistado en ETA y había ocupado un cargo importante en la organización clandestina. Después de ser objeto de una intensa persecución tras los primeros atentados contra el franquismo, se marchó en 1969 a Francia, donde obtuvo el estatus de refugiado».

Ese es el personaje que el novelista, François Sureau, conoce en 1983 cuando este ejercía como abogado de la Comisión de Apelaciones de Refugiados. Esa Comisión evalúa la petición de Ibarrategui, que es denegada por Sureau al considerar que la democracia ya había llegado a España. Al cabo de unas semanas esa decisión le genera al joven abogado «desazón», se siente «abrumado» por «un presentimiento», pues Ibarrategui había aducido que «la policía paralela seguía activa, y que era muy posible que lo ejecutaran si volvía a España».

«Respondió simplemente que se trataba de un combate muy antiguo, de un combate a muerte, en el que nadie podía contar con el olvido ni con el perdón; que los predecesores de los Grupos Antiterroristas de Liberación, los famosos GAL, se llamaban ‘ Guerrilleros de Cristo Rey’…», escribe Sureau antes de introducir el desenlace: el asesinato de Ibarrategui en la plaza de San Nicolás de Pamplona que leyó el 5 de septiembre de 1983 en las páginas de «Libération». «En medios bien informados se atribuye la responsabilidad de este asesinato, así como otros muchos parecidos, a los Grupos Antiterroristas de Liberación», relata Sureau reproduciendo la noticia del diario francés.

¿He buscado mal?

Una de las reseñas del libro publicadas en castellano definía la novela como «un relato confesional destinado a reconocer públicamente un error, describir el consiguiente sentimiento de culpa y, a la postre, y por el procedimiento mismo de la confesión, efectuar un intento de descargo de conciencia». Para el autor de esa reseña la novela adquiere «la condición de testimonio histórico». Sin embargo, el reseñista se interrogaba: «Picado por la curiosidad y el interés, he buscado con constancia en varios sitios de internet datos sobre Javier Ibarrategui y los hechos narrados por Sureau. No he encontrado a nadie con ese nombre y apellido que protagonizara los distintos sucesos abordados por Sureau. ¿He buscado mal? ¿Ha cambiado Sureau, por los motivos que sean, la identidad real de su personaje?».

La respuesta es sencilla: Javier Ibarrategui jamás ha existido y, al contrario de lo que escribe Sureau, no está enterrado en la tumba que dijo visitar en el cementerio de Zestoa, y tampoco fue asesinado un ex militante de ETA en septiembre de 1983 en Pamplona, ni el escritor pudo leer semejante crimen en las páginas de ningún diario. Una consulta a la base de datos del DNI revela que no existe semejante apellido. Tampoco figura en los archivos policiales ni en el recuerdo de militantes que formaron parte de ETA en aquellos años.

Las contradiciones de «El camino de los difuntos» y su autor son insoslayables

A pesar de que Sureau presenta a Javier Ibarrategui como «miembro del comando que asesinó a Melitón Manzanas» en 1968, Teo Uriarte, uno de los integrantes de la cúpula etarra que decidió ese asesinato, aclara a quien esto suscribe que todos los responsables, salvo tres de los que participaron en el crimen, fueron detenidos. De esos tres, ninguno marchó a Francia tras matar a Manzanas y ninguno siguió el destino que Sureau inventa a su personaje.

En respuesta a un correo electrónico inquiriéndole sobre estas cuestiones, el novelista admite que el nombre de Ibarrategui es una invención, si bien insiste en describir su obra como «evidentemente autobiográfica» e «inspirada en hechos reales», en concreto los de «tres refugiados vascos» que conoció en esa época. El contrato entre el lector y el autor se resquebraja: ¿por qué identificar como realidad una ficción que ahora reconoce? En todo momento autor y editorial han presentado como veraz un breve y simple relato cuya fuerza reside precisamente en su grado de fidelidad a la realidad.

Es su declarada autenticidad, acentuada con esa alusión a su carácter autobiográfico, la que le podría otorgar plausibilidad y emoción al libro de Sureau y a reflexiones como esta: «Han pasado treinta años. El recuerdo de Ibarrategui no me ha dejado nunca tranquilo». El autor no escatima esfuerzos por dotar de veracidad a su relato; pero el crimen narrado nunca sucedió.

De duda en duda

Sureau responde a través del email que las fechas de su novela también son una ficción, y asegura que Ibarrategui no es del todo una quimera, tan solo una construcción basada en unos hechos reales cada vez menos veraces para quien esto suscribe. ¿Por qué habría de temer Ibarrategui a los GAL cuando este grupo terrorista asesinó por primera vez en octubre de 1983, mientras la acción de la novela se sitúa antes? ¿Por qué habría de temer a los Guerrilleros de Cristo Rey, a los que alude en su novela, cuando estos habían concluido ya su actividad violenta?

Las respuestas de Sureau afianzan las dudas sobre la invención literaria. En su opinión, los temores de Ibarrategui eran reales porque los comandos estaban activos en Francia y vigilados por el espionaje francés. Sin embargo, ¿por qué habría de temer el antiguo etarra su regreso a España si considera que los comandos estaban activos en Francia? Las contradicciones de libro y autor son insoslayables: el único asesinato de los GAL en España se produjo en noviembre de 1984, en Bilbao, cuando mataron al ex dirigente de HB Santiago Brouard. El resto tuvo lugar en territorio francés.

Absolutamente falso

Mikel Azurmendi, ex miembro de ETA que vivió en Francia en la época que Sureau narra, escribe las siguientes líneas tras requerirle su opinión: «La trama de la novela estriba en esta sensación confusa de que en España no había democracia y de que Ibarrategui trataba de evitar que las autoridades francesas (que lo querían enviar a España) se sintiesen responsables de un posible asesinato de Ibarrategui una vez llegado a España. Pero es un hecho que Francia jamás expulsó hacia España a ningún ex etarra refugiado político con delitos cometidos durante el franquismo. Que yo sepa, jamás quitó a ningún refugiado su carnet de ‘refugiado político y apátrida’ si él trabajaba y quería seguir viviendo en Francia. Algunos ex etarras se quedaron allí sin problemas. El autor se zafa de Melitón Manzanas diciendo que era un ‘conocido torturador’ y elevando la sospecha de que habría asesinado a un joven militante (o sea, un etarra) amigo de Ibarrategui. Esto es absolutamente falso. Al autor le suenan cosas, pero no acierta a perforar el signo de los tiempos y menos aún la confusión del exiliado etarra cuando aparece la democracia. Eso sí, se refocila en una falsa conciencia de culpa por haber extraditado a un ex etarra, cosa que nunca ocurrió».

Tampoco ocurrió, como constatan antiguos miembros de ETA en el momento del asesinato de Carrero Blanco, la «condena» a la «ejecución del delfín designado por Franco», que Sureau le atribuye a Ibarrategui. El apasionamiento con la acción terrorista era tal que fue bienvenida por una banda que, como refleja uno de sus documentos internos a finales de los sesenta, estaba seriamente diezmada: «Puede decirse que el núcleo revolucionario que en 1967 constituía el eje de ETA, sus cuadros, ha desaparecido como tal núcleo; el porcentaje de bajas ha sido muy alto».

Al autor le suenan cosas, pero no acierta a perforar el signo de los tiempos, ni la confusión del exiliado etarra ante la democracia

Azurmendi, reconocido académico en el campo de la antropología, añade: «El título ‘Le chemin des morts’ tiene mucho gancho. Sin embargo, no se refiere al indecente camino de cientos de asesinatos construido por ETA durante la democracia, sino que se refiere a un supuesto asesinato de los GAL en la persona de un militante ex etarra. Un falso etarra que presenta como personaje real con prestigio moral».

«En realidad -explica Azurmendi- ese título extrae su sentido del ‘ andabidea’ de la tradición vasca, cuando un difunto era llevado ‘en andas’ desde su caserío a la iglesia para la ceremonia previa al entierro. Esta costumbre desapareció en las aldeas a comienzos del siglo XX. Con el tiempo, se evitó también introducir al difunto en la iglesia supliéndosele con un catafalco de crespón negro y velones de cera. En el tiempo narrativo de la novela, su autor se refiere a esta costumbre como si todavía estuviese en vigor. Incurre el autor en un anacronismo si no en falsedad pía».