«Marsan-2», de Victor Vasarely, ahora en el Thyssen
«Marsan-2», de Victor Vasarely, ahora en el Thyssen
ARTE

Las formas en movimiento de Vasarely

El Museo Thyssen repasa todas las aportaciones al arte óptico y cinético de Victor Vasarely. Un muestra «poliédrica»

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El Museo Thyssen presenta una sugestiva muestra de Victor Vasarely (1906-1997), que permite un recorrido bastante completo por su trayectoria. Vasarely, uno de los artistas no figurativos más importantes del siglo XX, nació en Pécs (Hungría), aunque después de sus años de estudio y formación se trasladó a Francia en 1930, donde residiría el resto de su vida.

Articulada en nueve secciones cronológicas, la exposición reúne 88 obras y 2 películas que proceden en su mayor parte del Museo Vasarely de Budapest y del Victor Vasarely de Pésc. Es también significativo que el comisario sea Márton Orosz, conservador del Museo de Bellas Artes de Budapest y director del Museo Vasarely. Así, tanto los fondos húngaros de obras de Vasarely como la mirada húngara sobre los mismos se han trasladado a Madrid.

En sus años de formación, el diseño fue una de sus actividades centrales. En 1925 trabajaba en el diseño de escaparates, y entre 1925 y 1930 cursó estudios en gráfica publicitaria, fotografía y artes aplicadas al cine y al teatro. Esta dimensión, la potencia creativa del diseño, constituye uno de los aspectos decisivos de Vasarely, como bien puede apreciarse en la muestra.

Combinación de gases

Aunque se suele encuadrar a Vasarely como uno de los iniciadores del Op Art o arte óptico -de ahí el título de la cita-, él prefería situarse en el marco del «arte cinético», un término que empezó a utilizar en 1953, basándose en la descripción del movimiento de los gases de Nicolas Sadi Carnot, ingeniero francés del siglo XIX.

Posteriormente, en 1965, concretaba así su concepción del trabajo artístico: «La combinación de las fuerzas creativas es comparable a las moléculas de un gas que se mueve en el continuo espacio-tiempo». Cada partícula de esa combinación tendría su propia razón de ser, su individualidad, mientras que al tiempo constituyen una unidad. Lo decisivo es el movimiento: «Algunas vibran más rápidamente, y este movimiento incrementado está cercanamente relacionado con el periodo en que esta individualidad vive».

Con el título El movimiento [Le Mouvement], tuvo lugar en 1955 en París, en la galería de Denise René, la primera gran exposición de arte cinético, con la que Vasarely alcanzó gran proyección internacional. Para la ocasión, escribió para el catálogo un manifiesto, impreso sobre una hoja de papel amarillo, que se conocería después como el Manifiesto Amarillo.

En él se encuentran algunas claves fundamentales de su obra. Los antecedentes y referencias explícitos que menciona: Manet, Cézanne, Matisse, Picasso, Kandinsky, Mondrian, Le Corbusier, Calder… Junto a la impor- tancia del movimiento, la idea de que forma y color constituyen una unidad indisociable: «No son sino uno. La forma no puede existir sino una vez señalada por una cualidad coloreada. El color no es cualidad sino una vez delimitado como forma».

Y también la consideración del cambio en los soportes y en la transmisión de las obras de arte, propiciados por el despliegue de nuevas técnicas, algo decisivo en sus propuestas concebidas como «múltiples», y de las que también hay ejemplos en Madrid. Según Vasarely: «Si la idea de la obra plástica residía hasta aquí en una acción artesanal y en el mito de la “pieza única”, hoy se sitúa en la concepción de una posibilidad de recreación, de multiplicación y de expansión». Es decir, él era consciente de la nueva situación del arte en una época marcada por la reproductibilidad técnica, como ya había señalado Benjamin veinte años antes.

En un registro abierto

Como ocurre en todas las dimensiones del diseño, y para Vasarely eran fundamentales el arquitectónico y el gráfico, las obras artísticas se piensan en un registro abierto a la multiplicidad. En ellas, el núcleo expresivo se sitúa en la interacción entre forma y color, que concibe estableciendo una analogía con las matemáticas, con los términos de una ecuación: 1=2/2=1, lo que permite establecer una gramática de las formas, que a su vez se compara con la notación musical.

Todo ello va desplegándose ante nuestra mirada en las distintas secciones de la muestra. Un caso, El hombre (1953), nos lleva de manera anticipatoria a algo cada vez más evidente, a la integración hombre-máquina, a la figura del cyborg. Y en todas las piezas, el juego de combinación y movimiento permite entrar y salir de las formas a partir de las diversas modulaciones de figuras geométricas. Victor Vasarely: las formas en movimiento.