Fernando García de Cortázar, gran divulgador de nuestra historia
Fernando García de Cortázar, gran divulgador de nuestra historia - José Ramón Ladra
ENTREVISTA

Fernando García de Cortázar: «España se convierte en un erial cultural más rápido que otros países europeos»

Es uno de nuestros historiadores más apoyados por los lectores. Acaba de publicar «Viaje al corazón de España», un periplo sin prejuicios por los lugares que quiere de un país ancho, plural y diverso

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Fernando García de Cortázar y Ruiz de Aguirre (Bilbao, 1942) es probablemente el historiador español con mayor respaldo del gran público. Catedrático de Historia en la Universidad de Deusto y sacerdote jesuita, ha sabido acercar a los españoles a su pasado de un modo claro, atractivo y siempre erudito. Su patriotismo y su lucha por los derechos civiles lo obligó a vivir lustros con escolta por la amenaza etarra. Estajanovista -ha escrito 71 libros-, siempre con un tono de caballero cordial, presenta estos días dos nuevas obras: «España, entre la rabia y la idea» (Alianza), donde reflexiona sobre la alarmante frivolidad con que se ha debilitado la conciencia nacional, y «Viaje al corazón de España» (Arzalia), un libro de viajes de edición suntuosa, en el que recoge la cosecha de sus siete décadas de andanzas por los caminos del viejo país.

Asegura que «Viaje al corazón de España» es su libro más personal. Leyéndolo, parece en efecto que hubiese querido hacerse un regalo a sí mismo y a sus lectores.

Sí, es un canto de amor a España y una invitación a descubrir o redescubrir sentimentalmente lo hermoso que es nuestro país. También es el más ambicioso de mis libros, un viaje personalísimo a mi España, la de Cervantes y Galdós, Tomás Luis de Victoria y Falla, Velázquez y Goya... La vida, la nación en permanente génesis, el sabor y el arte están aquí, no solo geografía. Un libro tan lleno de entusiasmo por España solo podía escribirse desde un sentimiento hondo de patria como el que me trasmitieron mis padres.

El libro evoca sus viajes iniciáticos con ellos. ¿Cómo eran aquellas aventuras por la España de mediados del siglo XX? ¿Qué le inculcaron sus padres?

Dice Proust que las ciudades son el escenario de nuestro pasado. Madrid, Ávila, Toledo, Segovia... forman parte de mi educación sentimental, porque ya a los trece años mis padres me hicieron viajar por la Castilla de los héroes y los santos. Más tarde, mi encuentro con Galicia acompañándolos fue un flechazo y el abrazo al Apóstol en la catedral de Santiago, como la absolución general después de unos ejercicios espirituales. Para mí, como para mis hermanos, España fue desde muy temprano mucho más que un nombre. Amé su paisaje y paisanaje porque mis padres supieron cultivar en mí la conciencia de pertenecer a una hermosa y áspera nación. Amé España en la música vasca, casi siempre escrita en tono menor, como una invitación a la nostalgia, y en las canciones populares.

«Los españoles debemos poner fin a esa tontuna acomplejada de autoflagelarnos y pedir perdón»

Eran infinitamente más lentos, más largos. Fueron sin duda el germen de mi patriotismo. Mi padre era originario de Chile, hijo de un indiano vizcaíno que quiso que su prole se formara y estudiara en Sevilla. Llevaba metida en el alma la añoranza de una patria amada ya desde la lejanía. Mi madre, nacida en Las Arenas de Guecho, se había formado como concertista de piano en el Conservatorio de Madrid. Había recibido los máximos honores académicos, pero sus doce hijos cambiaron el rumbo de su vida. Así y todo ella siempre sacó tiempo para acompañar desde el teclado nuestro crecimiento con la música de España.

¿Qué echa de menos de aquella España y que cree que hemos ganado?

Hemos ganado en libertades, en comodidad, en calidad de vida… Y, sin duda, hemos perdido en educación y en curiosidad intelectual. España se está convirtiendo en un erial cultural con mucha más rapidez que otros países europeos. Durante estos años la educación ha sido terreno de combate permanente. En esta materia se ha expresado como en pocas otras el conflicto político, y todos los complejos, toda la cobardía, todo el impulso de humillar nuestros valores occidentales. Los planes de educación han adelgazado la Filosofía hasta la enfermedad. Se ha arrinconado la Literatura entre los trastos inútiles para la vida actual. Se ha convertido la Historia en un anaquel de relatos provinciales. «Abolid el estudio de la historia -advertía Voltaire a sus contemporáneos- y veréis un nuevo San Bartolomé en Francia y un nuevo Cromwell en Inglaterra». La historia es necesaria para desbaratar las mentiras que los políticos cuentan sobre ella y para arraigar en las gentes el sentido de las responsabilidades políticas, morales y civiles. Permite mostrar que lo que aconteció ayer y acontece hoy no responde a un destino ciego e inexorable, sino a la virtud, inteligencia y sabiduría de los hombres; y, por supuesto, a su perversidad, estupidez e ignorancia.

En este libro se percibe ambición literaria. ¿Se está perdiendo en nuestro país el gusto por la gran prosa?

El lenguaje siempre es un reto, una aventura. He escrito más de setenta libros. Desde el primero se ha ponderado mi voluntad de estilo, mi preocupación por instruir deleitando. En éste último libro en particular, como en mis dos novelas o en los Momentos emocionantes de la historia de España, he cuidado el estilo con verdadera pasión. Pero sí, es verdad que hoy el lector ha perdido el gusto por la buena prosa. ¿Cuántos leemos a Azorín, gran maestro del estilo literario? ¿Y cuántos a Cela, que como suele decir Juan Manuel de Prada representa la escritura total, la escritura insomne, indeclinable y pugnaz? Aquí se ha producido una quiebra cultural enorme.

Dice que las ciudades son sus escritores. Dígame su autor o autora de cabecera.

Hay escritores que inventan una ciudad, creándola para el espíritu y poniéndola incluso a salvo del hastío de la temporalidad. Yo no concibo Granada sin Lorca, Soria sin Machado, Madrid sin Galdós, Mondoñedo sin Cunqueiro, Oviedo sin Clarín, Bilbao sin Unamuno… En cuanto a mi autor de cabecera, le diré que Galdós. Y como soy un adicto incurable de la poesía, Fray Luis de León, a quien considero mi contemporáneo en muchos aspectos.

«En la educación se han expresado los complejos, la cobardía, el impulso de humillar nuestros valores occidentales»

«Viaje al corazón de España» está escrito en positivo, no cabe lo feo, lo vulgar, sino lo que provoca la adhesión. La emoción que siento ante las huellas del pasado me lleva a rastrear en los libros las pequeñas anécdotas o la historia con mayúsculas que esconde un edificio, recuerda un rincón olvidado o nos susurra un paisaje. Todo sin olvidar el aprecio por los detalles que aprendí leyendo los «Paseos por Roma» de Stendhal. Y por supuesto, la narración de mis experiencias personales.

Le hablaba del feísmo urbanístico...

Sí, volviendo a su pregunta. Es cierto que se han hecho cosas espantosas, producto de la especulación o incluso del pésimo gusto. Aunque no creo que todo lo construido en los últimos tiempos sea tan horrible. Fíjese, por ejemplo, en Bilbao, premio a la mejor ciudad europea de 2018, superando nada menos que a Viena. O en Valencia y Málaga. Además contamos con grandes y prestigiosos arquitectos. Piense en Moneo y el impresionante Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

«La sombra de la Leyenda Negra es alargada. Nos hemos creído los horrores que nuestros enemigos nos han atribuido»

¿Cuál es el monumento español que más le sobrecoge?

La catedral de León. Es el monumento donde se confunden de modo supremo la creatividad del arte con el hallazgo de la luz como elemento decisivo en la construcción de los templos. El Papa Juan XIII dijo de ella: «Este edificio tiene más cristal que piedra, más luz que cristal y más fe que luz». Pero déjeme mencionar otro: el pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago, donde el maestro Mateo esculpió una de las sonrisas más fascinantes del arte universal, la del profeta Daniel, imperecedera y esperanzadora, como las de Leonardo da Vinci.

En el libro se atreve a hacer sus personales recomendaciones gastronómicas. En toda España se come muy bien, pero a su juicio, ¿dónde mejor?

Reconozco que soy muy poco sofisticado en mis gustos culinarios y que hasta en eso soy patriota. ¡Fíjese que lo que más me gusta es la tortilla española, a poder ser con patata gallega! Desde hace más de un siglo la España culinaria ya estaba definida. Las salsas dominan los fogones norteños, los asados el centro y las frituras el sur. Admiro el culto y el ritual de la gastronomía en el País Vasco, pero si quiero cordero iría a Sepúlveda y a Sanlúcar si busco langostinos. Los mejores pasteles están en el norte de España, donde no llegaron los árabes con sus empalagosas mieles y almíbares, y los bombones más exquisitos, en Oviedo.

Veo que sabe cuidarse. Vamos un instante a sus años mozos. Es muy bonito cómo cuenta el tránsito desde su infancia vasca a sus años de formación con los jesuitas en Tierra de Campos y sus estudios en Salamanca. Cuesta imaginar mejor recorrido de iniciación.

Son años inolvidables. Tuve la fortuna de subirme al último tren de la gran cultura humanista de la Compañía de Jesús y de hacerlo en Tierra de Campos. Por entonces Castilla podía ser una tierra desabrida, de pueblos decrépitos, pero estaba viva, rebosaba alma. Allí palpitaba España. Fue en la Tierra de Campos donde comprendí que los poetas que había leído en mi Bilbao natal me habían enseñado a dialogar con el paisaje castellano, un paisaje cuyo solo recuerdo aún me evoca deslumbramientos y penumbras, la gloria del pasado y su melancolía. Después llegué a Salamanca, la ciudad renacentista, la memoria viva del Siglo de Oro, la plaza mayor del saber, donde los pasos de Fernando de Rojas, Francisco de Vitoria o fray Luis de León se cruzan con las picardías del Lazarillo y el sentimiento trágico de Unamuno.

«La patria de un hombre es la infancia, los primeros libros y la tierra donde vimos la luz y se forjaron nuestros sueños»

Me resulta agradable que sienta como algo propio el río antiguo de nuestra gran cultura. Eso ya no abunda...

Pertenezco a los últimos de Filipinas. Me formé en una cultura humanista que exigía el conocimiento del latín y el griego y muchísimas lecturas de la gran literatura española y universal. Hoy en los institutos ya no se lee a Baltasar Gracián, que sin embargo es todo un «best-seller» en Estados Unidos.

¿A qué ciudad española llamaría usted «mi casa»? Supongo que a Bilbao.

Bilbao es la infancia, donde nací, crecí y viví las primeras experiencias que modelan la personalidad. También puedo llamar casa a Madrid, donde he encontrado un hogar perdurable. Madrid es una novela que no cesa, el punto donde se cruzan todos los caminos de España. Una Torre de Babel donde nadie te pregunta por tus raíces. Pero no me siento foráneo en ninguna parte de España.

¿Cómo se podría devolver la autoestima a los españoles?

Con libros como «Viaje al corazón de España»; descubriendo nuestra literatura, nuestro arte, nuestra música, nuestra proyección universal. Y poniendo fin a esa tontuna acomplejada de autoflagelarnos y pedir perdón continuamente, olvidando las grandes realizaciones de nuestros antepasados.

¿Seguimos todavía con la Leyenda Negra a cuestas?

La sombra de la Leyenda Negra es alargada. Nos hemos creído todos los horrores que nuestros enemigos nos han atribuido. Pongo como ejemplo las barbaridades que han dicho sobre nuestro papel en América, olvidando que España trasvasa inmediatamente sus universidades al Nuevo Mundo, cosa que no hizo ningún otro país.

¿La patria de un hombre es...? Complete la frase.

La patria de un hombre es la infancia; y por supuesto, la tierra donde vimos la luz, donde vivieron nuestros antepasados y se forjaron nuestros primeros sueños. También los libros donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente. En mi caso, podría citar los Episodios Nacionales de Galdós, cuyos personajes, como en el poema de Cernuda, entraron en mi vida de niño y no saldrán de ella ya sino conmigo.

«Nunca me he sentido extranjero en Cataluña»

No, de ninguna manera. Cataluña me ha dado emociones musicales, viajes inolvidables y libros, lecturas que no han sido borradas por la avalancha de otras posteriores.

Pero luego está la gota malaya...

No puede ignorarse el pulso secesionista, que ha convertido la región en un lugar deprimido, políticamente desahuciado y con brotes de odio.

En el prefacio presenta el libro como «un canto de amor a España en un momento de desaliento colectivo». ¿Sabremos superarlo?

El pronóstico no es bueno. Y no lo es porque el mal reside en la inexistencia de una conciencia nacional adulta y sin complejos. Me entristece y preocupa la ligereza con que se ha depuesto la fuerza de nuestra cultura, el vigor de nuestro significado histórico. La rigurosa exigencia de una empresa de siglos no puede revocarse alegremente, ni someterse a los dictados de una negociación. Por primera vez se niega la existencia de la nación española. Es algo que resulta incomprensible sin la odiosa indolencia de quienes creen que una nación se guarda sola.

«Quise recorrer nuestros pueblos, ciudades y paisajes sin prejuicios identitarios»

No reparamos en que si España es un tesoro artístico y monumental se debe en gran medida al legado católico, del que hoy algunos abominan.

Me indigna cuando oigo negar la huella del catolicismo en nuestra civilización. Yo no pido a nadie que rece el rosario, igual que huyo de que se identifique nación y religión. Simplemente exijo que se reconozca que nuestra civilización es heredera del mensaje del Evangelio, que nos ha llevado a la afirmación de los derechos individuales y al pensamiento de la Ilustración.

En la obra recuerda que España es «un país ancho, plural y diverso, una especie de continente en miniatura». ¿No sobrará diversidad y faltará proyecto común?

Oscurecida la idea de España como nación, los españoles y sus políticos de las últimas décadas han inventado una manera de comulgar más atractiva que la de las religiones o las ideologías: la exaltación regional, la resonancia folclórica, la búsqueda de hechos diferenciales. Por eso quise recorrer nuestros pueblos, ciudades y paisajes sin prejuicios identitarios.