Félix J. Palma, autor de «El abrazo del monstruo»
Félix J. Palma, autor de «El abrazo del monstruo»
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Félix J. Palma: «En el día a día, ejercemos un mal con minúscula»

Tras su exitosa «Trilogía victoriana», adscrita a la ciencia ficción, el escritor gaditano cambia de registro en «El abrazo del monstruo», un turbador y bien armado «thriller»

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Félix J. Palma (Sanlúcar de Barrameda, 1968) es escritor, profesor de escritura creativa y «coaching» literario. Comenzó su trayectoria en el ámbito del cuento con títulos como «El menor espectáculo del mundo». Ha publicado las novelas «La Hormiga que quiso ser Astronauta» y «Las corrientes oceánicas», que se alzó con el Premio Luis Berenguer. Con «El mapa del tiempo» obtuvo el Premio Ateneo de Sevilla 2008, primera entrega de su exitosa «Trilogía Victoriana», de ciencia ficción, completada con «El mapa del cielo» (2012) y «El mapa del caos» (2014). La «Trilogía victoriana», anclada en el «steampunk» y donde rinde homenaje a H. G. Welles, se ha publicado en más de una veintena de países y consiguió encaramarse en la lista de «best sellers» del «New York Times». En su última novela, «El abrazo del monstruo» (Destino) nos propone un desasosegante «thriller» en el que subyace la pregunta: ¿qué sería capaz de hacer para salvar a su hija?

¿Cómo se gestó «El abrazo del monstruo»?

Hay un juego que se usa mucho en los talleres literarios para vencer el bloqueo creativo que consiste en preguntarse: «¿Qué pasaría sí…?». Y en esos puntos suspensivos puedes poner cualquier cosa que se te ocurra. Es un juego que yo practico con mis alumnos, y también a solas, porque es una manera muy eficaz de encontrar ideas para novelas. Y así se me ocurrió esta: ¿Y si un escritor escribe una novela sobre un terrible psicópata con un malvado plan, que al final no puede completar porque la policía se lo impide, y escapa de su novela para terminarlo en la realidad, con el autor como víctima? Era una pregunta bastante interesante, pero todavía podía concretarla más: ¿Qué pasaría si un autor se hiciera famoso con una novela donde su protagonista tuviera que superar tres macabras pruebas para salvar a su hija y alguien decidiera llevar ese juego a la realidad con él y su propia hija como protagonistas?

Tras preguntarme eso, enseguida sentí un cosquilleo en el cerebro. Creí haber encontrado una semilla capaz de contener una novela muy potente. Solo era cuestión de regarla. Así que me puse a ello, explorando distintos caminos, hasta que encontré uno que me gustaba. Personalmente, este momento del proceso de creación, cuando la historia está en estado de cocción, un embrión de plastilina al que podemos dar la forma que queramos, es el que más disfruto. En ese estado la novela puede ser lo que nosotros deseemos. Solo hay que moldearla con paciencia y la mente abierta.

¿Lo calificaría como un «thriller» gótico?

La verdad es que no se me había ocurrido denominarlo así, aunque la etiqueta se ajusta bastante bien, porque hay cierta atmósfera siniestra sobrevolando toda la novela.

El «thriller» y el género de terror indagan sobre la maldad, pero quizá el primero resulte más inquietante al abordar el mal cometido por el ser humano, sin elementos sobrenaturales...

Sí, siempre es más turbador para el lector ver a un hombre ejerciendo la maldad que a una criatura fantástica, que por mucho miedo que dé, sabes que pertenece al mundo de la ficción. O deberías saberlo.

¿El hombre es un lobo para el hombre?

Cada vez que veo un telediario pienso que ese es el tema que subyace debajo. Y nunca deja de sorprenderme la imaginación del hombre para practicar la maldad.

«Mentiría si dijera que en Diego Arce no hay nada de Félix J. Palma?

¿Los peores monstruos son los que habitan dentro de nosotros?

Por supuesto. Todos llevamos un «monstruo» dentro. No digo que todo el mundo ejerza el Mal con mayúscula, pero sí que en nuestro día a día todos ejercemos «pequeñas maldades», un mal con minúscula, como de estar por casa. Ya sea por supervivencia, por falta de empatía, o por circunstancias, nos pasamos el tiempo lidiando contra ese «monstruo» interior, intentando no caer en «el lado oscuro», que diría Yoda.

¿Cuánto hay de Félix J. Palma en Diego Arce, el protagonista de la novela?

Mentiría si dijera que nada.

¿Qué característica esencial señalaría en Diego Arc?

Diego es un hombre temeroso, un hombre al que su hija ve como un héroe, y aunque él sabe que no lo es, finge serlo. Hasta que el Monstruo lo pone en la tesitura de tener que demostrarlo ante el mundo entero.

La primera parte se encabeza con una sugerente cita de Stephen King. ¿Ha sido uno de sus referentes?

Cuanto tropecé con la idea germinal supe que era algo que bien habría podido escribir Stephen King, por eso en la novela hay varios guiños a sus obras. Pero creo que más allá de esos guiños, está presente su esencia.

«Pierre Lamaitre me parece un maestro de la vuelta de tuerca. Sus novelas nunca decepcionan. Y en España también se está haciendo muy buen "thriller"»

Pierre Lamaitre, sin duda. Me parece un maestro de la vuelta de tuerca. Sus novelas nunca decepcionan. Y en España también se está haciendo muy buen «thriller». Ahí tenemos a Juan Gómez-Jurado o a César Pérez Gellida, ambos recomendables. Y si nos vamos a mi tierra, destacaría a Benito Olmo, que ha ambientado su saga policiaca nada menos que en Cádiz, demostrando que cualquier escenario vale para un «thriller» si el autor sabe cómo mirarlo.

¿En la relación de Diego Arce con su hermano, da una cierta vuelta de tuerca al mito de Caín y Abel?

Con la relación de Diego y su hermano quería demostrar que la sangre no une por defecto, sino las circunstancias.

A lo largo de la novela hay reflexiones sobre la creación, sobre la literatura. Por ejemplo sobre el requisito principal de una obra de ficción: entretener.

Siendo el protagonista un escritor, y el villano uno de sus personajes, no podía ser de otro modo. Los escritores tendemos a colocar a otros autores como protagonistas de nuestras novelas porque eso nos permite hablar de nuestras cuitas literarias. Además de que nos exime de tener que documentarnos sobre su trabajo, evidentemente. En cuanto a que el requisito principal de una novela sea entretener, es algo que subscribo al cien por cien. Como lector, me gustan los escritores cuya prosa me estimula. Pero es cierto que por muy bien que un autor escriba, si no logra entretenernos, acabaremos dejando su libro, o leyéndolo solo a ratos, cuando queramos disfrutar de su prosa.

«Subscribo al cien por cien que el requisito principal de una novela sea entretener»

También hay consideraciones sobre los «personajes llenos de aristas». ¿Cómo trabaja usted a los suyos?

Para mí crear personajes verosímiles es la parte más complicada de mi oficio. Durante los diez años que estuve escribiendo relatos es algo que no me preocupaba, ya que en el cuento tienes que tirar de estereotipos, pues no dispones de espacio para presentarlos debidamente. En la novela, por el contrario, los personajes son importantísimos, porque si el lector no los siente vivos y no empatiza con ellos, posiblemente pierda interés en sus aventuras, por muy emocionantes que sean. Yo intento, novela a novela, que mis personajes parezcan cada vez más vivos tratando de comprenderlos, predecir sus reacciones, adivinar sus deseos. No hay truco para esto. Es cuestion de empatía, en este caso, literaria.

¿Desde el principio tenía pensado quién era el «malo» o barajó varias posibilidades?

Lo tenía ideado desde el comienzo. Y poco más puedo decir sin incurrir en «spoilers».

El «malo» es fundamental, pues como dice Hitchcock en la cita de la segunda parte de su novela, «una película vale lo que vale su villano»...

Sin duda. El malo es la fuerza que se opone al héroe, quien traza su periplo, es quien, en definitiva, decide el argumento de la novela. Por tanto, cuando al fin aparece, debe estar a la altura de su plan.

«La verdad es que me costó mucho dejar de pensar como un cuentista y hacerlo como novelista»

Comenzó su carrera literaria con un libro de relatos. ¿Por qué decidió dar el salto a la novela?

Cuando empecé a escribir, tuve muy claro que quería pagar las facturas con mi pluma, y durante muchos años escribí relatos para certámenes literarios, porque estos me ofrecían un modo rápido de rentabilizar la escritura. Pero aunque el género me fascina, el cuento también tiene sus limitaciones, por eso, en cuanto dispuse de la suficiente bonanza económica como para poder embarcarme un par de años en una novela, no me lo pensé. Y la verdad es que me costó mucho dejar de pensar como un cuentista y hacerlo como novelista. Ahora, por el contrario, que llevo ya casi diez años escribiendo novelas, me pasaría lo contrario.

Usted es profesor de literatura creativa. Imagino que con más vocación que su personaje Diego Arce cuando ejerce como tal.

Sí, los talleres de escritura, y sobre todo las tutorías personalizadas, me resultan muy gratificantes. Es poner tu experiencia al servicio de alguien que, en muchos casos, lleva años con una novela dentro sin saber cómo plasmarla. Es ayudarle a conseguir que su sueño llegue a buen puerto. Por no hablar, además, de lo que yo mismo aprendo al ayudarles.

¿El escritor nace o se hace?

Todo oficio se puede aprender, y eso incluye la parte de «oficio» que tiene la escritura, los trucos del mago. Pero la escritura también tiene una parte de arte, de verdadera magia, y esa parte no se puede enseñar porque viene de fábrica. Es una cualidad intrínseca del individuo. Me atrevería a decir que el modo de expresarse sobre el papel es un rasgo más de su personalidad. Pero yo siempre rompo una lanza a favor de los talleres literarios, aunque sus detractores argumentan que no se puede enseñar a escribir. Estoy convencido de su utilidad, porque para quienes tienen talento son atajos que les permiten eclosionar antes como escritores, y para los que no, les sirven para aprender a expresarse correctamente, a mejorar dentro de sus posibilidades naturales.