Detalle de una obra de Juan Esplandiú, que fue portada de «Blanco y Negro»
ARTE

Esplandiú o los paisajes de la melancolía

Su devoción a la capital en su obra le valió el apelativo de «El Utrillo del Viejo Madrid». Juan Esplandiú fue un «tipo popular» y los numerosísimos fondos que de él atesora el Museo ABC dan cuenta de su versatilidad pictótica

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Sobre Juan Esplandiú (Madrid, 1901-1978) pesa la losa de considerarlo básicamente un ilustrador «madrileñista» del franquismo, categoría en la que le habría acompañado un dibujante como Eduardo Vicente, según esos estigmatizadores, y en la que le habrían antecedido, a decir de los mismos, creadores como José Robledano y Francisco Sancha, pese a que él fue el primero en combatir esa simplificadora etiquetación.

Hijo de un catalán y una soriana, nació en la calle Juan de Mena y, tras estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, fue pensionado en el monasterio de El Paular en 1924 y, al año siguiente, becado para ampliar sus estudios en París, donde se cocía en aquellos momentos la cristalización de las vanguardias. Y fueron los cinco años que residió en Francia los que forjaron un estilo que, desdeñando las apuestas plásticas más radicales, aunque no han faltado los que buscaron relacionarle con un picassianismo de primera hora, podríamos calificar de neoimpresionista.

De músicos y escritores

En ese tiempo de efervescencia, del que dio noticia «La Esfera» («¡Qué gran obra «El cabaret negro» de 1928!»), le vemos confraternizar con músicos como Manuel de Falla, para cuya representación en 1926 del «Retablo de Maese Pedro» en Ámsterdam haría los decorados; periodistas como Julio Camba; cineastas como Buñuel, al que sirve como actor en 1930 en «La edad de oro»; bailaores como Vicente Escudero; y, sobre todo, pintores, como Pancho Cossío, su gran amigo de esos días (quien señalaría que sus dibujos tenían carácter), o Dalí, Max Ernst, Bores, Lagar, Parra, Peinado… E incluso alzarse, recién instalado en la ciudad del Sena, con la Medalla de París.

De la contienda fratricida que fue la Guerra civil salió convertido en una persona distinta

Con todo ese legado, a su regreso a Madrid en 1930, aunque antes ya había enseñado su obra parisina en los salones del Heraldo, Esplandiú aportaría un toque de modernidad a sus colaboraciones en publicaciones como ABC, «Gente Menuda» o «Blanco y Negro», pero también en «Buen Humor», «Nuevo Mundo», «Alfar», «Ciudad» o «Nueva España», y en algún mural, como el que pinta en 1934 para el parador de Aranda de Duero, construido por sus amigos de tertulia Carlos Arniches y Martín Domínguez. Porque hay que señalar que, para él, la tertulia -entonces concretada en espacios como la taberna Arrumbambaya, en la calle Libertad, o la cafetería de La Granja del Henar, en la de Alcalá- aparece ya como una prolongación de su trabajo en el estudio (estudio que compartió unos años con Carlos Saenz de Tejada).

Pasó la Guerra Civil en Madrid, realizando trabajos de propaganda, pero su condición de hombre moderado -y enemigo de extremismos- lo alejó, al término de la misma, de cualquier clase de represalia. Sin embargo, de aquella contienda fratricida salió convertido en una persona distinta que, pese a no haber perdido el fino humor que siempre le caracterizó, le introdujo en una melancolía que traslucirían sus trabajos tanto para Prensa Española (el Museo ABC conserva 660 obras del antes y el después de esa cesura), como para «Mundo Hispánico», «Villa de Madrid», o la editorial Edaf, teñidos ahora de un lirismo evocador de un pasado detenido en su progreso. «El tiempo implacable va a borrarlo todo - le diría a José María Alfaro-. Yo todo esto lo he presentido y me propuse dejarlo perpetuado desde hace muchos años».

Es entonces cuando empieza con ahínco a recorrer su ciudad de punta a punta persiguiendo el alma de la misma, que plasma sobre todo en excelentes acuarelas, ambientadas a menudo en un pretérito que para él sigue formando parte del presente, una intrahistoria de la urbe sobre la que conversa hasta altas horas con sus amigos (Cristino Mallo, Eduardo Vicente, Pedro Bueno, Paco Arias…) en una tertulia del Café Gijón a la que a veces acude acompañado de su pequeña sobrina Aurora, para la que es todo un padre.

Cierto extrañamiento

Ni la concesión del Premio Nacional de Pintura en 1957 por su obra «Carnaval en Recoletos», ni las muchas exposiciones que realiza a partir de 1945 -con individual en el Museo de Arte Moderno-, y hasta poco antes de su muerte, logran paliar del todo la sensación de extrañamiento que le invade y que le hará un dibujante idóneo, eso sí, para iluminar obras como la trilogía «La lucha por la vida», de Baroja; «Las calles de Madrid», de Pedro de Répide, o «Madrid», de Camilo José Cela, quien llega a decir de él que «pinta como Baroja escribía: con cauta sencillez». «¿Como escribía Baroja?», me pregunto. No. En todo caso, como señalaba Enrique Azcoaga, y ya puestos a buscarle un alma literaria, «como escribía Galdós», me digo a mí mismo.

Y, si bien Juanito Esplandiú, como siempre le llamaron sus amigos, dedicó un amplio repertorio a la capital en sus más de mil cuadros y diez mil dibujos, que le valieron el apodo de «el Utrillo del viejo Madrid», cometeríamos un error, como decía al principio, al verlo como un simple dibujante costumbrista, lo que desmienten los fondos del Museo ABC. Y es que, todo su quehacer, incluida esa relación afectiva con este gran pueblón manchego capital de las Españas, fue una suerte de pacto con la vida sencilla y los tipos populares que la ejemplifican sin la menor estridencia.