«El abrazo» (1976), de Juan Genovés
«El abrazo» (1976), de Juan Genovés
ARTE

El espectro familiar de la Transición

Coincidiendo con el 40 aniversario de la Constitución, el Museo Reina Sofía relee las décadas de los setenta y ochenta desde sus fondos y expone sus obras en el Congreso y el Senado

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En los últimos años, con las tempestades indignadas aplacándose o, peor, cuando los «líderes de la nueva política» están apalancados en el confort parlamentario, se ha escenificado una suerte de «juicio sumario» contra la llamada «Cultura de la Transición», para lo que ha sido necesario dibujar con trazo grueso un «fantasma primordial». Los años setenta y ochenta no serían para ciertos historiadores culturales otra cosa que el cimiento de los comportamientos cínicos, el momento fundacional de la política del pelotazo, cuando no la estricta encarnación de todos los males que supuso la instauración de un canon, inevitablemente decadente, despolitizado y hasta hortera, que negaba las prácticas artísticas en las que latía el impulso crítico. El debate, excepcionalmente revisionista, sobre las últimas décadas del siglo XX en España está marcado por el signo editorial de los desacuerdos.

La exposición Poéticas de la democracia. Imágenes y contraimágenes de la Transición es sintomática desde la propia «imagen promocional»: un fotograma de La cabina, de Antonio Mercero (1972), en lúcida alusión a la condición claustrofóbica de un espacio pretendidamente útil para la comunicación. El MNCARS pone el acento «en lo participativo, reivindicativo y colectivo», dando visibilidad a prácticas culturales que pretendieron «subvertir el orden franquista y los diseños institucionales que tratan de heredarlo».

Uno de los acontecimientos cruciales de este periodo fue la Bienal de Venecia de 1976, en la que la exposición España.Vanguardia artística y realidad social (1936-1976), de una comisión que capitaneaban Tomàs Llorens y Valeriano Bozal, venía a poner de relieve el arte anti-franquista. La llamada «Bienal Roja» acogió desde las vanguardias que ocuparon el Pabellón de la República en la Exposición Universal de París de 1937 -con el icono del Guernica como obra destinada a ser «mítica»-, hasta los comportamientos conceptuales setenteros. No faltaron las críticas ante lo que algunos consideraron una fraudulenta lectura del antagonismo en tiempos de la dictadura, cuando bastantes «artistas antifranquistas» fueron o estrictos colaboracionistas o descarados oportunistas. La situación fue tan tensa que incluso se invitó a Alberti, José M. Moreno Galván y Vicente Aguilera Cerni a que hicieran la propuesta de una exposición paralela que, finalmente, no se materializó.

Labor de archivo

La reconstrucción pulcrísima que se hace de la sala de esa Bienal, con piezas imponentes de Arroyo, Ibarrola, Saura o Equipo Crónica, da cuenta de la impecable labor de documentación de los comisarios. Cartas, fotos, carteles, imágenes del montaje... Nada falta para comprender qué supuso esa muestra, que vino a desplegarse justamente cuando fallece el dictador. Tras atravesar el diálogo entre la pintura de Tàpies y la de Gordillo, y revisar las portadas de Franco en ABC que Alberto Corazón seleccionó, se accede a una perspectiva de lo que acontecía en «la calle», esto es, manifestaciones contraculturales que van desde el feminismo (en revistas cruciales como Vindicación feminista) a la antipsiquiatría; de las actividades de cine militante a las del Colectivo Lavapiés; de la agitación de bares como La Vaquería a las piezas de Ceesepe en las que queda el rastro de un tiroteo ejecutado por fascistas en las manifestaciones libertarias.

La noche nos confunde

Un intermedio «vampírico», donde se muestra la película Entre tinieblas junto a unos cuadros del primer Víctor Mira o el libro Empalador, de Eduardo Haro Ibars, nos recuerda que la noche y la fiesta también encadenó y destruyó a algunos, en un cóctel de drogas y desesperación. Leopoldo María Panero recordaba a Allen Ginsberg al decir en la película de Ricardo FrancoDespués de tantos años (1994) que había visto a los mejores miembros de su generación «destruidos por la locura».

En el Congreso y el Senado se han instalado una serie de obras de las colecciones del Reina Sofía bajo el título de El poder del arte. Entre los 42 artistas seleccionados, destacaré las piezas de Juan Luis Moraza, la foto de las manos sucias de Ignasi Aballí, la construcción cuasi-ruinosa de Cristina Iglesias, los textos autocensurados de Concha Jerez, las imponentes esculturas de Francisco Leiro o el inmenso cuadro de Antón Lamazares. Los representantes políticos españoles se encontrarán por las salas y pasillos de los espacios en los que tendrían que trabajar con instalaciones que tal vez les interpelen o desconcierten, como el vídeo de Cabello+Carceller comiendo «bollos»; la señalética críptica de Rogelio López Cuenca; la performance textual de Dora García o los vídeos de carácter crítico-feminista de María Ruido e Itziar Okariz. Tal vez algunos rememoren, gracias a las imágenes de Juan Genovés, los tiempos en los que corrían delante de «los grises» o incluso fantaseen, ante las fotos de Miguel Trillo o García-Alix con las cosas divertidas que se perdieron.

Estas oportunas revisiones del imaginario de la Transición nos dejan en la antesala de la Movida, aquella eclosión «retro-pop» que fue apadrinada por Tierno Galván, «el viejo profesor», que en un delirio incitó a los jóvenes a «colocarse». Algunos tomaron la vía de los «paraísos artificiales» con final de pesadilla y otros buscaron acomodo en poltronas de todo signo (basta ver las fotos de Schommer de los líderes de los partidos políticos de la época: los del PSOE con capotes taurinos; el PCE en plan pensadores; UCD tendiendo una mano imperiosa y Alianza Popular con espadas cuasi-medievales); figurantes culturales que fueron flagelados por Sánchez Ferlosio en un artículo crucial titulado «La cultura, ese invento del gobierno» (1984). La foto de Colita con los manifestantes pro-amnistía en Barcelona doblando una esquina presidida por el cartel de «Coca-Cola» encarna a la perfección una época que «consumió» muchas esperanzas y que todavía aún nos inquieta como un espectro familiar.