Juego de espejos en el estudio de Patricia Mateo y José Luis López del Moral (a la derecha de la imagen) - I. Permuy
De puertas Adentro

El espacio expansivo y mutante de Patricia Mateo y José Luis López del Moral

Cuando cada uno de ellos está concentrado en su labor, el taller compartido de Mateo y López del Moral, en Carabanchel, se llama 4.7. Ahora, si sus creatividades se fusionan, entonces todo aquello se transforma en el espacio de FueradCarta

MadridActualizado:

Nos hemos acostumbrado –y más en Carabanchel– a dejar de pensar que los estudios de los artistas son aquellos espacios sacralizados en los que trabaja un único autor. De hecho, en este barrio, en el que uno pega una patada a una piedra y surgen doscientos talleres (consecuencia de la crisis, que dejó en la ruina a suficientes negocios, cuyos espacios pudieron ser alquilados por creadores de los más variados pelajes por sus todavía no abusivos precios), lo normal, en cambio, es dar con espacios ocupados por más de un artista, lo que les da vidilla y personalidades muy específicas, algunos incluso con su propio nombre, en forma de marca, algo que supera y aúna las individuales de sus integrantes.

«Veganos, bienvenidos»

Lo que ya no es tan común es que un taller mute en otro en función del día, o de la hora del día. No se si me explico. Lo intento: 4.7 comenzó acogiendo a tres autores: Luis Pérez Calvo, el pintor ilustrador; José Luis López del Moral, que también en función del momento, se transforma como este lugar y se define como fotógrafo, como pintor, como dibujante («creador al fin y al cabo», resume); y Patricia Mateo, la «pintora pintora», como ella dice, «con todo lo que aquello conlleva». Hoy, tres dibujos como los de los bares de barrio de toda la vida con los que estos ofrecían su «carta» desde sus amplios ventanales –aquí, ahora, sobre el cristal de la puerta de la cocina– se muestran como sus alter egos, sus propios «emojis» castizos. Toda una declaración de intenciones de este lugar en sus primeros pasos de andadura: «Morcillas de Burgos», por Pérez Calvo; «Callos a la madrileña», en honor de Patricia; «Zarajos de Cuenca», los que sienta a la mesa López del Moral. Bromista como es éste último, puntualiza: «De todas formas, los veganos son bienvenidos. Barajamos también el nombre de Tendido 7, pero iba a ser todo “muy” demasiado».

Patricia Mateo delante de su «Última cena»
Patricia Mateo delante de su «Última cena» - I. Permuy

El caso es que, fue a la salida de Pérez Calvo, cuando 4.7 –en alusión al piso en el que se sitúa este taller, y el número de nave que ocupa– comenzó a pensarse como otra cosa: «Éste es hoy mi estudio y el de Patricia. En él realizamos cada uno nuestro trabajo. Sin embargo, fue al quedarnos solos cuando nos planteamos lo de convertirnos también en un colectivo. Y así nació FueradCarta», nos detallan.

Hoy no es difícil distinguir –o sí: depende de lo expansivo que esté ese día José Luis– las áreas en las que se mueven el uno y el otro. No ven vano, una especie de pared «vidriada» separa el lugar cerca de la cocina en el que pinta Patricia y el resto de la habitación, que también ocupa ella con una mesa (pero muy al fondo), y en la que se mueve a gusto López del Moral, disponiéndolo todo sobre dos mesas que siempre se quedan cortas. Sin embargo, cuando éste último hace volar un apunte, una idea, una obra inacabada por esa ventana-contenedor-muralla-frontera que les mencionaba, aquello dejan de ser los estudios individuales de Mateo y Del Moral para transformarse en el espacio de FueradCarta. Así de sencillo.

Para los integrantes de FueradCarta, un estudio ha de ser un lugar accesible, que sirva para darnos a conocer y para conocer. «Habría sido buena idea haber puesto una cámara a la entrada que tomara una foto diaria de todo lo que aquí ha acontecido»

«Como dice el amigo Julio Falagán –uno de esos artistas que cuentan con su estudio por la zona–, el área de Patricia está “para entrar a vivir”», señala López del Moral. «El problema –le responde ella– es que a él tienes que contenerlo en la caja como a los leones. Superficie que ve, superficie que ocupa. Empezamos a compartir el espacio juntos, pero llegó un momento en que tuvimos que separarnos. Ahora su espacio es más grande, donde puede tenerlo todo tirado por el suelo, mientras yo me quedo del otro lado, donde todo está más ordenado. Si en un momento dado llega alguien, solo tienes que cerrar la puerta para que no vea cómo lo tiene todo empantanado». Aún así, Mateo no se queda del todo sola en su «rincón». Una de sus obras, pintada sobre un espejo, recrea una «última cena» de otros tantos amigos artistas ( Ismael Delarge, Raúl García Collado, David Ortega, Dafne Artigot...). Les contaré un secreto: si usted acerca una mesa a esa pared, el trampantojo resultante da la sensación de que comparte velada con ellos.

Porque, en definitiva, ellos son de los que piensan que un estudio debe ser algo en continuo movimiento: «Un lugar accesible, que sirva para darnos a conocer y para conocer. Habría sido buena idea haber puesto una cámara de fotos a la entrada que tomara una foto diaria de todo lo que aquí ha acontecido. Ni nosotros mismos nos lo creeríamos».

Entrada al estudio, con las publicaciones de FueradCarta
Entrada al estudio, con las publicaciones de FueradCarta - I. Permuy

A la entrada, hoy, no está esa cámara, sino los libros de artista que, como editorial, FueradCarta ha editado en sus dos años de existencia: ejemplares de autores como Eugenio Merino, Óscar Seco, Estefanía Martín Sáenz, «y nombres que no podemos decir para no hacer “spoilers“ de lo que viene», apostilla López del Moral. A su lado, custodiándolos, algunos de los retratos de Patricia Mateo, a quien le gusta hacerle cosquillas a los clásicos «tunenado» sus escenas (allí tenemos, paritarios, a una duquesa de Alba de Goya usando su perrito como yo-yo, y al caballero de la mano en el pecho de El Greco haciéndose un selfie con el móvil, con Toledo de fondo). Práctica que repite con las postales de recuerdo de los museos («llevo años dedicándome a la pintura y ahora soy conocida por esto, algo que empecé a hacer para descansar del lienzo, como un entretenimiento», se queja entre risas).

Unas vistas que alcanzan hasta la Gran Vía

FueradCarta, o 4.7 –o el taller de Mateo y López del Moral, no importa cómo lo queramos llamar–, fue en el pasado un departamento de una imprenta, junto a otros seis más. Este es el séptimo, el que se recuerda en uno de sus nombres. «En el conjunto, esto era un loft, ideal para nuestra idea de estudio como ámbito de encuentro, con una buena cocina, un baño y unas vistas espléndidas que alcanzan hasta la Gran Vía. Lo nuestro con este espacio fue amor a primera vista. Vimos más, pero yo –es José Luis el que habla– me encabezoné con esto. Tiene una luz increíble».

Detalle de los montones en la mesa de José Luis López del Moral
Detalle de los montones en la mesa de José Luis López del Moral - I. Permuy

Traspasado el umbral de la segunda puerta, la que separa los dominios de uno y otro creador, comienzan a vislumbrarse las acumulaciones del miembro masculino del colectivo. «Soy piscis y, por ello, también de desorden mental; algo esquizofrénico. Con un trastorno de déficit de atención que suplo metiéndome a currar a saco dos horas en lo mismo, pero enseguida cambio. Paso de estar trabajando con las transferencias aquí, a dedicarme a acabar una obra grande más allá o a dibujar en este otro lado... Pero nada es caótico en lo que hago. Todo está muy planeado. De hecho, todo está bien apuntado en alguna de mis miles de libretas. Soy muy de montar tinglados en espacios pequeñitos», afirma.

Todo eso se transforma en montañas hasta que –reconoce– llega Patricia. «Entonces lo clasifico todo otra vez y me pongo a otra cosa. Pero soy muy de “tesoritos”, de encontrarme de repente bajo todo esto una caja de lápices de colores que perdí hace años y que ahora tengo duplicada porque volvía a comprar. La rama expresionista de mi trabajo tiene que ver con este caos».

«Yo no compartiría estudio con cualquiera –anuncia Patricia–. Pero con José Luis es diferente, aunque cuando nos conocimos fue pero que muy borde. Y no es que no tengamos problemas, es que nos potenciamos juntos»

Mateo define el trabajo de su compañero como «una novela de Vargas Llosa, donde los capítulos no parecen tener mucho sentido, hasta que llegas al final». Del Moral ha vuelto a la pintura, pero durante mucho tiempo su fijación estuvo en la fotografía. Por ello, más allá de este espacio, o el que conserva en Cuenca, entendía su teléfono móvil como su verdadero taller. Aunque desorden puede hacernos pensar en ruido (no me pregunten por qué), los responsables de FueradCarta nos corrigen y nos confiesan que este suele ser un lugar en el que se trabaja en silencio («Hasta que a Patricia le da por Toni Zenet y se acabó lo que se daba, porque le gusta cantar en voz alta»).

Aquí –confiesan– son de llegar pronto, pero también son mucho de vermut, luego la pausa hasta la una es sagrada. Posiblemente darán las nueve y media y seguirán trabajando. Y no importa que sea lunes o domingo. De hecho, les gusta incluso hacerlo más en esos días en los que la ciudad descansa y las distracciones son menores. «Hay gente que viene a veces y se sorprende de que estemos trabajando. Nosotros, mientras tanto, seguimos a lo nuestro. En mi caso –apunta José Luis– siempre tengo la sensación de que mañana no voy a poder hacer esto mismo, y como además me gusta lo que hago, amortizo bien el estudio».

López del Moral en una de sus mesas
López del Moral en una de sus mesas - I. Permuy

Y es cierto que esta pareja no para: Como colectivo, acaban de clausuras exposición, con fotos de Del Moral intervenidas por Mateo, en Salamanca, después de pasar por Mallorca y otros destinos. Anteriormente, en Genalguacil, el ejercicio fue al revés, con fotos de ella que se complementaban con los dibujos de él. Ahora se preparan para presentar FueradCarta y sus libros en JustMad, la que será su «primera feria de postín». También han comisariado un proyecto como Gabinete de Resistencia, junto a otros compañeros de generación, y que en primavera podría tener segunda edición. Hacen un buen tándem.

«Yo no compartiría estudio con cualquiera –persevera Patricia–. Pero con José Luis es diferente, aunque cuando nos conocimos fue pero que muy borde. Lo que ocurre es que yo soy de dar segundas oportunidades. Y no es que no tengamos problemas, es que nos potenciamos juntos». «Tiene razón –agrega él–. El nivel de confianza es tal que si haces un cagarro está el otro para abrirte los ojos. Además, este es un estudio de dos. Si fueramos ocho tienes que compartimentar en algún momento para trabajar de verdad, y es imposible, aunque intercambies pareceres con los otros, llegar al nivel de complicidad con todos como el que tenemos nosotros».

El «efecto llamada»

Reconocen nuestros anfitriones que ellos llegaron al barrio en un «efecto llamada». Ahora comparten espacio una planta una planta por encima de Carlos Cartaxo, muy cerca de Falagán y a tres calles de Eduardo Barco, por poner muy pocos ejemplos. «Tenemos buena relación con la zona. Hemos participado en las dos ediciones de Artbanchel. Y es bueno tener conexión con otros artistas, sobre todo si quieres atraer gente a lo tuyo. Siempre es más fácil que vengan a verte si vienen a visitar a otros que si te tienen que trasladarse para verte a ti solo», argumenta Patricia. José Luis matiza sus palabras: «No interesa tanto hacer barrio como hacer piña. Carabanchel, como lo es Vicálvaro, donde yo vivo, son mundos dentro de otros mundos. Yo no pretendo ofrecerle nada a éste. Trabajo aquí y obviamente consumo y compro aquí. A mí me provocan más las sinergias que se crean con otros artistas, que sí que se están funcionando».

Detalle de algunas de las obras de los artistas en los rincones del estudio
Detalle de algunas de las obras de los artistas en los rincones del estudio - I. Permuy

Patricia Mateo no se recuerda en ningún momento de su biografía si no es dibujando. Tampoco José Luis López del Moral: «Yo me meti a artista para ligar. Me equivoqué con las pelis que vi y que me metieron esa idea en la cabeza. Ya podía haber visto antes “El loco del pelo rojo”», bromea. Nuestra fotógrafo le corrige y le dice que lo suyo era hacerse con una buena guitarra. «Tampoco –espeta Mateo–: chico que baila, chico que conquista». Seguro que aquí más de uno se ha dado sus buenos bailes...

«Soy muy de “tesoritos”, de encontrarme de repente bajo todo esto una caja de lápices de colores que perdí hace años y que ahora tengo duplicada porque volvía a comprar», confiesa López del Moral

Y aquí seguirán estos dos locos maravillosos bailando el uno al son del otro durante algún tiempo más. «Sí. ¡Sobre todo si no se crean las residencias de artistas para ancianos!», grita él. «Estudio es cualquier lugar en el que te sientas bien. Yo soy muy de vivir el momento, de esperar a que unas cosas me lleven a otras –explica Patricia–. Si lo pienso, me daría pena dejar este sitio, pero si surge la posibilidad de irse a algo mejor tampoco la rechazaré». De momento, tenemos nuestra casa en 4.7. O en FueradCarta. O donde quiera que nos convoquen Mateo y López del Moral.

Detalle de la pared que separa los espacios de Mateo y López del Moral
Detalle de la pared que separa los espacios de Mateo y López del Moral - I. Permuy