El escritor Enrique Llamas
El escritor Enrique Llamas - PABLO A. MENDIVIL
Darán Que Hablar

Enrique Llamas: «Somos seres maravillosos para muchas cosas, pero despreciables en muchas otras»

Con referentes como Miguel Delibes, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, su primera novela, «Los caín», es un thriller rural de los que dejan huella

MadridActualizado:

¿Cuáles son tus intereses como escritor?

Como escritor que acaba de publicar y que está hablando de su primera novela el interés es redundante: llegar al lector. Como escritor que escribe creo que el interés también es redundante: explicarte algo que no logras entender con la realidad. No sé hasta que punto se llega a puerto alguno si uno habla de su novela publicada pensando en entender algo o si uno escribe pensando en el lector. No lo sé, pero para mi no valdría.

¿Y como lector?

Lo mejor que le puede pasar a un lector es verse obligado a subrayar frases, marcar páginas, identificarse con los personajes y a la vez abstraerse, que desaparezca tu contexto y acabar metido de lleno en unas páginas que se despliegan como un mundo. La sensación más satisfactoria es volver a esas páginas tiempo después y comprobar cómo ha cambiado tu manera de percibir esa historia, cómo te reconoces de otra forma y comprobar que esas páginas pueden volver a cambiar tu actitud ante la vida.

¿Sobre qué temas sueles escribir?

Con «Los Caín» (AdN) el tema fundamental es la maldad, pero lo utilizo para hablar de temas que parecen más tangenciales y que me he ido encontrando fuera de las páginas de los libros. Lo que hago es meter estos temas en la literatura, pero para poder entenderlos, más que para reflejarlos. Está la lucha de clases –mostrada no tanto desde un movimiento sindical sino desde la frustración que tenemos los que en algún momento creímos en la meritocracia–, está el desamparo, la entrada a la edad adulta de una forma que no imaginas para descubrir que ser adulto es otra cosa… y está el crimen, lo insondable de determinados comportamientos humanos que se muestran en el crimen. Somos seres maravillosos para muchas cosas, pero despreciables en muchas otras. Ana María Matute decía que los más admirables eran los perros, y creo que tenía mucha razón.

¿Dónde has publicado hasta el momento?

Mi primera novela la ha publicado AdN (Alianza de Novelas), con lo cual he tenido la suerte de tener el respaldo de Anaya, el cobijo de Alianza y a Fernando Paz como editor, que ha apostado por «Los Caín» cimentándose en su pasión por mi texto. Eso sin hablar de los maravillosos compañeros «de reparto» que tengo: Sebastian Barry, Tana French, Michael Connelly… Antes de esto escribí relatos sueltos, alguno de ellos se pueden encontrar en la Red.

¿Con cuáles de tus «criaturas» te quedas?

Diría muchas… Héctor Cruz, el protagonista, que tiene mucho de mi padre y algo de mí, o las oscuras hermanas Josefina y Elvira, que hubieran sido distintas en otro contexto. Pero creo que, si tuviera que acoger a uno, probablemente ese sería Miquel Colomer, un niño ajeno al pueblo donde le ha tocado vivir. Él es el personaje que justifica el trabajo de mi protagonista, que piensa que por tener un solo alumno como Miquel merece la pena dedicarse a la enseñanza. Y eso es muy bonito para los dos: maestro y alumno.

Supiste que te dedicarías a esto desde el momento en que…

Es algo muy difícil de determinar… ¿cuándo supe que escribiría? No lo sé, de una forma u otra lo llevas dentro. Para mí la escritura es una forma de entender la realidad, de explicarte a ti mismo lo que de otra manera no tendría sentido. Escribir es rellenar huecos con la imaginación, es una forma de pensar, igual que hay personas con memoria fotográfica o pensamiento numérico… Está ahí. Si tuviera que concretar podría ponerte de ejemplo una de mis primeras lecturas fundacionales: «Caperucita en Manhattan», de Carmen Martín Gaite; la leí con nueve años y fue una de las primeras veces que pensé: «Esto lo querría haber escrito yo». En esa frase está quizá el momento fundacional del escritor y, afortunadamente, se repite de cuando en cuando en mi recorrido como lector.

¿Cómo te mueves en redes sociales?

Depende de la red. Sí hay una máxima importante, en la que creo y que me repito cada vez que siento el impulso de opinar: las redes sociales nos hacen creer que nuestra opinión desinformada vale lo mismo que la de nuestro interlocutor informado. Y eso es falso y peligroso. Teniendo en cuenta esta afirmación, uno lleva la cautela por bandera; mil veces he escrito algo que después he borrado. Twitter me parece temerario en este sentido, y Facebook ahora lo uso como espejo de Instagram, que es mi favorita, aunque es muy necesario desconectar de ella. También siento cierto miedo, porque en redes sigues solo lo que te interesa; esto parece baladí pero no lo es, porque puede hacerte pensar que lo que te interesa es lo único que existe.

¿Qué perfiles tienes?

Tengo Twitter, Facebook e Instagram (@enriquegllamas), que es la red por la que es más fácil contactar conmigo, porque me encanta y me parece de gran utilidad, aunque siempre con mesura. Tuve en algún momento una cuenta de Pinterest donde guardaba imágenes del Hollywood de los años cincuenta, mi favorito. Supongo que por ahí seguirá.

¿Cuentas con un blog personal?

Lo tuve, pero ya olvidado y en desuso. Un blog conlleva ser constante y hoy en día mi escritura y mi trabajo se llevan toda mi constancia. La constancia, como la paciencia, tiene un límite.

¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practicas?

He organizado (y organizo) encuentros literarios de autores con estudiantes universitarios en el Colegio Mayor Isabel de España (Madrid), donde viví y me formé cuando estudié la carrera. Ahí aprendí, en cabeza ajena, que los lectores hay que ganarlos uno a uno.

¿Formas parte de algún colectivo/asociación/club?

No. Aunque tengo amistades en el mundo literario. Es un privilegio que algunos autores se conviertan en amigos, porque cuando lees sus obras nuevas o relees las viejas es como si te las leyeran al oído.

¿En qué estás trabajando ahora?

Justamente ahora en nada, porque hablar de «Los Caín» me llevaría a mezclar esta novela con mi nuevo proyecto. Pero sí, tengo una estructura clara, y una historia clara que no tardando empezará a brotar de un boli bic negro. La mitad de la tinta de este boli bic muy probablemente quede destinada para tachones.

¿Cuáles son tus referentes?

Miguel Delibes por delante de todos ellos. Mi recorrido como lector ha quedado determinado por su obra, por el carácter que transmitía en su prosa, tan pulida. Fundamentales son Martín Gaite o Ana María Matute, pero por lo general casi toda esa generación: Martín Santos, Josefina e Ignacio Aldecoa… bordearon la censura gracias a su capacidad de poner un espejo delante de lo que querían retratar. Es una generación que me ha empapado para siempre, y no hay manera de secarse…

¿Y a qué otros colegas de generación (o no) destacarías?

Estrictamente de mi generación tenemos a Luis Roso, también con muy clara influencia de Delibes, y con su inspector Trevejo a la cabeza. También Laura Gomara, que ha tenido la valentía de retratar en «Vienen mal dadas» la situación tan crítica que ha vivido mi generación.Y no puedo dejar de mencionar a Juan Gómez Bárcena: tiene una prosa absolutamente magnífica, evocadora y poderosísima. Leer a Gómez Bárcena es como bailar.

¿Qué es lo que aportas a un ámbito tan saturado como el literario?

Dudo mucho que haya nada nuevo que contar. Ignacio del Valle me enseñó que todo está contado, que sólo puede cambiar la forma de hacerlo. Quizá aporte una reivindicación de la generación de los cincuenta con un prisma actual… No lo sé, cualquier respuesta puede parecer pretenciosa cuando uno intenta hacer pasar un rato entretenido al lector, y a poder ser que éste subraye un poco o marque alguna página con la que haya disfrutado.

¿Qué es lo más raro que has tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

Afortunadamente, tengo un trabajo que me permite vivir y dedicarme a escribir sin ataduras. Creo que lo más raro son determinados momentos del proceso de documentación, cuando uno se encuentra preguntando, por ejemplo, cuánto tarda un congelador de un laboratorio en producir escarcha, o cuánto tarda en coagularse la sangre de un ciervo muerto. La gente te mira raro y piensan que tienes algún problema. Y sí, lo tengo: que no entiendo la realidad, que necesito la ficción para entenderla.