Arriba, de izquierda a derecha, Spínola, Torres y Sinaga. Sentado, Miguel Marina
Arriba, de izquierda a derecha, Spínola, Torres y Sinaga. Sentado, Miguel Marina - MAYA BALANYA
ARTE

El encuentro entre generaciones de «Apertura»

Apertura, la feria de las galerías de Madrid, nos permite entrar en contacto con diferentes generaciones de artistas españoles. Francesc Torres y Fernando Sinaga pertenecen a las decanas. Julia Spínola y Miguel Marina, a las más jóvenes. Con ellos hemos charlado sobre el arte y la actividad artística, hoy y ayer

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Apertura, la fiesta de las galerías madrileñas, cumple diez años. Más de 50 firmas inauguran sus exposiciones en conjunto, lo que nos pone en contacto con los artistas nacionales e internacionales más variados.

Nosotros hemos puesto a funcionar el algoritmo para «discriminar» a cuatro de ellos: decanos de esta edición -Francesc Torres (1948) y Fernando Sinaga (1951)- y los más jóvenes -Julia Spínola (1979) y Miguel Marina 1989)-. Cuarenta años les separa: ¿Mucho ha cambiado el mundo del arte en ese tiempo? Así lo ven ellos.

¿Los veteranos son referentes para los jóvenes?

J. S.: He estado pensando mucho sobre esto para mi proyecto de Apertura. He tenido varias «compañías» a la hora de hacer mi exposición, «compañías coraje», como Susana Solano. Sí.

M. M.: Mis referentes son cada vez más nacionales y de generaciones superiores; los artistas de treinta y muchos, con los que me identifico, que luego he conocido: Jacobo Castellano, Kiko Pérez, la propia Julia... Cada vez reivindico esto con más orgullo y más sosiego.

Para los veteranos, ¿la relación con los jóvenes la tienen solo a partir de la docencia?

F. S.: Yo estoy «condenado» a relacionarme con esas generaciones, incluso más jóvenes. Estoy continuamente midiéndoles el pulso, los problemas con los que se enfrentan. Quizás la de Julia o Miguel me queda entre medias, pero muchos de sus integrantes son ya profesores, se ha incorporado con nosotros. Luego, por ser profesor, te toca estar en tribunales, en becas...

F. T.: La docencia para mí es algo más esporádico. No tengo una posición de docente en una escuela de bellas artes, pero hago muchos talleres. Siempre hay sorpresas buenísimas de gente joven que no conocías. Yo he ido bastante por libre, y de quien realmente aprendes es de tus colegas. No hay escuela que valga: los que te enseñan son tus compañeros; primero, los mayores, después los jóvenes.

Francesc Torres: «Si competimos con la ciencia vamos a perder. Lo que hay que hacer es acordarnos de lo que hemos sido»

Ustedes, ¿por qué se hicieron artistas?

J. S.: He estado haciendo una lista en referencia a esto, a qué o a quiénes debo estar aún haciendo lo que hago. Y es larga. Pero algo que lo une todo es una idea de felicidad.

F. T.: En mi caso fue por inercia. Mi padre era dibujante de publicidad, antes del diseño gráfico. Hablo de 1954, en plena autarquía, cuando aquí no llegaba nada y él conseguía regularmente números del Saturday Evening Post o Look. Yo miraba aquello y me parecía una cosa maravillosa, de otra galaxia. El relacionarme con el mundo de la imagen viene de aquí. Yo quería esa felicidad de la que habla Julia. Y, entonces, se produjo el milagro, contemplando un ejemplar de La gaceta ilustrada en el que aparecía Kowalski.

F. S.: Yo llego al arte, no por cuestiones educativas o culturales. Entre los 9 y los 10, experimenté ya una actitud compulsiva a hacer cosas. Con 10 años muere mi madre, y eso me crea una especie de burbuja, de abandono radical. En esa situación, cada vez trabajo más con las manos. Es algo que me lleva a Duchamp cuando dice que el arte es el hacer.

M. M.: Es algo que me picó de pequeñito. Empezó como un juego. Tampoco era un gran estudiante... Ha sido un poco la cabezonería, porque las señales no indicaban que ese fuese el camino correcto: en Selectividad suspendí dibujo técnico, y no superé la primera prueba de acceso a Bellas Artes. Son los compañeros de la facultad en los que estaba la pulsión.

J. S.: Quizá porque acabo de cumplir 40, ahora la pregunta no está tanto por qué soy artista, sino por qué sigo siéndolo.

Fernando Sinaga: «Los currícula de los artistas jóvenes son atómicos. ¿Cuándo habéis tenido tiempo para hacer arte?»

Hablábamos de 40 años que les separan. ¿Ha cambiado la definición de arte en estas cuatro décadas?

F. T.: Depende de dónde lo has vivido. Mi Nueva York de los años sesenta no tenía nada que ver con el de ahora. Ahora es una ciudad diseñada para millonarios, pero entonces se estaba cayendo a pedazos. Fue un momento absolutamente irrepetible: no únicamente la energía que había, sino la facilidad con que pasaba todo: nadie tenía medios y nadie pensaba en términos de «carrera». El cambio más fuerte es que antes había una multiplicidad de filtros legitimadores. Hoy solo hay uno, que es el mercado.

J. S.: Sonia Fernández Pan dice que hay lugares donde parece que hay que estar, pero después, en cada ciudad, hasta la más recóndita, el entramado cultural local soterrado de esa gente que no está legitimada por el mercado es lo que sostiene a las capas más altas.

¿«Sirve» ahora el arte para lo mismo que entonces?

F. S.: Duchamp también decía: «En el futuro, el arte será clandestino». El creador siempre necesita de unos índices de libertad. Si la economía toma la dirección del mundo, el gusto, la sensibilidad, el pensamiento que tiene que tener un artista es raptado. Las generaciones de artistas han cambiado porque ha cambiado el mundo, porque los métodos, los instrumentos, los procesos son diferentes. Y el que mira, también.

M. M.: Discutiendo con compañeros de profesión, siempre que se habla de arte, se acaba haciéndolo de mercado, cuando ni siquiera estamos en él, o estamos a años luz de estarlo. Es una situación extraña, al tiempo, atractiva y emocional. Ahí se demuestra el interés de la gente por hacer cosas.

Julia Spínola: «Para mí, ahora la pregunta no está tanto por qué soy artista, sino por qué sigo siéndolo»

Lo que sí es evidente es que se ha tendido a una profesionalización de su actividad.

F. T.: El arte no ha cambiado un ápice desde un punto de vista antropológico o de comportamiento. Pero nos hemos olvidado porque se nos ha distraído con cuestiones potentísimas, como el pensamiento científico, que solo tiene 300 años. Hasta entonces, lo único que explicaba el mundo era lo que hacíamos nosotros como artistas o como brujos. Si competimos con la ciencia vamos a perder. Lo que hay que hacer es acordarnos de lo que hemos sido.

F. S.: Estoy de acuerdo. En el momento actual, las fuerzas sociales, económicas, políticas, tratan de conformar el arte. Y olvidamos algo fundamental: que el arte es subversivo, disidente. No damos gusto a nadie.

Señaló que, en contacto con los alumnos, se ha dado cuenta de que sus problemáticas son otras. ¿A qué se refería?

F. S.: La generación actual tiene un instinto de supervivencia enorme. Los currícula de los artistas de vuestra generación -necesarios para entrar en el sistema- son atómicos: idiomas, másters, residencias... ¿Cuándo habéis tenido tiempo para hacer arte? Están continuamente aprendiendo.

M. M.: No da tiempo siquiera para fallar.

F. T.: Nosotros éramos cuatro gatos. Ahora hay millares de artistas, muy competentes. Y tenemos un grado de éxito laboral superior al de la escuela de ingenieros. Lo que pasa es que nuestros ex-alumnos no acaban haciendo arte: hacen otras cosas, y algunos se hacen millonarios con ellas.

F. S.: La estructura curricular y educativa hacen hoy imposible al artista autodidacta.

F. T.: En España hay una generación, la nuestra y anteriores, que éramos autodidactas porque no teníamos otro remedio.

J. S.: Hay otro problema en eso: Lo que cuestan esos másters. ¿Quiénes van a ser los artistas: solo personas de familia bien?

F. T.: No pienso que esto sea tan distinto. Sobre todo en España. Poder dedicarse a la cultura, al arte, solo lo podían hacer en términos generales gente de clases acomodadas.

Miguel Marina: «Mis referentes son españoles, de generaciones cercanas. Cada vez reivindico esto con más orgullo y sosiego»

Cuestiones como la ecología, la migración, el feminismo, ¿no interesaban a la generación de Torres y Sinaga?

F. T.: No existían. Cuando tenía veintipocos, si había alguna cosa fundamental que se tenía que tratar era la política, pero la de hace 40 años. Y todavía estamos alimentándonos de lo que ocurrió en Rusia. Ahora te da la sensación de que algunos se sienten obligados por presiones externas a tener que tocar una serie de contenidos: inmigración, feminismo… Son legítimos. Y con el arte político de mi época pasaba lo mismo. Una factura perfecta llevaba a que te consideraran un burgués.

¿Qué les une a pesar de la edad?

Todos: Que estamos haciendo arte y no vamos a parar.