Emilio Lledó en su casa de Madrid
Emilio Lledó en su casa de Madrid - Matías Nieto Koenig
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Emilio Lledó, una defensa de las Humanidades

La sabiduría del profesor Lledó clama en el desierto universitario español. En este último trabajo, recopila artículos y textos que reflexionan sobre la deriva de nuestra educación

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No es extraño que la época de la «abolición del hombre» ( C. S. Lewis) coincida con el asedio a las Humanidades y su declive, en ocasiones por culpa de quienes las cultivan. Ya no se trata sólo de reivindicar la cultura superior, sino la supervivencia del hombre como ser personal e inteligente. Ignoramos que nada hay tan necesario como lo que parece superfluo y poco rentable. Y que sean precisamente las Universidades, no todas, las que se empeñen en este asedio antihumanista, y aúnen el anticapitalismo con la adoración de la rentabilidad económica, resulta aún más doloroso. Emilio Lledó (Sevilla, 1927), uno de nuestros pocos maestros y grandes pensadores, lleva décadas clamando contra esta entrega a la barbarie.

No se le ha escuchado lo suficiente. En «Sobre la educación», recoge artículos y trabajos publicados entre 1978 y 2009 en defensa de las Humanidades, especialmente la Literatura y la Filosofía, de los estudios clásicos y del espíritu genuino de la Universidad. Su profundo conocimiento, su excelente trayectoria académica, su sobriedad expositiva, no exenta de la contundencia que tantas veces requiere el asunto abordado, y estos tiempos de indigencia intelectual y declive moral (me refiero al espíritu dominante, por supuesto no faltan egregias y heroicas excepciones), hacen la lectura de este libro algo reconfortante. Estamos ante la obra de un verdadero profesor.

Una intensa melancolía surge del recuerdo que el profesor Lledó dedica al ideal universitario de Wilhelm von Humboldt, quien, en su escrito sobre el Plan de estudios lituano de 1809 había afirmado: «A la Universidad le está reservado lo que sólo el hombre por sí mismo y a través de sí mismo puede encontrar, la inteligencia de la ciencia pura. Para este acto constituyente de su propia mismidad son necesarias Libertad y Soledad. De estos dos puntos brota toda la organización externa de la Universidad». Aquí se encierra todo: la inteligencia de la ciencia pura, la libertad y la soledad. Sin ellas, no hay Universidad.

Los peligros

Pero no hay gran obra que no esté exenta de riesgos y posibles errores. Tampoco ésta. Lledó, siguiendo una vieja tradición también española, defiende el ideal de una escuela única, pública y laica. Es, ciertamente, una opción, pero no la única. Ni tampoco está libre de peligros. Pues cuando se dice «pública» suele querer decirse, lo que no es lo mismo, «estatal». Y dejar la educación en manos del poder político es abrir la puerta a la manipulación ideológica y, quizá, al totalitarismo. Condorcet y Mill, entre otros, combatieron la pretensión de conferir al Gobierno la autoridad para determinar el contenido de la educación. A él compete la garantía del derecho a la educación y la defensa de la igualdad de oportunidades, pero no el derecho a determinar lo que es verdadero o falso en el ámbito científico, religioso o moral. Ni siquiera si es democrático. La verdad no depende del sufragio universal. Por otra parte, en la Grecia clásica, las escuelas filosóficas no eran públicas ni había una sola.

Dejar la educación en manos del poder político es abrir la puerta a la manipulación ideológica y, quizá, al totalitarismo

El texto contiene algunos argumentos, en algunos casos certeros, contra la cerrazón eclesiástica, pero ninguno contra el cristianismo. Aunque tampoco ninguno a favor. La devoción a Kant, que sólo puedo compartir, aunque no signifique acuerdo general, no puede ignorar que era un piadoso cristiano. La Universidad, tal como la conocemos, es una institución cristiana, aunque su origen se encuentre en las escuelas filosóficas griegas. El autor niega la libertad de los padres a escoger el centro donde educar a sus hijos y la considera «una extraña utilización del término libertad y una oportunista apropiación semántica».

Quizá la fecha de este texto, 1977, acaso pueda explicar su politización: «Es inviable una Universidad democrática, si no está ceñida por una sociedad socialista, o sea, por una sociedad solidaria, en la que los intereses de la comunidad rijan, alienten y controlen los interese de los individuos». Ignoro si la Universidad debe ser democrática, como ignoro si la Academia de Platón, el Liceo aristotélico o el Jardín de Epicuro lo fueron. Pero no creo que la Universidad, por ejemplo, el ideal de Humboldt, sea necesariamente socialista. Más bien creo que la politización destruye la Universidad. Prefiero el triple ideal del pensador alemán: inteligencia, libertad y soledad.