Eliades Ochoa posa para ABC Cultural en su casa de Madrid
Eliades Ochoa posa para ABC Cultural en su casa de Madrid - IGNACIO GIL

Eliades Ochoa: «La música tradicional estuvo abandonada por el Ministerio de Cultura cubano»

El mítico músico sonero de «Buena Vista Social Club», que vive a medio camino entre Madrid y La Habana, charla con ABC Cultural antes de su actuación en el Royal Albert Hall de Londres

MADRIDActualizado:

El sábado por la noche noche Eliades Ochoa interpretó en el imponente Royal Albert Hall de Londres algunas de las canciones que, con 12 años, tocaba en la «zona de tolerancia de Barracones», el barrio marginal donde se concentraba la prostitución en Santiago de Cuba. «Por el día trabajaba de limpiabotas en la Plaza de Dolores y por las noches recorría de forma clandestina los bares. Las prostitutas me ayudaban mucho. Cuando me veían entrar, apagaban el tocadiscos y me pedían boleros en compañía de los hombres con lo que iban a pasar la noche, para que estos me soltaran unos céntimos», recuerda el famoso cantante y guitarrista durante la entrevista en el sencillo piso que posee en el madrileño barrio de Ciudad Lineal, orgulloso de ser el primer cubano que asalte el templo de la música británica. «Nunca fui a un conservatorio, tampoco mucho a la escuela, pero he acabado tocando en los mejores escenarios del mundo», señala.

Ochoa recibe a ABC Cultural con su guitarra tres en las manos, el instrumento que él mismo se inventó a finales de los 60, añadiendo dos clavijas y dos cuerdas a una guitarra normal, para buscar un sonido propio parecido al del tres cubano. «Nunca me he comprado un tres, siempre me los he hecho yo mismo y ahora es el único sonido que me llega», asegura. Rara vez la suelta y, en ocasiones, no puede evitar tocarla. El famoso « Chan Chan» de Compay Segundo, el bolero « Preciosa» o el son que compuso a partir del «Hey, Jude» de los Beatles para atraer a los turistas. «Trucos con los que me ganaba la vida», comenta entre risas este hijo de campesinos que, con solo 16 años, poco antes de aterrizar en el Quinteto de la Trova y en el Septeto Típico Oriental, ya se había convertido en un increíble divulgador de la «olvidada» música tradicional.

Fidel Castro ya había entrado en La Habana y cerrado los barrios de prostitución —«las chicas tuvieron que cambiar de nombre, ponerse pelucas y marcharse, pero yo les había cogido cariño y, durante un tiempo, las busqué»—, pero la vida aún le depararía al joven Eliades un puñado de aventuras hasta ser descubierto por el productor Ry Cooder y el director de cine Wim Wenders, en 1996, como una de las figuras más importantes de la historia de la música cubana. Una que, tras el éxito del disco y el documental de « Buena Vista Social Club», y sin huir jamás del régimen castrista, consiguió sumar tres premios Grammy, una nominación al Oscar, más de 12 millones de discos vendidos, varias giras mundiales y el prestigio de formar parte del primer grupo de Cuba que fue invitado a la Casa Blanca tras el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos.

¿Cómo se sintió cuando recibió la invitación en 2015?

Obama es quien tenía que sentirse orgulloso de que los artistas cubanos fuéramos a visitarle (risas). Lo cierto es que me sentí bien. Le agradecí mucho al presidente que nos recibiera con tanto cariño. Me dijo que, quince años atrás, había comprado el disco de «Buena Vista Social Club».

¿No tuvo miedo de lo que pudieran sus compatriotas?

¡No, no! Yo sabía que me iba a recibir el hombre que tiene la batuta de la potencia más grande del mundo y me dio muchísima alegría saludarlo, verle con esa sonrisa cuando le canté « El Cuarto de Tula». Y si me invita otro presidente, voy también.

¿Incluido Donald Trump?

¡Cualquiera! Yo no creo en la política. Pero a él le dejaría que me firmara un cheque en blanco.

¿No es contradictorio que fueran extranjeros como Ry Cooder, Wim Wenders o el director Fernando Trueba con «Calle 54» los que dieran a conocer la música cubana al resto del mundo?

Eso tendrían que explicarlo los que dirigen la cultura en Cuba. Es probable que hubiera descuido por su parte. Habría que preguntarles por qué nuestra música tradicional, que luego triunfó por el mundo, estuvo tanto tiempo abandonada por parte del Ministerio de Cultura. Decían que era de viejos. Mucha gente no iba a la Casa de la Trova a escucharnos por esa razón, mientras se llenaba de turistas.

¿Cree que la discográfica EGREM (Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales) tampoco hizo lo suficiente?

Si dependiera de mí, habría grabado miles de discos antes, pero no lo hicieron posible y yo solo no podía. Recuerda que EGREM está dirigida por los mismos dirigentes.

¿Le gustan los cambios que se están produciendo en Cuba?

Claro, van en beneficio de todos. Antes no existían mercados privados, el Estado los gestionaba todos, y ahora está lleno de ellos. Recuerdo cuando, por ley, solo podíamos comprar un coche y no podíamos vender una casa. Ahora puedes... Por cierto, yo vendo una en La Habana, por si la quieres (risas).

Cuando Miguel Díaz-Canel fue elegido presidente hace una semana dijo que quería «fortalecer la participación del pueblo»...

¿Dijo eso? Pues que el pueblo participe es muy bonito. Llegué a España el día de la sucesión, con los telediarios hablando todo el rato de ello. Se dio la noticia más aquí que en Cuba.

Algunos músicos han señalado que el disco de Buena Vista Social Club (World Circuit, 1997) fue más una cuestión de dinero que de interés por descubrir la música tradicional cubana...

Fue hecho con mucho respeto y contenía muy buena música. Los que participamos en él (Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Juan de Marcos González, Omara Portuondo, «Cachaíto» López, Rubén González) arrastrábamos historias tremendas detrás. Ahora bien, que tuvo una campaña de promoción tremenda y que se gastaron mucho dinero para darlo a conocer en todo el mundo… eso también.

¿Y ustedes no se hicieron ricos, teniendo en cuenta que vendió millones de copias?

World Circuit nos trató y pagó bien. El propietario de la discográfica, Nick Gold, es ahora como de mi familia. De la película, sin embargo, no recibimos ni medio dólar. Todavía estamos esperando a ver si nos pagan algo. En su momento me dijeron que nos estaban grabando para hacer un videoclip promocional. Y después, de repente, me encontré con este documental en la calle que, por cierto, generó mucho dinero.

¿Nunca ha tenido la oportunidad de decírselo en persona a Wim Wenders?

Nunca le he visto. Es probable que no se deje ver. La película, de todas formas, difundió nuestra imagen y nos permitió actuar por todo el mundo. Y, bueno, de los derechos del álbum aún nos llega dinero. Muchos artistas de Buena Vista Social Club se acostaron pobres y se levantaron ricos.

Si no hubiera sido por usted, el mundo no habría conocido a Compay Segundo.

Me alegra mucho pensar que Compay volvió a la música por mí, después de veinticinco años en los que nadie sabía si estaba vivo o muerto. De haber muerto antes de 1986, cuando decidí incorporar algunos de sus temas al repertorio del Cuarteto Patria, nadie se habría enterado. Me los trajo para que yo le pagara algo porque estaba pasando mucha necesidad.

En Buena Vista Social Club hay otros casos parecidos.

Si no hubiéramos obligado al pianista Rubén González o al cantante Ibrahim Ferrer a tocar en el disco, habrían muerto sin que nadie se enterara.

¿Y a qué se dedicaban?

Ibrahim limpiaba zapatos en la calle y Compay hacía tabaco, alejados completamente de la música desde hacía décadas. Recuerdo a Ibrahim llegando al estudio con las manos manchadas de betún y los compañeros intentando limpiárselas.

¿No fue Ry Cooder, entonces, quien descubrió la música tradicional cubana?

No. Él lo que hizo fue adaptarse a nosotros. Muchos otros músicos se presentaron en el estudio para ver si podían sacar algo de dinero. Y participaron sin ser mencionados. Yo siempre digo que aquel disco fue una especie de «ven tú»: «Oye tú, ven a tocar unas campanillas; oye tú...». A algunos no les gusta esa expresión porque piensan que le quita prestigio.

Cuando Omara Portuondo y usted, únicos supervivientes de Buena Vista Social Club, no estén, ¿esta música quedará en buenas manos?

Yo no voy a morir nunca. Viviré a través de mis discos por los siglos de los siglos… amén.