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Egon Schiele, el meteoro

El arte, Austria, Europa, no volvieron a ser lo mismo tras Egon Schiele. Con Ricardo Menéndez Salmón recorremos la exposición que le dedica el Guggenheim

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El joven que mira sin simpatía, entre el desdén y el hastío, mientras hace ese gesto extraño de estirar hacia abajo su párpado, es un meteoro. En apenas una década, entre 1910 y 1918, ese joven que muere a los 28 años arrebatado por la gripe española, dinamita en 300 óleos y más de 3.000 obras sobre papel el mundo decorativo, mitologizante y siempre a un paso de la ornamentación de Gustav Klimt, y se retrata a sí mismo y a sus modelos con una impiedad no exenta de belleza.

Egon Schiele, que así se llama el meteoro, parece haber aprehendido con singular presciencia, en esos dibujos de agria fuerza que hoy contemplo asombrado,la herida de una época. Fijada en lo más íntimo de su ser -en el cuerpo, que es siempre un cuerpo expuesto y abrasado-, su mirada es la de un tiempo en que el sujeto ha perdido o está perdiendo sus anclajes: los mayúsculos (el Imperio, Dios, el sentido existencial) y los cotidianos (la alegría, la ataraxia, el asilo de la belleza).

Regreso a buscar al joven del párpado. Sigue ahí, insolente y feroz

Admirados hoy, con la perspectiva de un siglo, contemplados desde este otro abismo en el que como espectador transcurro, el resignado y nada educado cinismo propio de mi sociedad poshumana, los dibujos de Schiele hablan del drama de quien sabe que ha perdido su lugar, amputado del discurso histórico, supraindividual, y es obligado a mirar dentro de sí para descubrir que lo que allí alienta es un paisaje infernal.

Una herida roja entre las piernas

«Todo está muerto en lo vivo», escribe Schiele pensando en su padre, fallecido de sífilis, pero también en la pacata Austria, que lo condenó por pornógrafo y jugó con sus dibujos a los autos de fe. No es un diagnóstico amable. Ya se sabe que de quemar cuadros y libros a quemar hombres y razas apenas median la apelación al Blut und Boden y la obra de unos cuantos ideólogos aplicados: Gobineau, Chamberlain, Rosenberg. Los caminos de la Providencia son inescrutables; los del Terror, no. El joven del párpado mira con descaro y yo pienso en sus hermanos de leche, los que están por llegar cifrados negro sobre blanco en la gran literatura del siglo, en la espesura secreta de la Mitteleuropa escrita: el agrimensor K, Ulrich en Kakania, el burgués Huguenau, los personajes mutila- dos de Ungar, la triste e inagotable comedia humana del borrachín Joseph Roth.

Schiele se retrata a sí mismo con una impiedad no exenta de belleza

En un mundo que se descompone «por encima» (el sueño unitario de Francisco José se rompe a manos de Gavrilo Prinkip: Europa se encuentra a las puertas de su primera gran carnicería) y que empieza a fracturarse «por dentro» (no hace tanto que Nietzsche ha enterrado a Dios; no tanto que Freud ha invertido el orden de preeminencia en la psique), Schiele mira y ya no ve el espectáculo idílico y fulgente de la teodicea prometida, sino el testimonio ardiente de los cuerpos imposibles de ocultar: sus feroces límites, sus escasos triunfos, sus magníficas angustias.

Sus niñas llevan una herida roja entre las piernas y conservan ojos de alucinadas; sus mujeres desnudas parecen drogadas por algo más abrumador que el sexo y más inquietante que la codicia; sus autorretratos son episodios hirientes de una percepción arrebatada y brutal de la propia materia. El cuerpo es aquí el tabernáculo, pero también el veneno. El meteoro ha quemado en su caída todas las telas. Y me viene a la memoria, mientras observo al negligente joven del párpado, una frase de Alan Pauls en El pasado: «Tenía esa delgadez rabiosa, llena de venas flagrantes, que el rock le había robado a Schiele». Así es la época del artista: un cuerpo que se descarna hasta el hueso, una pedagogía de la desnutrición, un pudridero en proceso. El ángel de Klee está llamando a las puertas, y con él, nuestra desdichada conciencia de que el progreso engendra monstruos inenarrables.

Clima de remanso

Llueve sobre Bilbao, e intento sacudirme el impacto de las imágenes de Schiele mientras rodeo el perro siempre florecido de Jeff Koons, de pronto un amigo cercano, algo tontorrón, tras la incursión en apnea en los dibujos de la Albertina. Incluso las pinturas invertidas de Baselitz y su filosofía de la fealdad de la planta baja poseen un clima de remanso tras haber navegado por el mar de Schiele.

Así es la época del artista: un cuerpo que se descarna hasta el hueso

Y me pregunto si no habría sido yo, el mirón desencantado, otro más entre los burgueses de Krumau que hace un siglo, ofendidos por la vida desenfadada del artista y su primera musa Valerie Neuzil, llevaron al pintor a la cárcel durante tres semanas acusándolo de corromper a los niños. Es una lógica bastante común en la historia de la estética: venerar hoy a quien ayer habríamos crucificado. Todo espectador lleva un Longinos en su corazón. Hasta que no brota la sangre, carecemos de fe.

«Todo está muerto en lo vivo», escribe Schiele pensando en su padre

Pero debo reconocer que el perro de Koons cada vez me parece más estúpido, y que la serie de Baselitz sobre los padres de la URSS empieza a convertirse en una boutade fatigosa, de modo que rehago el camino, vuelvo la mirada hacia las marionetas de Schiele, hacia esos hombres que cuelgan como muñecos de goma en brazos de las mujeres que los aman, y regreso a buscar al joven del párpado. Sigue ahí, insolente y feroz, más allá del juicio y la duda, hablándome desde el año de 1910 con la contundencia y el orgullo de un fragmento de espíritu que ha superado la prueba del tiempo.

Permanezco largo rato ante él como un bobo ilustrado, otro Reger como el imaginado por Bernhard en Maestros antiguos, el sociópata que se pregunta en el Kunsthistorisches Museum de Viena, sentado frente a un cuadro de Tintoretto durante más de tres décadas, para qué pintan los pintores cuando existe la Naturaleza. El joven del párpado no tiene respuesta. Nadie la tiene. Por fortuna, tampoco es necesaria. No ante el arte de un meteoro.