El escritor Rod Dreher durante su reciente visita a Madrid
El escritor Rod Dreher durante su reciente visita a Madrid - Ignacio Gil
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Rob Dreher: «La vida del alma es mucho más grande que cualquier política»

Con «La opción benedictina», que recorre las muchas crisis del hombre contemporáneo, ha sembrado el debate. Él mismo es un vivo ejemplo: nacido metodista, se convirtió al catolicismo en 1993 y ahora profesa la fe ortodoxa

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La polémica global generada por la publicación de «La opción benedictina» (Encuentro), del periodista y escritor norteamericano Rod Dreher (Baton Rouge, Louisiana, 1967), es una muestra más de la complejidad de las relaciones entre cristianismo y cultura contemporánea. Editor «senior» de uno de los portales de referencia para el mundo conservador, «The American Conservative», hace pocos años abandonó la confesión católica para hacerse fiel de rito oriental ortodoxo. Acaba de hacer una gira por varias ciudades españolas explicando las claves de un modelo que tiene como referente la tradición espiritual benedictina.

Usted se muestra en su libro muy crítico con la cultura actual tanto desde el punto de vista histórico como de sus efectos sociales. ¿No encuentra nada positivo, por ejemplo lo que permanece como herencia del cristianismo también en la modernidad?

Lo que permanece, que es importante, es lo que hace referencia a la dignidad de cada persona, de cada individuo. Eso está en el núcleo de la aportación del mensaje del cristianismo y eso se mantiene. Los Derechos Humanos son algo que la mayoría de la gente apoya, y, en buena medida, proceden del cristianismo. ¿Podrá sobrevivir esa herencia a la muerte del cristianismo? No lo sé.

-La propuesta de la opción benedictina se define como una forma contracultural. ¿Cómo se articula esa contracultura?

Está en contra de la modernidad más líquida. En el libro hablo del concepto de «modernidad líquida» de Zygmunt Bauman. En la regla de san Benito, el peor tipo de monje es el que va de un lado para otro sin estabilidad. En la teoría de Bauman, la persona que tiene éxito es la que no se asienta. En la opción benedictina sugiero que los cristianos hoy deben encontrar estabilidad para contrarrestar la idea de la modernidad líquida. Chesterton decía que las cosas muertas son las que van con la corriente y solo las vivas son las que pueden ir en contra de la corriente.

Durante mucho tiempo, en la modernidad, se pensó que la secularización iba a acabar con la religión. No ha sido así. Los sociólogos de la religión afirman que el paradigma religioso ahora es el pluralismo. Su opción benedictina, ¿a qué da respuesta, a la secularización o al pluralismo?

Escribí «La opción benedictina» para los cristianos que viven en el occidente, en Europa, norte y sur de América. Sabemos que la situación religiosa en África y en Asia no es la misma. Cuando nos fijamos en los datos de la situación de la creencia religiosa en Europa y Norteamérica nos damos cuentan de que no son buenos. Creo que lo que se está convirtiendo en el paradigma principal, en Europa y Norteamérica, es la pérdida de la fe. Entonces, el «mainstream» -la corriente mayoritaria- de lo público se vuelve hostil, la mayoría de las personas se vuelven hostiles. La opción benedictina para los cristianos en el oeste es una estrategia defensiva. No estamos en contra de un anticlericalismo trasnochado, tratamos de afirmarnos en un mundo que ha perdido la capacidad de ofrecer significados. Voy a ponerte un ejemplo. Considero que Michel Houllebecq, el novelista francés, es un profeta. Él es un profeta de la civilización después de Dios. Los cristianos tenemos que ofrecer, a la gente de este mundo, esperanza y resistencia. Los cristianos viviremos en un mundo pluralista, pero el paradigma dominante, de verdad, será contrario a la trascendencia.

«El gran escándalo de los abusos en Estados Unidos ha destruido la autoridad moral de los obispos»

Quizá en las relaciones entre fe y cultura tengamos que introducir a las Iglesias. Al menos en España, ha estado presente la tentación del activismo, la praxis, y se ha abandonado la contemplación, el pensamiento, la reflexión que dirige la acción.

No sé lo que ocurre en España, pero en Norteamérica la Iglesia católica ha sido completamente absorbida por una cultura burguesa. Todas las Iglesias cristianas han sido abducidas por la cultura consumista que tiene su propia propuesta moral. El Papa Francisco ha dicho a toda la gente de la Iglesia que tiene que salir al mundo. Lo que es cierto. Pero no podemos darle al mundo lo que no tenemos, porque hemos perdido el espíritu contemplativo y la visión de lo sagrado. Nuestra actividad en el mundo parece no completamente cristiana. Mi propuesta pretende restablecer el balance en la Iglesia entre contemplación y acción, la frase de san Benito «Ora et labora». Uno de los grandes problemas en el mundo hoy, incluso fuera de la Iglesia, es la pérdida de la dimensión sagrada. Si no recuperamos rápidamente un fuerte sentido del significado de lo sagrado estamos acabados.

Una de las afirmaciones más llamativas de su libro es que la política no es un antiséptico moral.

En mi país, los cristianos conservadores han pensado durante treinta o cuarenta años que si votaban al partido republicano se resolvían la mayor parte de sus problemas. Ahora nos damos cuenta de que es mentira. La fe y la vida moral de los cristianos ha decrecido en los últimos cuarenta años. No digo que esté mal votar a los republicanos, pero la política no puede ser nuestra última meta. Hoy tenemos republicanos en la Casa Blanca, teníamos en el Congreso una mayoría republicana, pero Estados Unidos no es un país moral. Muchos cristianos, en América, creen que si votan correctamente, por ejemplo a la gente provida, han hecho todo lo que tienen que hacer. Estoy tratando de levantarles y hacerles entender lo que significa la vida con Cristo; la vida del alma es mucho más grande que cualquier política.

Entiendo que usted es consciente de las críticas a su opción benedictina. Por ejemplo, tengo aquí la escrita por el jesuita Andreas Goncalves Lind, en la edición en español de la «Civiltà Cattolica», que le acusa, entre otras cosas, de donatista, es decir, de considerar a su grupo de forma arrogante como la verdadera Iglesia.

Primero, está completamente equivocado. He escuchado esta crítica muchas veces principalmente de gente de la izquierda eclesial que quiere negar el rigor de teología moral. Niego completamente la teología de los que politizan la fe. ¿Cuál ha sido el fruto del liberalismo teológico, de la laxitud teológica? La Iglesia está colapsando en todo el mundo. La gente joven ni siquiera conoce lo básico del cristianismo. Tenemos que evangelizar al mundo, pero no podemos darle lo que no tenemos.

«Michel Houellebecq, el novelista francés, es un profeta. Él es un profeta de la civilización después de Dios»

La cuestión de los abusos centra, sin lugar a dudas, la atención informativa sobre el catolicismo norteamericano. ¿Esta cuestión ha provocado un cisma de hecho en la Iglesia en los Estados Unidos?

No creo que exista un cisma formal, aunque hay una división que lleva existiendo desde hace décadas, y que se está volviendo más y más aguda. Pero ahora los católicos van a «comprar» a la Iglesia que quieren. El gran escándalo de los casos de abusos en los Estados Unidos ha destruido la autoridad moral de los obispos. Cada vez más y más católicos piensan que están más solos. Quizá por eso están descubriendo que la opción benedictina es la mejor manera de conservar su fe.

Me gustaría que pudiera hablarnos de lo que motivó su conversión a la Iglesia ortodoxa de rito oriental.

Fui un católico ferviente y convencido. Creí siempre que mientras tuviera todos los argumentos sobre la fe católica claros y asumidos en mi mente, mi fe no podría tambalearse. Era muy arrogante intelectualmente. Eso no es culpa de la Iglesia católica, es mi culpa. En 2002, cuando empecé a escribir como periodista sobre los escándalos de abusos tuve una crisis de fe. Cuatro años después abandoné el catolicismo. Tengo que aclarar que, como los católicos, creo en la validez de los sacramentos, que Cristo está presente en los sacramentos. Mi mujer y yo nos convertimos a la ortodoxia. No me creo que la Iglesia ortodoxa esté libre de pecado, ninguna Iglesia lo está. Pero Dios me hizo más humilde en mi arrogancia y me hizo tener menos orgullo, me hizo juzgar menos a los demás. Después de unos años, he recuperado mi amor por el catolicismo. Ahora quiero ser un puente de amistad y hermandad entre el catolicismo y la ortodoxia.