«Two Planets Have Been Colliding...»
«Two Planets Have Been Colliding...»
ARTE

Dora García, agujeros en la realidad

La obra de Dora García, una de las creadoras españolas más reconocidas internacionalmente, transita entre la palabra y la ficción. El Museo Reina Sofía lo atrapa en «Segunda vez»

Actualizado:

«Algunos dicen que la palabra odradek procede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra. Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek».

Así comienza -y no mucho después acaba- este relato corto escrito por Kafka en 1919 y titulado Las preocupaciones de un padre de familia. No es mal comienzo para una artista, Dora García (Valladolid, 1965), que trabaja prácticamente siempre en íntima sintonía con el universo perverso-polimorfo de la literatura. Precisamente Kafka forma parte, junto a otros escritores -Walser, Ballard, Melville, Artaud, Beckett, Piglia y quizás sobre todo Joyce-, de una nómina de paseantes de territorios extraños que han supuesto una constante referencia en su práctica artística.

En la oscuridad

Ese texto, que trata de dar cuenta y razón de un ser tan alejado de ella como es Odradek, le sirve para presentar, junto a otras piezas anteriores, un nuevo proyecto concebido para la Sala de Bóvedas del Museo Reina Sofía. Se trata de una instalación sonora realizada junto al músico Jan Mech, combinada con un cierto aire cinematográfico, en el que la oscuridad sugiere el miedo atávico a lo desconocido, y con el que reflexiona sobre las extrañas derivas que pueda sufrir el poder -en este caso, el patriarcal- al ser cuestionado por una existencia desconocida e inútil, y, por tanto, doblemente peligrosa. Un trabajo que sigue ahondando en algunas de los intereses de esta creadora, que se mueve -o lo intenta- en los lábiles y borrosos paisajes que configuran todo lo que puede habitar, y expresarse, en los márgenes de la representación.

Esta obra forma parte, pues, de un proyecto expositivo más amplio, Segunda vez, que muestra una selección retrospectiva de 40 trabajos que García ha ido desarrollando desde finales de los 90 hasta hoy. Performances, películas, dibujos, documentos y textos son las estrategias que ha empleado para ello. El título de la cita hace referencia a un relato homónimo de Julio Cortázar y, a su vez, a uno de sus trabajos más recientes: un conjunto de cortometrajes en torno a la figura del intelectual y psicoanalista argentino Óscar Masotta (ahora recordado en el MACBA), introductor al castellano de las teorías de Lacan. En ellos plantea diversos temas relacionados con las estructuras del pensamiento sicoanalítico, la performance y la política que -yo añadiría- acaba siendo otra forma de performance…

La muestra permite contemplar algunos de sus trabajos más significativos, como 100 obras imposibles (2001), The Deviant Majority (2010), Lo inadecuado, pieza presente en la Bienal de Venecia de 2011, The Joycean Society (2013), Hay un agujero en lo real (2014), o una de sus performances más recientes, Two Planets Have Been Colliding for Thousands of Years (2017).

La obra de Dora García trata de alcanzar en todas sus decisiones una elevada temperatura conceptual, se sirve de una gran diversidad de formatos y medios (foto, vídeo, instalaciones, dibujo, performance, texto y escritura), y centra parte de sus objetivos en la elaboración de propuestas que parten de lo ficcional para establecer diferentes modelos de recepción y actuación, siempre encaminadas a reflejar de forma circular -y algo obsesiva- lo inadecuado, lo marginal, lo disonante.

El paisaje en el que suelen desarrollarse sus proyectos se inserta, pues, en ese ambiguo espacio fronterizo que une -y separa- lo real de lo ficticio, ese «borde de la ficción», en palabras de Piglia, con el objetivo siempre de arribar a algún tipo de identidad plausible. Una identidad que trata de lograr estableciendo determinadas pautas relacionales con el espectador y su entorno, siempre desde una perspectiva de mutua dependencia, generando prácticas de narración colectivas, y un modelo de relato que funciona como dispositivo y pulsión.

¿Qué es la audiencia?

La audiencia, singular o plural, se convierte en parte activa de la obra al crear situaciones o contextos que alteran la relación tradicional entre artista, obra y espectador, generando distintos niveles de comunicación, y estableciendo una serie de líneas de interacción en las que cada uno de esos elementos se vincula con los demás.

Otro de sus vectores fundamentales -y fundamentados- es la recurrencia al lenguaje, bien desde parámetros verbales o desde estrategias textuales, como vehículo de ideas y como propulsor de líneas de intercomunicación (pero igualmente, en ocasiones, de incomunicación), entre los diversos agentes que intervienen en la realización de su trabajo.

Contemplar en un mismo espacio todas estas propuestas supone un interesante ejercicio de (re)lectura(s) de una artista como García, una de nuestras creadoras más internacionales, que ha apostado honestamente desde el principio de su carrera por un sesgo complejo, plural, nada complaciente, y que, parafraseando a Lacan, ha tratado de adentrarse en ese «agujero en lo real» que nos puede (o no) llevar a otros pliegues de pensamiento y de percepción.

Conseguirlo sin caer en el peligro de emitir un discurso demasiado críptico, denso, autorreferencial, en ocasiones demasiado árido y opaco es otra cuestión. Quizás el secreto no sea simplemente constatar la existencia de esos pliegues, de esos agujeros, de esas otras realidades, sino más aún, y sobre todo, hacer que nosotros también los veamos y los sintamos, dándoles una formalización y una dirección que se adhiera finalmente, como la carne al hueso, en un único cuerpo: el de la auténtica obra de arte. Luminosa aunque hable de lo oscuro. Atrayente aunque sea inquietante. Realmente participativa y no contemplativa. Y eso sí que son ya palabras «mayores».