Pedro Salinas en una imagen del exilio
Pedro Salinas en una imagen del exilio
LIBROS

«Diccionario biobibliográfico de escritores del exilio», donde habite el recuerdo

Los cuatro volúmenes que integran este diccionario bibliográfico del exilio nos devuelven las vidas de quienes alzaron su obra a pesar de la derrota, del aislamiento y del desarraigo

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Fue el poeta Pedro Salinas quien se preguntó primero: «¿Puede la cultura sobrevivir al exilio?». Lo hizo en Nueva York en mayo de 1939, poco antes de que una buena parte de los intelectuales españoles partiera lejos de España obligados al destierro por la Guerra Civil. Si esta enciclopedia inmensa, cuya recopilación es la mayor de cuantas se han llevado a cabo hasta la fecha sobre las personalidades que dejaron su patria, hubiera elegido un orden cronológico y no alfabético, quizá habría de haber empezado por la conferencia del poeta pronunciada en el Pen Club, cuando aún desconocía que su regreso a España, siempre postergado, sería finalmente una ilusión imposible. Los artículos que completan esta obra magna pretenden dar cuenta de la vida de quienes pertenecieron a esa España en la diáspora. Vidas sumarias agitadas por el vendaval de las aventuras reales que nos asombran y laceran con tanta intensidad como las inquietantes tramas de un relato de ficción, ensoñaciones de la historia que producen sensación de irrealidad a fuerza de crímenes, anagnórisis, navegaciones y regresos. Ningún relato se atrevería a tal cúmulo de peripecias, sólo la historia puede contar lo que la ficción consideraría inverosímil. Es el paso de la tragedia a la estadística que Stalin invocaba impasible.

Desazón y angustia

Un precepto crítico dicta que las obras deben leerse y admirarse como si fueran anónimas. Al fin, no son las obras responsables de sus autores. Y, sin embargo, los autores sí son responsables de sus obras. La escritura del exilio nos devuelve las vidas de quienes alzaron su obra a pesar de la derrota, del aislamiento, del desarraigo, de la ausencia de los otros y de la ausencia de sí mismos. Una obra realizada con el tesón de quien quiere no tanto explicar la realidad como explicarse a sí mismo. Porque el arte nace en su caso de esa desazón, de esa angustia y de ese fracaso que les impide la comprensión de lo que justifica sus vidas.

Todo lo extravió la contienda bélica. Se perdieron vidas, proyectos, oportunidades de progreso. Aquel desvivirse de España, del que hablaba Unamuno, quien alertó en sus últimas horas: «España no puede perderse». Pero se fue perdiendo, en los barcos que transportaban a los desterrados, el «Sinaia», el «Mexique», el «Winnipeg», navíos que fueron dispersándoles, por la República Dominicana, por Chile, por México, por Nueva York, por Caracas, por Buenos Aires. Se perdieron por los campos de confinamiento de Gurs, Agde, Septfonds, Saint-Cyprien, Argelès-sur-mer… y por Argelia, Túnez, Marruecos. Pero también vagabundearon por universidades y ateneos, y por centros de investigación, editoriales, revistas, hospitales, orquestas. Imprimieron libros, rodaron películas, fundaron movimientos, dejaron discípulos. Al orbe entero parecen llegar exiliados de la guerra, intelectuales y científicos, exploradores de otras Españas que no cejaron en su empeño, en su afán de alcanzar la modernidad que les era negada en su patria. Qué gran historia la suya, pensamos al leer sus vidas reunidas en estos cuatro volúmenes. Qué multiplicidad desarticulada y desmembrada.

Causa lástima tal derroche de un exilio que fue desperdicio de talentos extraordinarios, desaguadero de méritos, sumidero de genios

Unidos todos en estas páginas dan el aspecto de formar un Aleph imposible de abarcar en el que puede encontrarse al albañil y al espía, al músico y al actor, al filósofo y al médico. Todos en sus dobles versiones masculinas y femeninas. Causa asombro tal ímpetu. Y causa lástima tal derroche de un exilio que fue desperdicio de talentos extraordinarios, desaguadero de méritos, sumidero de genios. Ya el escritor Andrés Trapiello nos ha recordado en un hermoso libro que Azorín escribió a Franco azorado en 1939 desde París para hacerle ver el desperdicio ingente que suponía prescindir en la construcción del nuevo país de los «labradores del intelecto», sin los que el país quedaría «extravasado del área territorial del espíritu». Pues sólo atendiendo a los escritores, su obsesión por la escritura es inmensa, la escritura, que exige concentración y soledad, meditación y aislamiento es en su caso un ejercicio frenético que surge en las situaciones más inverosímiles. Escriben cuando huyen, como Emilio Prados, capaz de componer el poemario «Aparición del Pacífico» mientras viaja desde Nueva York hasta México en compañía de Larrea y Bergamín. Escriben, todos escriben, cuando huyen del enemigo o espían o sufren o matan. Quiroga Pla se queda ciego y sigue escribiendo a través de Suzanne Duval, la francesa que lo cuida y protege en sus últimos años hasta su muerte en Ginebra. Hasta que, unos años después, nadie reclame las cenizas del yerno de Unamuno, y estas sean aventadas al olvido.

Para redimirse

Y escriben la mayor parte por necesidad, para redimirse, para contar su caso, para explicarse a sí mismos. Algunos, como Jorge Semprún, hicieron del exilio una fuente de inspiración que contribuyese a la creación de una cultura capaz de superar las limitaciones de los nacionalismos. Y no fue una, la generación perdida, sino varias y en racimo. La ciencia médica tiene su emblema en la figura de Juan Negrín, no el político, sino el fisiólogo. Este canario, alumno predilecto de Cajal, se formó en las universidades alemanas y contó entre sus discípulos con el Nobel Severo Ochoa y Grande Covian, acabará enterrado en París en «una tumba sin nombre», como el título que Onetti dio a una de sus novelas. Cuánto olvido en estas páginas de esmerados recuerdos. Quizá lo más generoso de este diccionario sea la aportación que lleva a cabo para rescatar las vidas de una multitud de hombres y mujeres sin nombre, que vivieron esperando el alba de una España tolerante y democrática, viviendo sin vivir o sin estar viviendo, como dirá en un título Cernuda, restituidos ahora del olvido. Un primer paso para una historia de nuestra cultura que está por reescribirse y que no estará completa sin su aportación.