González-Sinde fue ministra de Cultura con Zapatero
González-Sinde fue ministra de Cultura con Zapatero - Ignacio Gil
LIBROS

«Después de Kim», el amor y la ausencia

Ángeles González-Sinde se adentra en una historia en la que un matrimonio divorciado afronta la muerte a balazos de su única hija

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«Empecé a escribir este libro porque me había enamorado», con estas palabras Ángeles González-Sinde (Madrid, 1965) nos introduce en la trama de «Después de Kim», una historia sobre la pérdida violenta e imprevista, pero también sobre la naturaleza del amor; dos temas que la autora, como explica en la brevísima nota que precede a la novela, en la que rememora la muerte de su hermano en accidente de tráfico, años atrás, y la de su pareja, más reciente, conoce muy bien.

Los británicos Geraldine y John, cuya insulsa existencia transcurre en una franja previa a la ancianidad, llevan ya varias décadas divorciados cuando reciben la noticia de la muerte a balazos de su única hija, Kim.

El terrible suceso, con tintes de violencia machista, los obligará a viajar juntos desde el Reino Unido a la turística localidad alicantina que la víctima eligió para erigir una vida completamente al margen de sus padres; la misma que ellos, en paralelo a la investigación del asesinato y casi por instinto, decidirán reconstruirse en un intento de buscarse a sí mismos y aplacar la sensación de culpabilidad por no haber sabido estar cerca de Kim y prever la tragedia.

Dos tiempos

Aunque fue finalista del Premio Planeta en 2013 con «El buen hijo», la lectura de «Después de Kim», por su calidad, no nos remite tanto a la literatura anterior de González-Sinde como a su mejor cine, sobre el que se impone con un brillo indiscutible el guion de la cinta de Ricardo Franco «La buena estrella» (1997), que mereció el Goya.

Como en la película, donde la guionista alejaba a sus protagonistas del maniqueísmo y encontraba en cada una de las tramas espacio para la compasión, esta nueva ficción de la que fuera ministra de Cultura destaca por la sencillez, transparencia y comprensión con la que se cincela el discurso interior de los personajes.

Un discurso que se despliega en dos tiempos: el pasado, para los recuerdos del matrimonio fallido, y el presente, el más logrado e interesante para todos aquellos aficionados al relato del crimen, para describir la extraña ausencia que a su paso deja la muerte, convirtiendo en un escenario vacío y carente de sentido los espacios que antes habitó el ser querido. En el teatro, nadie se queda después de la función sumido en el silencio y la penumbra de la sala vacía. En la realidad, sí. La vida siempre sigue.