La escritora Deborah Levy, fotografiada en el CCCB, a su paso por Barcelona
La escritora Deborah Levy, fotografiada en el CCCB, a su paso por Barcelona - MARTA DÍAS
ENTREVISTA

Deborah Levy: «Las únicas personas que nunca dudan son los psicópatas»

La autora británica, de origen sudafricano, reivindica su derecho a escribir el guión de su propia vida en su «autobiografía en construcción», cuyos dos primeros volúmenes ha presentado en España, con charla incluida en el CCCB de Barcelona

BarcelonaActualizado:

Cada vez que Deborah Levy (Johannesburgo, 1959) lee una autobiografía, le invade una especie de impaciencia. Sin poder evitarlo, comienza a pasar las páginas, sin prestar atención a su contenido, hasta llegar a lo que ella considera el meollo del asunto: el momento en el que el protagonista se marcha de casa y empieza a pensar por sí mismo, comienza a tener ideas propias. De ahí que cuando decidió sentarse a abordar su propia vida como materia narrativa, lo hiciera con una fórmula un tanto especial, que llamó «autobiografía en contrucción».

La crisis de su matrimonio, cuando ya había cumplido 50 años y tenía dos hijas, le sirvió como catarsis -irremediable, dada su precaria situación económica- y se convirtió en ese punto fundamental desde el que empezar a contar, y a vivir su propia vida, no la que de ella se esperaba. A sus espaldas, una mochila con recuerdos borrosos como la huida de su familia, cuando ella era sólo una niña, de la Sudáfrica del apartheid (su padre estuvo encarcelado cuatro años por defender los derechos humanos), agridulces como la relación con su madre o gozosos como todo lo derivado de su trayectoria como novelista, poeta y dramaturga, que incluye colaboraciones con la Royal Shakespeare Company y nominaciones a los más prestigiosos galardones, el Man Booker incluido.

Todo abordado en los dos volúmenes, a medio camino entre el ensayo y las memorias, que acaba de publicar en España (tiene previsto escribir un tercero): «Cosas que no quiero saber» y «El coste de vivir», editados por Literatura Random House.

Me pregunto si con estas memorias ha encontrado, por fin, a su propio personaje, si ha dejado de huir de sus deseos.

No estoy segura, porque para crear una narradora como yo tenía que encontrar una voz íntima que me permitiera tener una conversación con el lector, pero que tuviera una forma. Lo que sí descubrí fue hasta que punto se alienta a las mujeres a suprimir sus propios deseos porque siempre están al servicio de los deseos de alguien más.

Tomando el título del segundo volumen como referencia, ¿pagan los hombres y las mujeres el mismo coste por vivir?

Creo que la vida cuesta, y creo que las mujeres pagan un coste más alto que los hombres; por los hijos; porque, a menudo, el matrimonio es mejor para los hombres; porque a las mujeres les cuesta salir al mundo con su propia voz, hay más peligros... Como escritora, me gusta situar a mis personajes femeninos en el centro del mundo, con todas sus subjetividades. Y eso es tanto político y literario como poético.

Me gusta el juego que plantea sobre cómo «make up», maquillarse, significa inventarse. ¿Las mujeres tenemos miedo de que nos vean como somos, sin maquillar?

Siempre hay un guión escrito para la mujer: cómo debe vivir, qué debe pensar… Más que «maquilladas», las mujeres han sido «inventadas» por la sociedad, y ese maquillaje es la máscara de la sociedad.

Ahora que habla de máscaras, en uno de los libros cita «Matar a un elefante», el ensayo en el que Orwell señala que el imperialista «lleva máscara, y su cara se adapta a ella». Usted lo compara con el matrimonio y dice que a la esposa le pasa lo mismo: lleva máscara y su cara se adapta a ella.

Sí, porque pierde su nombre, nos referimos a ella como la esposa. Si el matrimonio es algo que borra el nombre a las mujeres, ¿quiénes somos?

En el segundo volumen sostiene que en nuestra sociedad hay mujeres que siguen siendo «castigadas por sus maridos» por sus éxitos.

Es un tema que está embarrancado. Lo que está claro es que si hay mujeres con talento discriminadas en sus trabajos es por celos, porque siempre se ha visto como nos decía Simone de Beauvoir...

Las mujeres no deben eclipsar a los hombres en un mundo en el que el éxito y el poder está reservado para ellos...

Así es, y eso está cambiando. Por eso tenemos a muchos hombres tan enfadados, porque su poder está cuestionado por la presión de las mujeres.

Desde 2003, año en el que comenzó la estadística oficial de la violencia machista, en España han sido asesinadas mil mujeres. ¿Cómo debemos combatir esa lacra?

Tenemos que romper el silencio que protege a los hombres violentos. Las leyes tienen que estar del lado de la mujer, de manera que sea más fácil hablar de lo que sucede en el hogar. Y, por encima de todo, la educación tiene que empezar desde muy temprana edad, porque los niños sufren en un hogar donde hay violencia, quizás son ellos los que más sufren.

Hace una semana, Vargas Llosa criticaba las cuotas en un artículo, asegurando que «nada sería tan ofensivo y discriminatorio para las mujeres que ser invitadas a las conferencias como bultos o números a fin de llenar un cupo aritmético, que fingiría respetar la equidad». ¿Es usted partidaria de las cuotas?

Sí.

¿Por qué?

Porque si no siempre tendremos a hombres blancos sentados a la mesa. Por eso estoy a favor de las cuotas. Es triste tener cuotas. Ningún hombre y ninguna mujer quiere ser una cuota. Las mujeres queremos ser invitadas a la mesa por nuestra inteligencia, por nuestra elocuencia, por nuestras ideas, por nuestra compañía, queremos ser invitadas a la mesa por esas razones, pero hay elementos subjetivos.

¿Hemos logrado ya superar ese concepto de feminidad, que usted define como «anticuada», por el cual la mujer es «serena y aguanta»?

Si quisiéramos ser irónicos podríamos decir que tener ese sacrificio constante, mantener esa paciencia o estar siempre al servicio de alguien más son talentos. Lo que yo digo es que podríamos encontrar otros talentos.

¿Cómo por ejemplo?

No sabría decirle, porque mi labor como escritora no es decirle a nadie cómo debe ser.

Y, en esa nueva feminidad que debemos buscar, ¿qué lugar ocupa la maternidad? Porque yo, que casi tengo 40 años, he escuchado muchas veces eso de: ¿y no vas a tener hijos? Reivindico mi derecho a no ser madre, y no soy la única.

La idea de que una mujer sólo es auténtica si tiene hijos... eso es el patriarcado hablando. La mujer tiene que hablarse a sí misma: preguntarse qué es lo que quiere, qué es lo que desea. Y debe escuchar esa respuesta, salir al mundo con ella y llevar una vida que tenga valor, sentido y significado para ella. Porque el patriarcado le da otro valor y significado a la mujer, se centra en sus necesidades.

En sus libros habla del «gran misterio que supone querer reprimir a las mujeres». Pero, en esa «historia de la represión de la mujer», me interesa mucho lo que dice sobre que hay un misterio aún mayor, que es el de cuando «las mujeres quieren reprimir a las mujeres». ¿Por qué sucede eso?

Ojalá lo supiera… Creo que es el miedo a los propios deseos. El patriarcado ofrece una falsa protección a las mujeres que lo apoyan. En esas mujeres hay una especie de autoodio que hace que se nieguen a comprometerse con sus propios problemas y que siempre busquen una figura autoritaria que de manera simbólica las protegerá. Hace años, el historiador Glen Jeansonne publicó un libro muy interesante, titulado Women of the Far Right: The Mothers’ Movement and World War II (Las mujeres de la extrema derecha: el movimiento de las madres y la Segunda Guerra Mundial), que se debería reeditar ahora, me parece muy pertinente para nuestra época.

Ahora que menciona a la extrema derecha, a usted, con la mochila que carga a sus espaldas de la memoria de la Sudáfrica del «apartheid», ¿qué le parece el crecimiento de los nacionalismos en todo el mundo?

Sí, ¿qué tipo de mensaje estamos lanzando en la botella…?

Lo hemos visto en las recientes elecciones europeas: existe el riesgo de que la ultraderecha empiece a campar a sus anchas por toda Europa.

Parece que tenemos una memoria muy a corto plazo. Todas las estatuas, todos los memoriales, todas las ofrendas florales deberían decirnos algo, como mínimo del siglo XX. En esta fase del capitalismo hay mucha desigualdad y ausencia de liderazgo, pero lo más importante es que el lenguaje de la política debe cambiar para que quepa la duda, para que se pueda hablar de una manera más auténtica, más real. El lenguaje de la política es… podríamos escribir todos el guión de lo que vamos a escuchar a continuación. Yo lo centraría todo en el lenguaje, porque la única gente que no tiene dudas en la vida, la gente que habla con esa rigidez, son los psicópatas. Tenemos que buscar otro lenguaje.

Sin olvidarnos del Brexit...

¡Oh! (se echa las manos a la cabeza). ¿Tienen un apartamento para mí en Madrid? (ríe)

Antes ha mencionado el problema que supone la ausencia de liderazgo político en Europa. ¿Qué le parece que un político como Boris Johnson pueda convertirse en líder del Reino Unido y, por tanto, vaya a influir en su destino?

El Brexit me rompe el corazón. Es un tema muy complejo, con ideas muy anticuadas sobre el imperio, sobre un Reino Unido que ya no existe en realidad. Pero también tiene que ver con la austeridad, una austeridad que ha hecho sufrir a mucha gente, con los bancos de alimentos, con la desigualdad, con una brecha que cada vez es mayor. Cuando eso sucede, habilita un lugar para la gente que se siente invisible, la gente que es motivo de burla, que es menoscabada, buena gente que siente que no tiene voz. Esto siempre brinda un espacio a la extrema derecha, que se apresura a ofrecer a esa gente falsas promesas. Pero, en lo que respecta al Brexit, lo único que puedo decir es que me rompe el corazón y que, si tiene una cama en su piso de Madrid, yo le haré un té estupendo dos veces al día (ríe).

Bueno, hablemos de cosas más alegres y amables, como el amor. Le cito: «Cuando el amor se tuerce, se tuerce todo». Y, sin embargo, usted logró enderezar su vida, como también lo hizo su madre.

Sí. Esta autobiografía es la búsqueda de una vida que no esté al servicio de los demás: habla de invitar a tu mesa a amigos, pero también a extraños y desconocidos. Porque, en realidad, para mí la vida va de eso, de crear cosas con amigos, antiguos y nuevos.

¿Y cuándo se dio cuenta de que el «Gran Amor», con mayúsculas, no sería la única estación que viviría a lo largo de su vida?

Siempre pensé que el amor iba a ser duradero, quería creerlo. Y me parece muy emotivo ver parejas de gente mayor que llevan juntos tantos años. La autobiografía está escrita desde el amor, porque el amor lo más subversivo que hay, con el amor lo arriesgas todo; en cambio, en el odio no hay riesgos.

En ese sentido, vuelvo a citarla: «Convertirnos en la persona que otro ha imaginado por nosotros no es libertad, es hipotecar la vida por el miedo ajeno. Si no podemos imaginar al menos que somos libres, vivimos una vida equivocada». ¿Usted se siente libre? ¿Tiene la sensación de que vive, por fin, la vida correcta?

Creo que, al final, nadie se siente realmente libre, porque la vida no es así. Sí creo que estoy viviendo la vida correcta para mí, pero yo llevo una vida muy sencilla: me gusta cocinar para mis hijas, para mis amigos y para desconocidos -esta parte es muy importante, los nuevos amigos son muy importantes en mi vida-; me gusta escribir; me gusta nadar cada día… En realidad, el tema de la autobiografía es plantear si la sociedad va a seguir escribiendo el guión de cómo debe vivir una mujer; porque, si es así, entonces tienes que entrevistar a ese escritor y decirle que te gustaría introducir unas cuantas correcciones (ríe). Mejor poder escribir tu propio guión.

Volviendo a la literatura, sostiene que «toda escritura consiste en mirar y escuchar y prestar atención al mundo». Pero, ¿qué sucede cuando el mundo no nos presta atención a nosotros, cuando nos resulta ajeno y transcurre al margen nuestro?

Sí, por eso tenemos las novelas y la escritura. Hollywood lo dice muy bien: quién quiere qué y qué le impide tenerlo. Y creo que es una frase que está muy bien y siempre la planteo en mi escritura.

¿En qué momento dejó de tener miedo al «poder» de escribir?

Cuando era niña, era muy tímida y no hablaba mucho. Una profesora, para intentar que hablara más alto, me dijo que escribiera mis pensamientos. Yo no tenía ni idea de que se pudiera hacer algo así, pensaba que siempre tenías que escribir historias. Cuando tuve que marcharme con mi familia, descubrí que esas reflexiones eran bastante importantes. Toda la escritura tiene que ver con el pensamiento, con ser dueño de tus pensamientos. La literatura es un buen lugar para explorar la riqueza de la mente humana y la ficción tiene que incorporar esa mente. Es muy potente escuchar a alguien que da una charla que sale de algo auténtico, real, es algo que puedes sentir en tu cuerpo, ese momento en el que aguantas la respiración... Y hay tantas mujeres en el mundo que son elocuentes, pensadoras tremendamente sofisticadas, que han afrontado lo que la vida les ha lanzado, que tienen una crítica astuta… y cuando escuchamos el poder de eso, cuando lo leemos.. ¡es rock and roll!

Y es ahí donde radica el sentido de escribir.

Así es, usted lo ha dicho.

Termino citándola, una vez más: «A veces un animal consuela más que un libro». ¿Dónde encuentra consuelo Deborah Levy?

Oh… En el mar Mediterráneo, en un pescado delicioso, en compañía de amigos, en la luz del sol y en la soledad de la vida de escritora.