Los mejores libros de 2012, según los críticos
John Banville, autor de «Antigua luz», la obra seleccionada por Rodrigo Fresán
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Los mejores libros de 2012, según los críticos

A punto de cerrar el año, los críticos literarios de ABC Cultural han aceptado el reto de elegir lo mejor de la variada cosecha de 2012: Antonio Mingote, John Banville o Marilynne Robinson, entre otros

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Luis Alberto de Cuenca

«El diario de Hamlet», de Antonio Mingote (Planeta)

Mingote no solo fue uno de los mejores dibujantes españoles de los últimos setenta años, sino también un gran escritor. Cuando comenzaba este año de 2012 que ahora termina, nos dejó físicamente. Unos meses después aparecía en librerías, con un cómplice prólogo de Catalina Luca de Tena, su obra póstuma El diario de Hamlet, una delicia en la que el maestro reescribía a su modo la tragedia shakespeareana desde el punto de vista de su protagonista, el rubio y dubitativo príncipe danés, enriqueciendo la aventura hamletiana con diez estupendas ilustraciones, además de una calavera con una flor en la boca, que es el motivo de la cubierta.

Mingote adoraba a Shakespeare. Era su escritor favorito. Lo comprendo perfectamente, pues nadie como el viejo Will ha sabido adentrarse con tanta sabiduría y profundidad en la intrincada psicología de los seres humanos. La historia de Hamlet reproduce la que Esquilo nos cuenta en la Orestíada, que también encuentra acogida en los Gesta Danorum de Saxo Gramático o en las Histoires tragiques de François de Belleforest. Y Mingote vuelve a contar la misma historia al final de su larga y fértil vida literaria y dibujística, porque los grandes temas, aunque sean contados muchas veces, conservan siempre la frescura de la primera vez. Pero es que, además, nuestro autor inserta en la acción de su Diario de Hamlet personajes nuevos inventados por él, como Blaska, la gordísima y entrañable tata de Hamlet, o Knut, padre de Horacio, y Gerda, su hija, que acogen al príncipe en Dinamarca a su regreso de Inglaterra (donde ha salvado el pellejo de milagro).

Estos sagaces añadidos, unidos al finísimo humor que transita por todas y cada una de las páginas de El diario de Hamlet, hacen de este libro póstumo del gran Mingote una auténtica fiesta para los fans de su escritura y de su trazo mágico, entre los que me cuento desde hace medio siglo.

Jaime Siles

«Poesía completa», de Paul Auster (Seix Barral)

De los libros de poesía extranjera publicados este año creo que es este de Paul Auster el que más –y a más gente– puede imantar. Y no solo porque contribuye a hacernos comprender la personalidad literaria del novelista, sino porque, en Poesía completa, miniatura, memoria y espejismo se funden en una singular textualidad en la que el peso de la tradición moderna francesa y alemana resulta superior a la de la angloamericana y en la que lo plástico es tan determinante como lo conceptual.

Auster cree en el significado y no incurre en la desesperación. Su mezcla de metáfora, relato y parábola es un intento de «encontrar una palabra igual al silencio» que puebla su interior. Atraído por lo percibido más que por lo representado, el lenguaje es para él «un medio de organizar la experiencia».

Poesía en el límite del lenguaje y, a la vez, más allá de él, la de Auster es «palabra clandestina» que encuentra en la página su propio espacio de escenificación, en el que los nombres se convierten en las cosas y al revés. De ahí ese «delirio coral» que es una forma de mutismo. A la riqueza de esta escritura se suma la brillantez de una insuperable traducción capaz de reflejarla.

Manuel Lucena Giraldo

«Contra la memoria», de David Rieff (Debate)

Las líneas finales de El gran Gatsby versan sobre la imposibilidad del futuro y la regresión hacia el pasado, que constituiría el destino de nuestra existencia. Este excepcional ensayo de David Rieff nos recuerda que Gatsby fue solo uno, o que la posibilidad de extrapolar memorias de una persona e inventar espacios míticos colectivos tiene mucho peligro. Para ser más exactos, lleva más de dos siglos llenando cementerios, y por aquí hay carroñeros del pasado que andan dedicados a llevarnos de regreso al siglo XIII.

Rieff nos recuerda que estos promotores de la memoria colectiva la convierten en «arsenal de armas necesarias para continuar las guerras, o para mantener una paz endeble y fría». Rodeados por el incienso que nos venden, leemos a Rieff y recordamos con él y sus brutales ejemplos yugoslavos que la memoria colectiva no es posible, y si se la reivindica es para ocultar crímenes y robos. O para huir de la razón y la «seriedad política». Incluso para escamotear el imperativo ético del olvido. La vida debe continuar. Los muertos callan en sus tumbas.

Andrés Ibáñez

«En casa», de Marilynne Robinson (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores)

Elegir «el mejor libro del año» es una empresa más que difícil. ¿El mejor para quién? ¿Desde qué punto de vista? Si tuviera que elegir un ensayo, elegiría La imagen del mito (Atalanta), de Joseph Campbell, candidato también al libro visualmente más bonito del año. Si tuviera que elegir un libro español, elegiría Medusa (Seix Barral), de Ricardo Menéndez Salmón, fascinante falsa novela llena de citas de libros asombrosamente líricos y crueles. Si tuviera que elegir el texto que más me ha impresionado, elegiría «El ángel Esmeralda», en el volumen de cuentos del mismo título (Seix Barral) de Don DeLillo.

Pero optaré por una obra de intensa belleza y de rara densidad, En casa, de Marilynne Robinson, una escritora de esas que hace unos años hubiéramos calificado de «secreta», a pesar de haber ganado el Premio Hemingway con su primera novela y el Pulitzer con la segunda, y que ahora, para suerte de todos, ya no lo es tanto. Literatura entendida no solo como arte, sino también como una especie de droga, o una especie de religión. Literatura con algo de arcaico, de gótico americano. Pura literatura, encantamiento de las imágenes.

Luis García Jambrina

«Gran Vilas», de Manuel Vilas (Visor)

Gran Vilas, Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, es el último libro de poemas de Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962). Como anuncia el título, lleva a sus últimas consecuencias lo que podríamos denominar la autoficcionalización del yo, a través de un personaje poético llamado Manuel Vilas, verdadero hilo conductor, que alcanza la apoteosis final en el último poema, en el que el yo lírico imagina su propia muerte.

Frente a las viejas ideologías, ya desfasadas e inoperantes, el autor aboga aquí por la democratización de la felicidad (un ejemplo: «No concibo el paraíso si no es a precios populares»), que viene definida por la posesión de los bienes de consumo y el disfrute de algunos placeres terrenales, como la alegría, el sol, la fiesta o el bienestar y la salud del cuerpo, aspectos que ahora mismo están en entredicho. El resultado es un libro que sorprende, provoca, emociona, entusiasma, hace pensar y defiende una ética del placer, frente a tanta austeridad reinante. Lírica de gran altura para tiempos de crisis.

Rodrigo Fresán

«Antigua luz», de John Banville (Alfaguara)

Dudo, primero, entre dos títulos que proponen idiomas propios y personales: Antigua luz, de John Banville, y El viaje de Mina, de Michael Ondaatje. Pero se impone el irlandés Banville (Wexford, 1945), dueño generoso –porque nos la regala– de la mejor prosa actual en inglés. (Nota para fans: acaba de publicarse en Reino Unido su antología personal Possessed by a Past: A John Banville Reader.)

En Antigua luz–tras haber sido estrenados en Eclipse y vueltos a montar en Imposturas–, aparecen el crepuscular actor Alexander Cleave y su hija suicida y fatal Cassandra «Cass» Cleave en contrapunto con la evocación de un romance prohibido y pasado de adolescente con señora mayor.

Y recuerden: en Eclipse, Cleave anticipaba la génesis del inminente fantasma de su hija con modales casi jamesianos. Y en Imposturas era Axel Vander –máscara transparente del polémico Paul de Man y a quien Cleave interpretará en el cine– el que viajaba a Turín a enfrentarse con una Cass dispuesta a denunciar sus pecados académicos.

Pero Antigua luz cuenta, además, con el propio Banville como actor de reparto y con la gracia añadida (¿influencia de su policiaco «gemelo idiota», Benjamin Black?) de proponer una suerte de thriller en el que la víctima y el asesino y el detective son la misma cosa: la memoria. Y sus mareas y el modus operandicon que decidimos primero olvidar las cosas para después, ahogados en el mar de nuestro pasado, poder recordarlas como más y mejor nos convenga.

Leemos ya en la primera página: «Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Algunos afirman que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. Los pecios que elijo salvar del naufragio general –¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual?– a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos».

Otra obra maestra de un maestro.

Arturo García Ramos

«El lenguaje del juego», de Daniel Sada (Anagrama)

En tiempos en que la novela busca refugio en la Historia o el cine, fuera de sí misma, de lo que deber ser el arte, este escritor mexicano nos ha dejado una obra breve, compacta, inalienable. El valor de las novelas de Sada es no huir, ni de la encomiable tarea de perseguir la expresión artística, ni de la obligación que el escritor tiene de dialogar con su tiempo.

Nada más fácil para definir su personalísimo estilo, la cadencia musical y retórica de una prosa en la que se aprecian las vibraciones y los ecos del verso, que la inversión del título de su última y póstuma novela: el juego del lenguaje. Un juego que consiste en experimentar con la palabra más allá de sus fronteras gramaticales mediante ingredientes tan contradictorios como la oralidad de un idioma que él aprendió en Mexicali y las elaboradísimas expresiones barrocas de un estilo culto, elusivo y alusivo.

El universo literario de Sada está habitado por personajes humildes en una geografía que comparten con los seres más representativos de las ficciones de Bolaño. Un mundo donde los narcos y el abismo de la violencia apenas permiten un corto vuelo a la esperanza.

Juan Ángel Juristo

«Todos los cuentos», de Antonio Pereira (Siruela)

No es una novedad, pero sí tiene algo de acontecimiento y, desde luego, lo tiene todo de acto de justicia. Hace tiempo que muchos esperábamos la publicación completa de los cuentos de Antonio Pereira (1923-2009) y, mientras vivió, intentos hubo, más de uno, pero siempre se fueron al traste. De ahí mi enhorabuena por esta edición bella y cuidada.

Con un prólogo de Antonio Gamoneda al modo de misiva, el lector se encontrará aquí con relatos de una rara perfección –«Los brazos de la y griega», «Los preventivos», «El ingeniero Balboa», «El síndrome de Estocolmo» o «Las nieblas de la Purísima»–, que dan al traste con ciertos prejuicios, como que Pereira es un escritor costumbristao que bebe en las aguas del rancio realismo, sin percatarse de que Pereira es autor de una factura lírica intensa, de un estilo terso y preciso, cargado de sentido del humor y de una ironía muy propia del noroeste, su referente imaginario. Algunos tuvimos la suerte de oírle, no solo de leerle. Y en esos momentos recordábamos a Platón.

Juan Malpartida

«El instinto del lenguaje», de Steven Pinker (Alianza)

Steven Pinker es toda una autoridad en cognición, algunas de cuyas ideas tienen origen en Chomsky. Ha tratado de llevar a cabo una demostración lo más científica posible de sus hipótesis en La tabula rasa (2002) y El instinto del lenguaje, reeditado este año.

Lenguaje innato no quiere decir que nazcamos hablando una lengua, sino que genéticamente estamos preparados para aprender lenguas, que, a su vez, tienen una base estructural universal. El lenguaje no es el resultado de una afortunada mutación genética, sino que diversas localizaciones cromosomáticas están implicadas en su compleja actividad, y todo ello sujeto a las leyes de la evolución. De hecho, el lenguaje tiene que ver con la sintaxis, con la semántica y con la intencionalidad y los afectos, y varias de estas cualidades son compartidas, en alguna medida, con otros animales.

El lenguaje, nos dice Pinker, también está formado por módulos computacionales adaptados. Lo cual no nos impide disfrutar de un poema o escribir/leer Anna Karenina, y al mismo tiempo gritar socorro ante un peligro.

José María Pozuelo Yvancos

«El tango de la guardia vieja», de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)

Arturo Pérez-Reverte cambia de mundo. Sus dos novelas anteriores, al margen de las de la serie de Alatriste, habían estado centradas en episodios históricos reales de la Guerra de la Independencia (Un día de cólera) y las Cortes de Cádiz (El asedio). El tango de la Guardia Vieja supone la más explícita y amplia entrada del autor en el género de la novela amorosa, combinada con una intriga cuyo telón de fondo es el espionaje de fascistas durante la guerra de España y las rivalidades de la «guerra fría».

Pérez-Reverte ha dado una importancia crucial al amor-pasión, que llega a tratar en distintos estadios de la edad. El segundo gran ingrediente que hace excelente esta historia es el exquisito cuidado de los detalles de ambientación, artísticamente trabajados. Hoteles, marcas de bebida o de perfume, espacios geográficos, automóviles, jugadas de ajedrez, van configurando una atmósfera recorrida con tal precisión que el lector se ve metido con fuerza y plasticidad en tres épocas decisivas: 1928, 1937 y los años sesenta. Una novela de compases magistralmente medidos.

Mercedes Monmany

«Trilogía de la ocupación», de Patrick Modiano (Anagrama)

Uno de los mejores escritores de nuestra época, el francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), a pesar de no haber vivido ese periodo, ha elevado su tema fetiche por excelencia, la época de la Ocupación alemana en Francia, a la categoría de territorio mítico y literario o, si se prefiere, de oscura patria melancólica y atormentada; en su caso, narrada con inusual fuerza y calidad artística. Un lapso que históricamente va de mayo de 1940 a diciembre de 1944 y que quedaría ya para siempre asociado a la característica y embriagadora maestría poética de este autor, descubierto en su día por el patriarca del Oulipo, Raymond Queneau.

Con una infancia marcada por la ausencia –su padre, judío italiano, pasaba largas temporadas fuera de casa, envuelto en negocios nunca demasiado claros, y su madre, actriz, se hallaba a menudo de gira–, el adolescente Modiano escogió desde muy pronto habitar en el calor de otro hogar y familia sustituta: la literatura. Un hogar envuelto entre tinieblas y seres desarraigados que él explica así: «Como los que no tienen un origen claro ni unas raíces, yo estoy obsesionado por mi prehistoria. Y mi prehistoria es el periodo turbio y vergonzoso de la Ocupación».

También se lo hacía decir a un personaje de una de sus historias: «Se trata del tema de la sobrevivencia de los desaparecidos, de la esperanza de volver a encontrar un día a los que se han perdido en el pasado». En estas líneas se concentra casi todo el andamiaje nostálgico, autobiográfico, laberíntico, de su producción literaria.

A lo largo de más de cuatro décadas, sus novelas, a caballo entre la pesquisa policiaca y los fantasmales viajes a través de la memoria, a lo Proust, han hablado casi invariablemente de enigmas procedentes de identidades múltiples y borrosas; de la sordidez y la miseria de la traición; de la delación y el antisemitismo; del colaboracionismo y los negocios infames.

Rozando la ilegalidad, impostores, extorsionadores y traficantes se mueven por los submundos de Patrick Modiano, presentes, ya desde sus mismos comienzos, en la magnífica e imprescindible Trilogía de la Ocupación (1968-1972), formada por El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación.

Anna Caballé

«Robespierre», de Javier García Sánchez (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores)

Un libro a caballo entre la biografía de un hombre que jugó un papel decisivo en la Revolución Francesa y la novela, con su dosis de recreación de atmósferas y personajes. La falta de astucia política de Robespierre atrajo sobre sí la culpa de crímenes que tal vez no le correspondían y de los que no supo defenderse.

Se le hizo responsable casi único del Terror (1793-1794) y murió de una forma que estremece; pero García Sánchez lleva a cabo una paciente, laboriosa, documentada y poética excavación del París revolucionario, mostrando cómo bajo la aparente realidad de los hechos existe una verdad distinta que en su momento convino silenciar, transformándola en una gran mentira sobre la cual todavía nos apoyamos. Es fácil dejarse llevar por la sólida y estructurada escritura narrativa, por la forma en que se nos conduce a las razones que hacen que de pronto alguien se convierta en chivo expiatorio. García Sánchez demuestra cómo los mezquinos intereses de quienes son los verdaderos responsables del Terror se imponen fácilmente a los escrúpulos de Robespierre y le endosan sus propias culpas. La mejor novela histórica que he leído en años.

Patricio Pron

«La soledad del lector», de David Markson (La Bestia Equilátera. Buenos Aires)

A sabiendas de las omisiones y los olvidos que la práctica genera, pero también de lo idiosincrásico de este tipo de repasos anuales, escojo como mejor libro del año la novela de David Markson La soledad del lector. Claro que afirmar que es «una novela» posiblemente resulte inapropiado.

Markson reúne aquí anécdotas y referencias literarias pertenecientes particularmente a las literaturas anglosajonas cuya vinculación entre sí puede parecer caprichosa, pero cuya acumulación acaba arrojando un sentido y (de forma misteriosa) contando una historia: alguien que ha escrito algunos libros se muda ya en la vejez a una casa en las proximidades de un cementerio y allí rememora una vida de amores, enfermedades y, particularmente, lecturas.

«¿Qué es una novela en todo caso?», se pregunta, y la respuesta, si acaso, es que una novela es todo aquello que leamos como una novela, incluyendo un texto como este, constituido por los «restos flotantes» y las «cositas sueltas» que son todo lo que queda de la vida de un lector cuando muere.