James Joyce en París (1934)
James Joyce en París (1934)
LOS LIBROS DE MI VIDA

Cuando el pasado pesa más que la sangre

Joyce trazó en su «Retrato del artista adolescente» una magistral recreación de una adolescencia marcada por su educación religiosa en Irlanda

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Borges, que admiraba a James Joyce, apuntó que hay páginas del autor irlandés que podrían ser equiparadas a Shakespeare. No exageraba porque Joyce es probablemente el más grande escritor en lengua inglesa del siglo XX. Y no sólo por el Ulises, un reto para el lector por su difícil lectura, sino por sus relatos y, sobre todo, por su Retrato del artista adolescente. Tardó diez años en escribir esta obra, que apareció por entregas en 1914. Podría clasificarse dentro del género de la Bildungsroman o novela de aprendizaje porque narra la infancia y juventud de Stephen Dedalus tras el cual se esconde el propio creador. Es un texto de inspiración claramente autobiográfica, ya que Joyce ni siquiera se molesta en cambiar los nombres: el personaje de Eileen es su primer amor de adolescencia y Conglowes es el colegio de jesuitas donde estuvo internado. No se puede entender el legado literario de Joyce sin la profunda influencia de la religión y, más concretamente, de este centro de Conglowes.

En una ocasión un amigo le preguntó por qué había reaccionado con tanto pánico a un ataque de un perro. La respuesta de Joyce fue inmediata: «Tú no has estudiado en un colegio católico en Irlanda. Tú no sabes nada acerca del miedo al infierno, la predestinación y el castigo divino!». Y es que el escritor, que renegó de su fe y se hizo ateo, no podía evitar creer que lo que le sucedía era consecuencia de la voluntad de Dios. El conflicto entre sus deseos y sus sentimientos y la estricta moral jesuítica, tan aficionada a la casuística, está omnipresente en las páginas del Retrato del artista adolescente, que concluye cuando Stephen pierde la fe y descubre su vocación artística. En ese momento, siente que se ha liberado de un enorme peso interior, pero sabe también que quedará marcado para siempre por esa impronta religiosa que trata de conjurar en sus libros.

Habría que recurrir al psicoanálisis para comprender el sentido de esta novela, en la que resulta evidente esa pulsión de repetición lacaniana que se manifiesta en la obsesión por los ritos religiosos en toda la narrativa de Joyce, incluyendo el Ulises, en el que la cultura católica impregna todas sus páginas desde el inicio en el desayuno en la torre Martello a la vuelta al hogar de Bloom.

Al leer el Retrato, siempre he tenido la sensación de que para ser ateo hay que haber pasado antes por una profunda fe. Sólo se puede abjurar del Ser Supremo si no se ha se vivido lo que supone una entrega a sus designios. Y esto lo formula de manera implícita Joyce cuando revela los remordimientos por sus pecados, cuando tiembla ante las consecuencias de sus actos y cuando se siente miserable y sucio al recurrir por primera vez a los servicios de una prostituta.

Todo en esta obra es rememoración de un pasado vivido y que sigue atormentado al autor como cuando evoca el pavor que le produjeron unos ejercicios espirituales en los que «sintió el escalofrío de la muerte que se apoderaba de sus extremidades y se deslizaba hacia el corazón» tras escuchar al predicador un sermón sobre la salvación y el infierno. Confieso que siento una gran fascinación por este libro de Joyce por la sencilla razón de que yo también estudié en los jesuitas y viví muchas de las experiencias que relata como los castigos físicos, que hace medio siglo eran habituales en los colegios religiosos y que hoy nos pueden parecer inhumanos.

Pero la gran pregunta que siempre me he formulado al leer el Retrato es por qué se escribe y qué sentido tiene rememorar hechos tan dolorosos como lejanos. No tengo una respuesta a este interrogante, pero supongo que escribir es exorcizar el pasado y, a la vez, mantenerlo vivo porque el tiempo se nos escapa de las manos. Joyce demuestra en esta novela no sólo una increíble maestría en el relato, con continuas variaciones en el lenguaje que corresponden a cada situación y personaje, sino además una insuperable capacidad de penetración en el alma humana, ya que nadie ha descrito jamás la adolescencia como el escritor irlandés en este libro.

El autor del Retrato decidió abandonar Dublín junto a su esposa para emigrar a París, Zúrich, Trieste y otras ciudades en un intento de liberarse de los fantasmas de su formación y el legado familiar. No lo consiguió, pero se llevó a la tumba el secreto de que tal vez esa distancia geográfica era una forma de volver a un origen del que nunca salió.