Detalle de la exposición de Cristina Iglesias en el Centro Botín de Santander
Detalle de la exposición de Cristina Iglesias en el Centro Botín de Santander
ARTE

Cristina Iglesias, la reina de los mares

El Centro Botín de Santander reúne una selección de 22 piezas de la escultora Cristina Iglesias. Una sutil retrospectiva

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Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) no es una extraña para el Centro Botín de Santander. El proyecto arquitectónico del italiano Renzo Piano para el nuevo espacio de la Fundación Botín siempre fue pensado y estuvo unido a la intervención escultórica que la artista iba a realizar en los Jardines de Pereda, en los alrededores del elegante edificio: cuatro construcciones de piedra gris y de acero fundido que funcionan como pozos de agua (así los llama ella) y un estanque. De alguna manera, vasos comunicantes que se relacionan con el Cantábrico tan próximo. Como si el mar se filtrara bajo la superficie para emerger unos metros más allá, tierra adentro, a través de este conjunto escultórico. De hecho, se titulan Desde lo subterráneo. La ciudad se ha acostumbrado ya a circular en bicicleta y a andar alrededor de estos sutiles cubos, lo mismo que sube y baja por la estructura del citado edificio de cubierta blanca y reflectante.

Desorden ordenado

Dados estos antecedentes, era obvio que Cristina Iglesias tenía que entrar en la programación expositiva del centro, ocupando sus salas con una selección de sus piezas o con una intervención específica para estos espacios. Ha sido la primera opción la que ha primado. Vicente Todolí -ex director de la Tate Modern, amigo de la artista desde hace muchos años y comisario de la muestra- ha optado por montar una retrospectiva cuyo discurso en absoluto es cronológico. No nos topamos con la vida y la obra de Cristina Iglesias en un orden preciso, académico, año por año: de 1992 a 2018, periodo que recorre el conjunto de veintidós piezas (o piezones, diría yo) aquí reunidas. Tampoco se trata de desorden argumental, sino de ese concepto tan de andar por casa que se denomina un «desorden muy ordenado». Están las obras que tienen que estar y dispuestas a lo largo de las salas con la sutileza precisa para que no se estorben entre ellas y tampoco al público que se pasea, que deambula, de aquí para allá sin mayores obstáculos que los de su curiosidad.

Este montaje resulta brillante porque permite redescubrir a la primera Cristina Iglesias con la misma intensidad (o más, si cabe) que la que conocemos desde que se convirtió en una de las creadoras más cotizadas del discurso contemporáneo (del mercado a los museos de medio mundo). Podemos fechar este instante cuando diseña las puertas de la ampliación del Museo del Prado, del cubo de Moneo. Pero hubo un antes, y ese se puede apreciar ahora con trabajos más matéricos, rotundos en su presencia y en su forma. No siempre Cristina Iglesias ha sido ese tejido de techos suspendidos, habitaciones, estructuras enrejadas, celosías...

Belleza abstracta

Sinceramente, lo mejor que tiene Cristina Iglesias -más allá de su valor específico en el mundo del arte y sus experimentos formales y conceptuales- radica en que cualquiera puede acercarse a su obra y disfrutar con la elegancia de sus composiciones. No hace falta que uno entienda demasiado, basta con transitar por los espacios que crea y deleitarse con una belleza abstracta marca de la casa.

Por cierto, y por ponerle una pega a la propuesta: presenta una escultura perteneciente a su última serie (Growth) que ocupa una sala especial (como una hornacina), iluminada con luz natural, que hace las delicias del espectador, pero que no termina de cuajar con el resto.