arte

Las siete vidas de Damien Hirst

Damien Hirst representa el «kitch» con acento británico con todos sus defectos y virtudes. Su exposición en la Tate Modern, en este verano olímpico en Londres, da cuenta de ello

Actualizado:

Damien Hirst tiene siete vidas y se conserva mucho mejor que sus animales sumergidos en formol, imagen perfecta de la obra como metáfora de lo excesivo elevado a la enésima potencia. El mundo del arte con su crítica y sus críticos a la cabeza le han matado varias veces, han intentado ahogarlo en la aguas del Támesis a plena luz del día, y él siempre ha logrado sacar la testa a flote para tomar un poquito de aire y regresar nadando a las orillas del escándalo, su mejor flotador; a suscitar más odios que amores. Ha «muerto» y ha resucitado varias veces, y eso sin que se note mucho, sin que su cotización se haya resentido en exceso. Señores, el kitsch es así, no apto para aburridos, para bien pensantes, para estetas recalcitrantes. Puede, eso sí, que resulte perfecto para turistas masivos.

De nombre: «escándalo»

Por eso la Tate Modern de Londres, que vive de sueños olímpicos y de récords mundiales hace mucho tiempo, decidió que el artista perfecto para levantar sus cifras anuales todavía más –batir una marca en el año de la antorcha y de los aros– lleva por nombre «escándalo» y por apellido, «desproporción». Un artista británico cien por cien. Es decir, con el concepto kitsch como sinónimo de excesos y defectos, tatuado no solo en la piel, sino también en las venas.

La Tate Modern de Londres le abre las puertas de par en par y le monta su primera gran retrospectiva a los cuarenta y seis años para que, cual niño con zapatos nuevos y con divorcio de tabloide amarillista en su agenda, pretenda escandalizarnos –¿una vez más?– con sus animales sumergidos en formol, de la vaca al famoso tiburón del millón de dólares, con sus mariposas volanderas, sus «pastis» multicolores, con sus artilugios quirúrgicos... Un preciso cirujano del kitsch sin miedo a los cortes radicales.