Julio Cortázar, autor de obras como «Historias de cronopios y de famas» o «Rayuela»
Julio Cortázar, autor de obras como «Historias de cronopios y de famas» o «Rayuela»
LIBROS

El Cortázar de Dalmau, una lectura incómoda

Miguel Dalmau convierte su biografía de Cortázar en una acusación sujeta a especulaciones que no pueden ser avaladas

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«Volvé, Cortázar». Así decía un grafiti escrito en un muro de Buenos Aires, años después de que muriera el escritor, el 12 de febrero (que no de octubre) de 1984, con 69 años, dejando como legado no solo una obra literaria fascinante, abierta e inmensamente inspiradora, sino el ejemplo de un hombre que buscó ser consecuente con sus ideas. Los biógrafos no se hicieron esperar. El punto de inflexión lo marcó Mario Goloboff, amigo del escritor, con «Julio Cortázar. La biografía» (Seix Barral, 1998), un libro próximo y documentado que ya enfatizaba el peso del universo femenino (que en su biografía Miguel Dalmau llamará gineceo, para subrayar el posible carácter hermético y opresivo del grupo familiar –madre, tía, abuela y hermana; Cortázar era el único varón) en su infancia.

Subrayemos, entre otras, las posteriores aportaciones de Miguel Herráez (mejor la versión de 2011 editada por Alrevés) y sobre todo la del periodista argentino Eduardo Montes-Bradley, «Cortázar sin barba» (Debate, 2005), escrita como contestación a la de Goloboff. La biografía de Bradley tenía una clara voluntad desmitificadora, poniendo de manifiesto que Cortázar era un autor, más francés que argentino, que adoptaba un doble rasero a la hora del compromiso intelectual.

Conflicto edípico

Puede decirse que la biografía de Miguel Dalmau, autor de arriesgados y siempre muy personales proyectos, arranca del punto de vista adoptado por Bradley. Si este hacía hincapié en la ausencia del padre como un vacío que libró al escritor a un matriarcado dañino –¿acaso es culpa de las mujeres que los hombres se deshagan de sus responsabilidades familiares?, ¿se le puede exigir a una joven madre que queda con pocos recursos una educación altruista emocionalmente de sus hijos?–, Dalmau refuerza esa misma impresión, ampliándola al ámbito perturbador ejercido por Ofelia, la hermana de Julio. De modo que su salida de Argentina no estaría motivada por el peronismo sino por una necesidad íntima de liberarse de una atmósfera asfixiante.

Para Dalmau, Cortázar no se fue de Argentina huyendo del peronismo, sino de la atmósfera asfixiante creada por las mujeres de su familia

Dalmau proyectará el conflicto edípico que presenta en las sucesivas relaciones sentimentales del escritor (no contempladas por Bradley), tratadas de una forma forzadamente patógena. El libro debía publicarse en 2014 (centenario de Cortázar), pero la cautela de la editorial Circe ante los reparos manifestados al parecer por la agencia Carmen Balcells encabritaron a Dalmau (su libro «La mala puta» arranca de sus problemas por publicar el manuscrito) y su trabajo ha visto la luz en Edhasa, rodeándose el autor de un sensacionalismo creo que excesivo.

Si en su momento apoyé la biografía de Jaime Gil de Biedma por entender que nos era necesario en la cultura española profundizar en la psicobiografía, ahora me resulta difícil seguirlo. Sin duda nos es preciso, como biógrafos, bucear en las profundidades del individuo, pues los hechos no hablan por sí mismos, hay que interpretarlos –y eso hace valientemente Dalmau con sus personajes–; pero convertir la biografía en un acta de acusación, sujeta a especulaciones que no pueden ser avaladas por la documentación, ni siquiera por la propia trayectoria del personaje, supone una acción delicada. Y una lectura incómoda.