Donald Trump y Emmanuel Macron
Donald Trump y Emmanuel Macron - AFP
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Corrección o barbarie

Ricardo Dudda trata de acotar en «La verdad de la tribu» un concepto transversal y de difícil encaje: la corrección política

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En la tercera temporada de «The Good Fight», uno de los socios del bufete de abogados donde se desarrolla la trama de esta serie ambientada en Chicago postula su candidatura para ser juez federal. La llegada de Trump a la Casa Blanca y su buena relación con una asociación conservadora le allanan el camino. Julius es un votante de Trump en un despacho especializado en defender a afroamericanos en casos de violencia policial. Allí, la mayoría de los abogados son negros, progresistas y odian al actual presidente de Estados Unidos.

Cuando su asesora le aconseja que exhiba su postura provida, él se sorprende: «¿No crees que es demasiado polémico?». «Es polémico aquí porque todos son proaborto», le responde ella. Pero para el puesto de juez federal quieren a un verdadero conservador: «Hablas de tu biografía. La adornas. Eres católico y vives según esa filosofía. Misa una vez por semana y un hijo discapacitado. Sufres síndrome de Estocolmo, Julius. Llevas tanto tiempo entre liberales que no sabes de qué deberías presumir». Julius al fin comprende cuál debe ser su discurso: «Como padre de seis hijos, uno de ellos con distrofia muscular, entiendo los problemas de las familias…».

Lo que en un bando ideológico es perfectamente plausible, en el otro es políticamente incorrecto. Es la consecuencia de lo que Ricardo Dudda (Madrid, 1992) identifica como tribalismo: «Somos animales tribales, construimos clanes». Como explica en « La verdad de la tribu» (Debate), la formación de estos clanes a menudo se asienta en categorías o etiquetas débiles y artificiales. No hay nada más fácil que dividir el mundo entre nosotros y ellos. Charlton Heston y Kim Hunter contaron que en el rodaje de «El planeta de los simios» los actores que hacían de simios y los que hacían de chimpancés comían en grupos separados.

Esa confrontación nosotros-ellos, acaso alentada por la traslación del debate político a las redes sociales, donde cualquiera puede opinar, ofenderse y agraviar protegido por una falsa sensación de impunidad, ha permitido a los populistas marcar el paso estos últimos años: Le Pen en Francia, Bolsonaro en Brasil, Orbán en Hungría… El «nosotros» de los populistas es un pueblo que, harto del Estado liberal, quiere gobernarse a sí mismo; el «ellos», una élite corrupta, un enemigo al que hay que expulsar de las instituciones. Ahí surge el líder carismático que no tiene miedo a ser políticamente incorrecto. Habla para su tribu.

Aunque más que corrección política, reflexiona Dudda, «existen correcciones políticas, espacios donde hay un discurso hegemónico incontestable».

El populista dirá que él sí habla como la gente común: representa a esa mayoría silenciosa que se ha quedado atrapada en callejón de la crisis. Y quien diga lo contrario niega la realidad. Si a Trump le tachan de misógino por llamar «cerdas gordas», «perras» y «guarras» a las mujeres que lo critican, él responde: «Creo que el gran problema que tiene este país es ser demasiado políticamente correcto».

El que todavía se ajusta a los patrones de la corrección reclamará una conversación civilizada que respete la dignidad de las minorías. Y quien se salga de esta línea amenaza las libertades compartidas. Pero feministas, ecologistas o multiculturalistas no advierten que en nombre de esa tolerancia pueden «acabar proponiendo un modelo de sociedad muy cerrado», en tanto que la visión del adversario es, por defecto, ilegítima.

En «La verdad de la tribu», el autor trata de acotar, a veces con tantas referencias que lo alejan de su objetivo, un concepto transversal y de difícil encaje. Así se explica que las primeras en organizarse contra el «sexo políticamente incorrecto», en los años 80, fueran las feministas, y que ahora sea la «derecha punk» quien haga bandera del lenguaje desacomplejado frente a la «izquierda puritana». Dudda apunta que la solución quizá pase por alcanzar un «acuerdo mínimo de convivencia en una sociedad plural y diversa». ¿No era eso la democracia?

El capítulo de «The Good Fight», por cierto, acaba con Julius apartado de la carrera por la plaza de juez federal. Es probablemente el mejor candidato, pero los suyos lo descartan por negarse a prescindir de su asesora, hija de un poderoso muñidor político del Partido Demócrata.