La personalidad del arqueólogo Percy Fawcett (arriba), inspiró a Spielberg para crear el personaje de Indiana Jones (sobre estas líneas)
La personalidad del arqueólogo Percy Fawcett (arriba), inspiró a Spielberg para crear el personaje de Indiana Jones (sobre estas líneas)
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El coronel Fawcett, en busca del arca perdida

Militar y arqueólogo, Percy Fawcett contó su sueño de conquista del Xanadú sudamericano en este libro de viajes y aventuras

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En 1925, el coronel Percy Fawcett (Inglaterra, 1867-Brasil, 1925), su hijo Jack y Raleigh Rimell desaparecerían en la enigmática Sierra del Roncador, en el estado brasileño de Mato Grosso. Remontaban el río Xingú en busca de un Xanadú sudamericano que el propio Fawcett llamó «Z». Percy Harrison Fawcett, que inspiró un personaje de Tintín y el de Indiana Jones y combatió en las cruentas trincheras del Somme, escribe que «es una ciudad que supuestamente está habitada, posiblemente por parte de esa gente tímida» que, según él, era físicamente hermosa y descendía de una raza blanca. Era un objetivo «sui generis» entonces -ahora «demasiado romántico»- y muy poco contante y sonante, como sí lo eran los de las expediciones de conquista o las alentadas por motivos menos fabulosos: mapear territorio y explotar recursos como el caucho.

El «Viaje» no es un libro de exploración al uso. Una sensibilidad todavía muy decimonónica se mezcla extrañamente con especulaciones sobre «fuerzas desconocidas» que antiguas civilizaciones dominaron. Recuerda vagamente a un título tan distinto y posterior como «El retorno de los brujos» (Bergier y Pawels, 1960), que supuso un pequeño revival de las pulsiones victorianas hacia toda clase de pasados míticos y sobrenaturales. Se ha relacionado también con «El mundo perdido» (1912) de Conan Doyle, quien habría acudido a alguna de las conferencias que Fawcett dio en la Royal Geographical Society, encontrando inspiración para su Profesor Challenger. Claro que la amistad del coronel tanto con el «Sir» como con Henry Rider Haggard -«Las minas del Rey Salomón» (1885)- invita a pensar, más bien, en la posibilidad de una retroalimentación entre estos autores del «mundo perdido» y el aventurero.

Teosofía

Para seguir comprendiendo lo particular de la obra y el autor, es interesante mencionar la relación de este con la Teosofía, vía su hermano Edward, quien fue un estrecho colaborador de su fundadora. Es algo más que un dato anecdótico, ya que las doctrinas teosóficas de Madame Blavatsky se refieren a los continentes perdidos, así como a pueblos ancestrales técnica y espiritualmente evolucionados. Para construir su ciudad de Z, Fawcett no recurrió únicamente a la leyenda histórica, a lo que se ha llegado a considerar una pseudoarqueología, y a la oralidad indígena. Se sirvió del mismo sustrato mítico con el que tantos escritores ingleses coquetearon entonces, y lo hizo hasta el punto de relacionar ciertas partes del Brasil inexplorado con una Atlántida esotérica y desentendida de lo científicamente demostrable.

Para construir su «ciudad z» recurrió a la leyenda histórica y a la oralidad indígena

Con todo, Fawcett es también un personaje quijotesco fascinado por las «Bandeiras» (expediciones gubernamentales que a veces desaparecían en el Sertão) y por un documento dudoso e incompleto que no tiene reparos en novelar, poniendo incluso nombre al jefe de la expedición que casi habría encontrado las Minas de Muribeca: Francisco Raposo. Se trata del Manuscrito 512, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Río, y que remite al descubrimiento de una ciudad perdida en una localización geográfica indeterminada. Sin duda, el modo en que el autor se arroja a parchear los vacíos dejados por lo que se conserva de estos célebres papeles convierte el «Viaje» en un rarísimo híbrido de «journal» y novela de aventuras, equidistante de la realidad y el mito, heterodoxo y dificilmente clasificable.

Misterios sin resolver

Un «leitmotiv» tan nebuloso no puede presentársenos más que como un móvil para la aventura que supone remontar un afluente del Amazonas hacia la propia desaparición. De ahí que entre estas páginas sobre todo encontremos una disección poco sistemática del crisol tribal de las selvas que se atraviesan, la referencia a algunos de los muchos episodios de «exterminación a sangre y fuego» sobre los que -sin duda- Fawcett tanto leyó, y un buen montón de anécdotas y curiosidades que incluyen una muy particular, en tanto que podría llegar a relacionarse con el fin de nuestro protagonista: a algunas tribus amazónicas les gustaba retener a cautivos blancos; cautivos como el anciano coronel inglés que el trampero Stefan Rattin encontró en 1932, al norte del Río Bomfín.

En definitiva, con la cadencia de un libro de viajes que se anticipa a la literatura contemporánea de supervivencia, «Viaje a la ciudad perdida de Z» avanza hacia un misterio que -no podía ser de otra manera- no solo no se desentraña, sino que se ve revitalizado por la desaparición de sus protagonistas. Quizá convenga tomar una de las paráfrasis que su prólogo incluye, y que proviene de La Ruta de Orellana (1970) de Vázquez-Figueroa: «Fawcett era capaz de creer en el misterio de las ciudades desaparecidas... Soy de la opinión de que, en efecto, tales ciudades existen... pero ni son tantas como dicen, ni tan importantes, ni mucho menos se conoce su emplazamiento...». Que el lector saque sus propias conclusiones.