Concha Méndez y Manuel Altolaguirre
Concha Méndez y Manuel Altolaguirre - EFE

Concha Méndez, vida de una pionera

Paloma Ulacia Altolaguirre, nieta de la poeta, da forma a la biografía oral de esta agitadora cultural en los años 20 y 30

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De niña, cuando Concha Méndez era aún la pequeña Concepción Josefa Pantaleona y no una vivaz poeta de la generación del 27, tuvo su primer choque con la sociedad misógina que desde bien pronto se empeñó en transgredir. Un amigo de sus padres, en una visita a la casa familiar, preguntó a los hermanos de ella qué querían ser de mayores. «Viendo que a mí no me preguntaba nada, me acerqué y le dije: “Yo voy a ser capitán de barco”. “Las niñas no son nada”, me contestó mirándome». ¿Qué es eso de que las niñas no son nada?, pensó. Esa niña inquieta quería buscar un mundo propio, y no tardó en despertar los murmullos de la buena sociedad madrileña de los años 20 al unirse al «sinsombrerismo», se integró en las tertulias de la capital y con Manuel Altolaguirre, con quien se casó, editó algunas de las revistas literarias más importantes del momento.

Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Jorge Guillén firmaron como testigos de la boda con Altolaguirre: «Al salir de la iglesia, Juan Ramón empezó a aventar monedas a los niños de la calle y, según iba tirando el dinero, les decía: “Digan conmigo: ¡Viva la poesía! ¡Viva el arte!”. Méndez, que en Buenos Aires se convenció de que su mundo propio era la poesía, fue una agitadora cultural de la vanguardia artística de los años 20 y 30, y no solo por su labor como editora.

En Madrid ayudó a fundar el Liceo Club Femenino y, en su exilio mexicano, después de pasar por Francia y Cuba, el empeño editorial del matrimonio hizo que poetas y pintores frecuentaran su vivienda. Allí Luis Cernuda pasó los últimos once años de su vida. Novia de Luis Buñuel en su juventud, amiga de Maruja Mallo y Salvador Dalí, Méndez fue sobre todo una escritora a la que le salían poemas «a todas horas y en todas partes» sin proponérselo.

Su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre se rebeló contra aquellos que se negaban a ver en Méndez algo más que la mujer de un poeta y, cuando su abuela andaba por los 83 años, la edad en la que «se empieza a ser viejo», se puso a entrevistarla. Durante más de un año, cada dos sábados Méndez abría una botella de Jerez y comenzaba a recordar: su niñez, el descubrimiento de la literatura, la separación de Altolaguirre, la guerra, el exilio, su intento de suicidio… Con esas 23 horas de grabaciones, Ulacia Altolaguirre dio forma a «Memorias habladas, memorias armadas», la biografía oral de la escritora.

A Méndez no le interesaba recrearse en los malos recuerdos, y por eso estas memorias, llenas de anécdotas sobre sus compañeros de generación, tienen un optimismo contagioso. Llamada a convertirse en una señora de sociedad, Concha Méndez optó por volar sola, y se lo reconocieron en un viaje de vuelta a España. «Ya llegó la pionera», le dijeron. «Si antes había sido señalada como una loca, ahora mi pasado era visto con cierta admiración».

Palabra de una mujer a la que ningún hombre le dio sombra. «Ni eres techo, ni eres largo», le dijo una vez, orgullosa, a Altolaguirre. «Él no me daba sombra porque había muchísimos hombres que hubiesen escrito en el mundo. Mujeres escritoras, muy pocas, entre las que me encontraba yo».