Massimo Pigliucci nació en Monrovia (Liberia) en 1964
Massimo Pigliucci nació en Monrovia (Liberia) en 1964
LIBROS

«Cómo ser un estoico», para no temer a la muerte

El filósofo Massimo Pigliucci acerca el pensamiento estoico, y su visión sobre el fin de la vida, a los nuevos tiempos y el afán de inmortalidad a través de las nuevas tecnologías

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María Zambrano, citando a Antonio Machado, calificaba a Unamuno como «antisenequista», es decir, antiestoico, porque nunca habló de resignarse ante la muerte, jamás la aceptó y, por el contrario, la quiso vencer. Unamuno había mirado a la muerte cara a cara y este desafío tan grave lo había conducido hasta el borde del suicidio. Estoy de acuerdo con estas opiniones de dos grandes maestros, pero sigo creyendo que Unamuno, a pesar de lo dicho, fue un gran estoico empapado de cristianismo inconformista.

Sócrates afirmaba que todas las virtudes eran, en realidad, aspectos diferentes del mismo rasgo subyacente: la sabiduría, el bien principal. Es decir, las virtudes no se pueden practicar de manera independiente, son un conjunto de todo o nada. La filosofía estoica siempre fue muy exigente. Santo Tomás de Aquino aceptó las virtudes estoicas y añadió tres más específicamente cristianas: Fe, Esperanza y Caridad. Las virtudes cardinales eran las estoicas, mientras las cristianas eran las teologales. Las siete virtudes están organizadas de manera jerárquica: la primera es la sabiduría, pero las otras se sitúan por debajo de las virtudes teologales de las cuales la caridad es la más importante.

En el «Menón» de Platón, el personaje del mismo nombre le pregunta a Sócrates si la virtud se puede enseñar, se adquiere o se encuentra innata en el ser humano. Sócrates dice que se podría enseñar, pero como no se encontrará en ningún sitio un maestro que la enseñe, en la práctica no se puede. Quienes la tienen nacieron con esa propensión. Aristóteles diferencia entre virtud moral y virtud intelectual. La primera sí surge de la naturaleza y el hábito de la persona; mientras que la segunda resulta de la reflexión de una mente madura. Por lo tanto hay tres fuentes de virtud: la natural, la del hábito y la del estudio y reflexión. El estoicismo agrupa a las tres dentro de la evolución de la vida.

¿Legarán a ser los robots y ordenadores más inteligentes que las personas?

El estoicismo es la mejor preparación para la prueba final de nuestro carácter: el momento de nuestra muerte. Sócrates, Cicerón, Séneca, Marco Aurelio, más o menos practicantes de esta filosofía, con un componente práctico muy importante, son buenos ejemplos. Dos suicidados por defender su dignidad, y los otros dos asesinados conscientemente. A la muerte siempre se le ha buscado respuestas religiosas, filosóficas, literarias, artísticas y, por supuesto, científicas. Todas más o menos coincidentes: motivos desconocidos e inevitables. Pero sí se puede aminorar su impacto a través de la vida y ese era y es uno de los principales fines del estoicismo. El estoicismo exige practicar la virtud y la excelencia. La lectura de textos es fundamental, así como la meditación individual. Esta filosofía, por lo general, utiliza un lenguaje accesible.

Muerte necesaria

Epicteto, a veces no es tan sencillo, pero hay multitud de interpretadores, en las «Disertaciones» escribe que la muerte es necesaria e inevitable y a continuación añade «¿A dónde huiré para alejarme de ella?». El estoicismo tiene como eje argumental a la muerte, pero no la ve como un mal sino como el desarrollo natural de la propia vida. Lo importante no es su existencia y el horror que nos pueda producir, sino cómo estar preparados para asumirla con el menor esfuerza físico y desgaste mental. El estoicismo nos ayuda a cómo morir dignamente quizás, como decía Montaigne, la filosofía era aprender a morir.

El libro de Pigliucci, un profesor italiano de filosofía residente en Nueva York donde da clase en el City College of N. Y., es muy ilustrativo y aporta historias personales y cotidianas de nuestro mundo contemporáneo para demostrar la prevalencia de este modo de ser. Pero en este libro hay también dos reflexiones muy importantes que quisiera destacar aquí. Una es sobre la frase de Hannah Arendt, la banalidad del mal; y la otra el engaño descarado de las nuevas tecnologías sobre la inmortalidad.

La banalidad del mal

Pigliucci ataca a los tecno-optimistas que creen que la muerte es una enfermedad que se debe curar y están invirtiendo mucho dinero en el esfuerzo. Se ríe del transhumanismo y de personajes como Ray Kurzweil, que trabaja actualmente en Google. Kurzweil desarrolló el primer sistema de reconocimiento óptico de caracteres multifuente. Ahora se dedica al asunto de la inmortalidad mediante la descarga de nuestra conciencia en un ordenador, algo que afirma que será posible dentro de poco. ¿Llegarán a ser los robots y ordenadores más inteligentes que las personas? Entonces para qué el estoicismo y todo lo demás.

Yo como Pigliucci no creo posible que la conciencia de las personas pueda descargase así como así. ¿Por qué se están gastando ingentes cantidades de dinero y energía cuando se podrían emplear en la mejora de los problemas urgentes y reales a los cuales se enfrenta la humanidad? ¿No son Kurzweil y otros herederos de la banalidad del mal? El mal ya no viene solo por la falta de sabiduría o la falta de virtud, sino también por el exceso de soberbia en el conocimiento, por la prepotencia y el engaño.