Jacques Derrida, el padre de la deconstrucción
Jacques Derrida, el padre de la deconstrucción - Joel Robine
LIBROS

«Clamor», de Jacques Derrida, como objeto arqueológico

La nueva edición de «Clamor» permite recuperar una de las primeras obras del padre de la deconstrucción. Este texto, muy deudor de las vanguardias, no ha envejecido demasiado bien, pero sigue teniendo su interés

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Jacques Derrida publica «Glas» en 1974. París vive uno de sus más altos momentos de esplendor en filosofía. Dentro de un escueto círculo cuyo radio tiene centro en la Sorbona, uno puede asistir a las lecciones de los más grandes maestros de la segunda mitad del siglo XX: Lévi-Strauss narra bellas historias tribales desde su cátedra; Michel Foucault congrega multitudes en sus cursos del Collège; Louis Althusser, desde la «rue» d’Ulm, persevera como el gran tutor anímico de varias generaciones de pensadores pasados por esa fábrica de élite académica que es la Escuela Normal Superior; Jacques Lacan ejerce su despótico magisterio frente al Panteón; Roland Barthes concita en torno suyo al más brillante equipo de jóvenes semiólogos y lingüistas... Es un resplandor perfecto, en el cual pocos podrían atisbar la cercanía del ocaso. Althusser en 1979, Barthes en 1980, Lacan en el 81, Foucault en el 84 irán abandonando el horizonte... Sólo Lévi-Strauss permanecerá en pie, hasta extinguirse, a punto de cumplir los 101 años, en 2009.

Cuando «Glas» aparece, Derrida apunta como el más sólido heredero de esa generación. Y el más unánimemente reconocido como tal por sus mayores. Tiene 44 años. Y una obra ya sólida: la que asentó «De la grammatologie» siete años antes y confirmaron «La escritura y la diferencia» y «Márgenes». Pero aún queda un largo recorrido por delante, antes de que, mediados los ochenta, la consagración en el mundo universitario estadounidense lo convierta en el más influyentes de los pensadores europeos fuera de Europa.

Deudor de las vanguardias

«Glas», digámoslo de inmediato, no es un libro mayor en la obra de Derrida: él mismo lo excluyó de la recopilación de trabajos publicados con la cual optó a la obtención de su Doctorado de Estado, por juzgarlo insuficientemente académico. Y el tiempo ha pasado por él de modo inocultable. Precisamente, porque es quizá el más hijo de su tiempo de todos los por él escritos. Un libro osadamente deudor de las vanguardias literarias, que tanto fascinaron a las gentes de la revista «Tel Quel» por los mismos años. Y las vanguardias envejecen mal.

Los textos buscan generar en el lector la desazón de un espejeo, tal vez de un espejismo

En su edición española, que acaba de poner ahora en librerías la editorial La Oficina con traducción cuidadísima de Cristina de Peretti (máxima autoridad derridiana en lengua española) y Luis Ferrero Carracedo, la obra es vertida como «Clamor». No es inexacto, puesto que ese sentido atribuye al término el primer diccionario de la lengua francesa, el «Trésor» de Nicot, en 1606: clamor, ruido o estruendo. Aunque los traductores son conscientes de que es la acepción de «repique fúnebre de campana» o «toque de difuntos», dada por la primera edición del «Diccionario de la Academia Francesa» en 1694, la que más directamente resuena en el actual vocablo francés. A partir de ese primer problema, todo el texto está plagado de dificultades para un traductor riguroso. Peretti y Ferrero los sortean admirablemente, proporcionando un texto español limpio y comprensible, sin ceder al rigor -artificioso a veces- del original francés.

La apuesta de Derrida en «Glas» recupera un procedimiento formal al que el autor había recurrido ya en sus «Márgenes» de dos años antes: la escritura paralela de dos textos, enfrentados en columnas sobre la misma página y acotados con anotaciones superpuestas en los márgenes. En la obra de 1972, era este un juego gráfico limitado al «Tímpano» que abría «Marges» en espejo de un pasaje de Michel Leiris. La apuesta en «Glas» es de muy otra envergadura. A lo largo de 291 páginas (en el formato grande de esta edición española), dos textos autónomos, que ni comienzan ni terminan, buscan generar en el lector la desazón de un espejeo, tal vez de un espejismo.

En pedazos

El texto de la izquierda habla de Hegel; de Jean Genet, el de la derecha. Sus distintas tipografías y una muy esmerada maquetación cuidan de hacer que la madeja no se embrolle. Y el libro, más que libro, busca ser objeto, tal vez obra de arte. Recogiendo con ello la tradición del «bello libro» que tanto cultivaron las vanguardias.

El resultado era sorprendente en 1974. Hoy, su frescura nos resulta ajada. Aun con encanto

«Ante todo: dos columnas. Truncadas, por arriba y por abajo, talladas también en su flanco: incisos, tatuajes, incrustaciones», advierte el autor en la hoja suelta, a modo de «Se ruega insertar», que –también en eso fiel a la tradición surrealista– busca dar clave del libro. Que no es un libro, desde luego, para quien lo «firma». Cinco años después de «L’archéologie du savoir», Derrida no puede ignorar la voladura a la que Michel Foucault ha sometido las categorías que daban sentido homogéneo a autor y obra. «Para aquellos a los que les importa la firma, el corpus y lo propio», continúa la hoja suelta, «declaremos que, poniendo en juego, haciendo pedazos más bien, mi nombre, mi cuerpo y mi rúbrica, elaboro por las mismas, con todas las letras, los del así denominado Hegel en una columna, los del así denominado Genet en la otra».

El resultado era sorprendente en 1974. Hoy, su frescura nos resulta ajada. Aun con encanto. Ni Genet ni Hegel comparecen. Ni literatura ni filosofía. Comparece un apabullante virtuosismo: escritura sin objeto. Y un narcisismo poco enmascarado. El de ese que será un día un gran pensador. Y, en 1974, todavía no lo sabe. «Glas» se nos da hoy como un bello objeto arqueológico. Ya es mucho.