El escritor Chuck Palahniuk
El escritor Chuck Palahniuk - ABC

Chuck Palahniuk: «Con Trump hemos vuelto al orden natural en el que los jóvenes atacan a la autoridad»

El autor de «El club de la lucha» publica en España su primera colección de relatos, «Invéntate algo», un libro pergeñado durante más de dos décadas que recoge su particular constelación mental

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Dice Chuck Palahniuk (Pasco, Washington, 1962) que las estrellas tiene que estar alineadas para que un escritor venda un libro de relatos, aunque suponemos que las cosas funcionan de manera distinta para un autor que convirtió su debut novelístico, «El club de la lucha» (1996), en un clásico instantáneo y en un fenómeno cinematográfico. Tras más de dos décadas recogiendo sus historias cortas, viendo cuáles sobrevivían al paso del tiempo, en 2015 Palahniuk publicó su primera colección de relatos, que ahora llega a España bajo el título de «Invéntate algo» (Literatura Random House). Inventarse, pues, personajes histriónicos, situaciones desternillantes, ambientes decadentes... En fin, todo un microcosmos donde el absurdo brilla con toda su (ridícula) humanidad. El subtítulo avisa: «Relatos que no te podrás sacar de la cabeza».

Esta es su primera colección de cuentos, aunque empezó a escribirlos allá por 1990. ¿Por qué ha tardado tanto este libro?

Primero, porque para mí el cuento es el género narrativo más difícil. Me ha llevado veinte años recopilar las suficientes historias que sentía que podía publicar. He tirado muchas más. Segundo, porque las colecciones de cuentos solo se ponen de moda cada dos décadas. Y tercero, porque los editores son muy reacios a publicar cuentos. Las estrellas tienen que estar perfectamente alineadas para que un escritor venda un libro de relatos.

Sin embargo, hay muchos escritores que prueban con el género breve… ¿Cree que pueden ser el primer paso para crear una novela?

Sí, lo creo. Muchos de mis cuentos no están en esta recopilación porque terminaron por convertirse en capítulos de alguna novela. Escribiéndolos como relatos, primero, puedo experimentar con una premisa y probarla con las audiencias para ver cuán fácilmente las personas interactúan con ella. Y si la gente ama un relato, es una buena señal de que vale la pena expandirlo en una novela.

Muchos de los personajes de «Invéntate algo» sufren por la pérdida del padre, una figura que, por su ausencia, los determina. Casi parece que sea uno de los asuntos principales de este libro.

Creo que ahí se equivoca. En mi libro, las dos historias que tratan sobre familiares perdidos muestran la pérdida de ambos padres.

Pero los referentes paternos y maternos brillan más por su ausencia que por su presencia.

Las historias de mayor duración en nuestra cultura comienzan con una familia en la que uno o ambos padres están ausentes. Esa unidad familiar incompleta generalmente se convierte en una tragedia no resuelta que genera humor. Solo hay que ver los programas de televisión más populares o las películas de Disney.

Esa mezcla de la tragedia y humor sí que atraviesa todas estas páginas. La risa se muestra como una forma de afrontar el drama.

Es un proceso orgánico e inevitable. Si sufrimos una tragedia el tiempo suficiente, finalmente sobrevivimos al hallar la absurdidad inherente. Nuestros espíritus sólo pueden tolerar la tristeza durante un tiempo.

¿Y hay algo de absurdo en que Trump sea el presidente de Estados Unidos?

Cada generación en Estados Unidos encuentra su fuerza arremetiendo contra el presidente, pero durante la administración Obama esos ataques estaban mal vistos. Los negros han sufrido tanto en la historia estadounidense que parecía inapropiado atacar a un presidente negro. Con Trump volvemos al orden natural en el que la mayoría de los jóvenes atacan a la máxima autoridad. Lo que está sucediendo es perfectamente natural.

¿También lo que está pasando con el periodismo?

Los estadounidenses estamos descubriendo a través de internet que nuestros periodistas han ocultado tantas cosas como las que han revelado. Es hora de que los periodistas rechacen sus roles como ingenieros sociales y presenten una explicación más equilibrada y honesta de los hechos. Los jóvenes están hartos de sentir pánico cada poco por culpa de llamamientos estridentes sobre una catástrofe inminente. Vamos a estar tan cansados de las advertencias sobre el SARS (Síndrome respiratorio agudo grave), el efecto 2000, la gripe porcina, el ébola o el invierno nuclear que al final vamos a ignorar cualquier peligro real hasta que sea demasiado tarde.

Volviendo al libro, es realmente interesante esa idea que sobrevuela el relato «Zombies»: el conocimiento, la información, no nos proporcionan felicidad, sino dolor.

Eso tiene que ver con cómo los medios de comunicación nos esclavizan anunciando una amenaza mortal y luego diciendo que solo los medios de comunicación pueden salvarnos. Así, la información se convierte en el problema y la solución. La verdadera solución es reconocer esta trampa y evitar tantos medios como sea posible y hablar con la gente. Apagar la televisión y establecer relaciones con personas reales.

En ese cuento, y en muchos otros, los personajes buscan la felicidad, aún sin saber muy bien qué es. En parte, es eso lo que les mueve.

Es que la felicidad es una idea demasiado amplia. Y al final, la felicidad real solo sucede por accidente. Eso lo digo en «Zombies», pero creo que es cierto, porque la felicidad no es nada que puedas diseñar. Debe ocurrir como ocurre el arcoíris o el pájaro, algo que te retrotraiga a un estado infantil de asombro.

Llama la atención el amplio abanico de voces de este libro...

Contar historias solo con el lenguaje (sin sonidos, olores, sabores o elementos táctiles) es un desafío constante. Me gusta escuchar a los extraños en el transporte público o en restaurantes para después imitar sus formas inusuales de hablar. Cada uno de nosotros hemos desarrollado una manera de captar la atención de los oyentes. Encontrar la voz perfecta para una historia concreta suele ser más difícil que trazar la historia en sí.

Y más allá de esos extraños, ¿quién diría que son sus referentes literarios?

Me fijo en Shirley Jackson, Denis Johnson, Amy Hempel, Bret Ellis, E.B. White y, en ocasiones, en narradores más elaborados como H.P. Lovecraft. Por lo general, cuanto más extravagante es la historia, más simple debo mantener mi estilo. Una historia salvaje escrita con un estilo salvaje tiende a agotar al lector.

Aquí recupera la historia seminal de «El club de la lucha», que fue su primera novela y, también, su primer éxito. Y hace dos años publicó la segunda parte en formato de novela gráfica... ¿Todavía le atrae ese mundo?

Mi prioridad es encontrar alegría en cualquier tarea que emprenda. Simplemente revisitando a esos personajes he decidido volver a amarlos. Cuanto más envejezco más me doy cuenta de que el amor es un acto de voluntad y no un hechizo mágico en el que caes.

Hubo muchísimos lectores que se convencieron de que la sociedad era una completa farsa con sus palabras y sus personajes… ¿Qué le diría a ese joven que acaba de terminar «El club de la lucha» y piensa en que el mundo adulto es una gran fachada?

Que está en lo cierto. Pero que una vez que se da cuenta de que es una fachada es libre de cambiarla o de continuarla. Ver más allá de la superficie de las cosas hace que la vida sea un juego maravilloso.