Vladímir Lenin y León Trotski (con gafas), en el centro de la imagen, rodeados de camaradas a los que prometieron el «paraíso» en la tierra
Vladímir Lenin y León Trotski (con gafas), en el centro de la imagen, rodeados de camaradas a los que prometieron el «paraíso» en la tierra
CIEN AÑOS DE LA REVOLUCIÓN

Centenario sangriento

La Revolución bolchevique de 1917 se impuso por la violencia. Hay que conocer a fondo lo que sucedió como antídoto ante «redentores» que venden lo caduco como novedoso

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Jean-Paul Sartre en su ensayo «¿Qué es la literatura?» comentaba que todo está escrito en los libros y basta con tenerlo presente. Que todo está escrito en los libros es una certeza bastante aceptable, no así que esa lección haya sido aprendida para no volver a recaer en los mismos males. El todo está escrito quiere decir que muchas obras literarias, o artísticas, se adelantaron a su tiempo y fueron premonitorias. Pero o bien quienes las leyeron no las tomaron en serio, o bien pensaron que esa aparente ciencia ficción del futuro más inmediato no les iba a llegar. Ni en lo bueno -lo menos-, ni en lo malo -su gran parte-.

La Revolución bolchevique de Octubre del año 1917 (este año «celebramos» su centenario) fue uno de los grandes acontecimientos de nuestro mundo contemporáneo. Influyó decisivamente en los más graves y tortuosos sucesos de la historia del pasado siglo. Fue una revolución, un cambio repentino y profundo del orden político y social, y por supuesto también del económico. Todo esto fue impuesto a través de la violencia. Primero una violencia discriminada por la guerra y, posteriormente, una violencia indiscriminada sobre toda la población. Asesinar en nombre de las nuevas ideas no era algo punible sino de repente sumamente meritorio. Los teóricos de esta sublevación, que en principio tenía sus motivos, describían al antiguo régimen como una antigualla en fase de degradación, de descomposición, en medio de un apocalipsis social que únicamente podrían recuperar los jóvenes.

Artistas prefabricados

El mundo de la cultura contribuyó a la victoria de la revolución. Es decir, ayudó a que llegaran al poder aquellos con quienes luego discreparían. Muchos de ellos morirían por sus designios. Gorki en «El anunciador» o en «La madre»; Biely en «La paloma de plata»; Mandelstam en «El rumor del tiempo», o Chernyshevski en «¿Qué hacer?», instigaron a la opinión pública contra el zar y contra aquella vieja literatura (la mejor de todos los tiempos), expresión de las clases dominantes, la nobleza y la burguesía. A estos autores se unieron una legión de pintores, músicos, cineastas, gentes del teatro, etc, cuyos nombres son bien conocidos por todos. El mundo cultural ruso, coincidente con una nueva generación contestataria que surgió en los alrededores del estallido del cambio político, sintió que existía un parentesco entre la revolución política y la artística. Pero no fue así. La acción bolchevique convirtió a sus ciudadanos en una masa informe, mientras que la cultura seguía representando al ser individual libre.

A Lenin le molestaban los intelectuales y al primer Trotski de «Literatura y revolución» también

A Lenin le molestaban los intelectuales y al primer Trotski de «Literatura y revolución» también. A este solamente le interesaban aquellos que le fueran útiles a su acción. Derribadas paralelamente las estructuras creativas del viejo régimen, debería aparecer un nuevo arte a cargo del proletariado: un nuevo arte realista y socialista. Para Bujarin, que con el tiempo tampoco se libró de los suyos, había que manufacturar a los escritores y artistas como productos fabricados en cadena en las fábricas. Yo mejor diría que «productos prefabricados». Curiosamente, tras el siglo de oro de la literatura rusa desarrollada durante prácticamente todo el siglo XIX, surgió otro período extraordinario entre la Primera y Segunda Guerra Mundial. Los escritores y artistas rusos fueron antecesores de la revolución, colaboradores y compañeros de la misma (Mayakovski, Meyerhold, Bábel, Einsenstein, Shostakóvich….) pero luego se convirtieron en una carga para el poder establecido debido a su inconformismo. Además de los ya citados hay que añadir a Zumiatin, Yesenin, Pasternak, Malevich o Bulgákov entre otros muchos.

A las órdenes del partido

Stalin finalmente acabó con todas las esperanzas al crear la Unión de Escritores Soviéticos. En su primer congreso del año 1934 se anunció el «homo sovieticus» encargado de «promover el bien» entre sus conciudadanos mediante el realismo socialista. Aquellos «ingenieros del alma», denominados así por Stalin, ahondando en la deshumanización del poder y de la vida cotidiana, tenían ahora la obligación de sustituir la realidad por una ficción construida según las instrucciones del partido. La mayor parte de la «intelligentsia» cultural, lo que hoy los populismos denominan élites, fue declarada enemiga y contrarrevolucionaria. Sabemos lo que pasó: ejecuciones, encarcelamientos, abandono, exilio, destrucción de las obras y de sus procesos creativos. En definitiva, la desertización de uno de los momentos cumbres de la creación universal.

Con fines sexuales

Muchas obras y autores rusos de ese infausto tiempo son conocidos, pero yo quisiera recordar aquí la novela de un autor que siempre ha pasado más desapercibido:Yevgueni Zamiatin. Como tantos otros artistas y escritores rusos participó en la revolución de 1905 que lo llevó a unirse al partido bolchevique. Antes de octubre de 1917 pasó por las cárceles zaristas y emprendió el exilio. Luego colaboró con la revolución pero, al poco, empieza a ver cosas muy graves. Se aleja de ella debido a las persecuciones, las constantes penas de muerte, la policía política sanguinaria, la total falta de libertades, la supresión del sufragio universal, la carencia de Constitución o de leyes, así como su aplicación discrecional. Sin olvidar, por supuesto, la censura. Zamiatin incluso llegó a afirmar que los bolcheviques se habían convertido en contrarrevolucionarios. Todo este panorama, al que él mismo buenamente colaboró, lo condujo a redactar la novela de ciencia ficción política pre-Orwell titulada «Nosotros».

Asesinar en nombre de las nuevas ideas se convirtió de repente en algo sumamente meritorio

Esta obra es la primera distopía o utopía negativa, provocada por la aparición del Estado totalitario que Zamiatin denomina Estado Único. Por supuesto que la publicación de la obra fue prohibida aunque clandestinamente se difundió por grandes capas de la sociedad rusa. Posteriormente, se publicó en el extranjero, lo que contribuyó a su persecución. La novela se sitúa en un futuro lejano que ya comenzaba a hacerse presente en aquellos momentos. El argumento se enmascara bajo la historia de un ingeniero que construye una nave espacial para ir a la conquista de otros planetas y se ve inmiscuido en la revuelta que una mujer diabólica prepara en ese lugar.

En esa «sociedad» futura la masa ha acaparado al individuo que aparece como símbolo de los males del pasado. Nada individual existe: ni los afectos, ni el amor, ni los sentimientos, ni la libertad. Por esta razón el amor a una persona concreta ya no existe, ha sido sustituido por una «Lex sexuales», «cualquier número, ya no hay nombres, puede utilizar a cualquier otro número con fines sexuales». Trotski ya había dicho que la iniciativa social despojaría a la familia de la fastidiosa labor de alimentar y criar a los hijos, así la mujer emergería por fin de su semiesclavitud.

Culto al líder

El Estado que describe Zamiatin es una dictadura. Lo dirige un hombre al que llaman Benefactor, ideólogo y líder a la vez. Se le profesa un culto religioso (esa es la única religión), y aquellos que manifiestan alguna discrepancia son ejecutados. Ya Dostoyevski se había referido al Gran Inquisidor. En «Nosotros» la caricaturización del personaje coincide con Lenin, más «benigno» de lo que posteriormente sería Stalin. La población de «Nosotros» vive aterrorizada por la policía secreta y adláteres. Es decir, todo el mundo tiene la recomendación de acusar a cualquier persona, entre ellos los familiares. Hay elecciones, pero los resultados se saben y se anuncian con anterioridad. Evidentemente las opiniones personales son una ofensa para el Estado.

En «Nosotros», Zamiatin escribió la primera distopía provocada por la aparición del Estado totalitario

Zamiatin tuvo que exiliarse en París. Tuvo suerte. Allí declaró que su libro no era únicamente un panfleto político sino también la señal de alerta sobre dos de los mayores peligros que amenazaban a la humanidad: el poder de la tecnología y el del Estado hipertrofiado. Todorov, en su libro «El triunfo del artista», explica muy juiciosamente que Zumiatin también criticaba al «taylorismo», doctrina ultraliberal, con el que había convivido en USA.

Volvería a pasar

Zamiatin murió en París defendiendo el derecho que los intelectuales tienen para señalar las insuficiencias y defectos de su sociedad. Marina Tsvietáieva, de las pocas personas que asistieron a su entierro, ella misma mártir, lo definió muy bien: «Como yo, él tampoco era ni vuestro ni nuestro».

¿Las nuevas, jóvenes, renovadoras y esperanzadoras ideas que dicen tener hoy partidos cuyo origen se remonta a más de un siglo, lo son de verdad? ¿No suena todo a viejo y caduco? ¿Por qué afanarse en lo que ya fracasó, llevándose por delante a millones de personas que murieron por nada? Los intelectuales, artistas y escritores de nuestro tiempo, que aún quedan, no deben ser cómplices de nuevo. Lo que pasó volvería a pasar, pues donde no hay libertad se establece el imperio de la violencia y de la muerte. Bobbio decía que prefería una mala democracia a una buena dictadura, caso de que esta hubiera existido alguna vez, añadía.

Este centenario nos debe servir, volviendo a Sartre, para tener presente los grandes errores cometidos, supuestamente ya enterrados. Bulgákov comentó que el presente era tan tremendo que se esforzaba por vivir sin fijarse en él. Y Mandelstam consideró que, por aquellos años terribles, la muerte de un artista era su último y más verdadero acto de creación.