Carolin Emcke, fotografiada en el CCCB, a su paso por Barcelona
Carolin Emcke, fotografiada en el CCCB, a su paso por Barcelona - Inés Baucells
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Carolin Emcke: «No se debe tolerar a los intolerantes»

Curtida como reportera de guerra, Carolin Emcke ha trascendido la esfera mediática para convertirse en una de las pensadoras actuales más relevantes. Su discurso aboga por una Europa plural, alejada del nacionalismo

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Son contadas las ocasiones en las que los periodistas tenemos la oportunidad de entrevistar, fuera de agenda, a un sujeto susceptible de despertar nuestro interés y, sobre todo, el de los lectores. La promoción de un libro, una película, un disco o lo que se tercie se convierte, casi siempre, en el vehículo oficial de conversación. Por eso esta charla con Carolin Emcke (Mülheim an der Ruhr, Alemania, 1967) fue un tanto extraordinaria. La pensadora alemana, de visita en Barcelona para ofrecer una charla en el CCCB, se «olvidó» de sus últimas obras publicadas y se centró en su discurso.

Defiende que la obligación del periodista no es dar la razón en todo a sus lectores y tampoco apoyar de entrada a determinados movimientos sociales. ¿Cuál debe ser nuestra función, entonces?

Hay una enorme confusión en el periodismo en todo el mundo en ese sentido. Hay quien sugiere que la neutralidad implica ser neutro con la verdad o con la realidad. Pero nuestra obligación es ser lo más precisos posibles con la realidad. Si hay movimientos que están en contra de los principios democráticos o atacan la dignidad de las personas, hay que llamarlos antidemocráticos o racistas. Estamos destruyendo nuestra credibilidad y la capacidad de comunicarnos al volvernos inestables con respecto a la realidad y la verdad.

¿Y por qué estamos haciendo eso, ir contra nosotros?

La prensa está sufriendo ataques y, dentro de algunos movimientos, también hay una tendencia contra los intelectuales o contra las élites, sea lo que sea que signifique eso. La prensa y la esfera pública son instrumentos de una sociedad democrática, son fundamentales para que funcione. Por tanto, para cualquier movimiento que quiera destruir una democracia, la prensa es un objetivo ideal de ataque. Es algo que lleva pasando desde que estalló la crisis. Hemos observado una transformación estructural de la esfera pública, también con las redes sociales. Ha sido muchísimo más fácil atacar al periodismo tradicional. Los periodistas tienen miedo.

«La regulación contra los ciberataques debería formar parte de la política de defensa europea»

¿De desaparecer?

No. Me refiero a un miedo físico. Hay grupos radicales que atacan a los periodistas. Da mucho miedo. En Alemania, en las manifestaciones de los partidos populistas nos llaman mentirosos. La gente se sienta insegura. Además, creo que una parte de los medios es cobarde.

Precisamente, le iba a decir que nosotros también somos responsables, culpables...

Hay que ser muy precisos en eso: no todos somos responsables. Pero hay segmentos en los medios, programas de debate, no sé en España, pero en Alemania son horribles.

En España también...

Son supuestos programas de debate político, pero su objetivo es impedir pensar, el entendimiento, el aprendizaje. Una vez más, se interpreta mal en qué consiste la neutralidad. Afirman que son imparciales, neutrales, pero no lo son. Y todo lo que crean es espectáculo. Me desespera, porque han creado una falsa sensación de lo que significa la participación de las minorías. ¿Por qué no invitan a un académico musulmán a hablar de textos jurídicos o de la globalización o de lo que sea? Con personas que son diferentes en ciertos aspectos, siempre se recalca la diferencia.

«Los periodistas estamos destruyendo nuestra credibilidad al volvernos inestables hacia la realidad y la verdad»

¿Por qué en sociedades supuestamente avanzadas genera rechazo todo lo diferente?

Es algo que no entiendo. Cada familia tiene diferentes maneras de abordar la tradición, la fe, lo que significa ser mujer, hija, madre; ya tienen esa pluralidad. Sería muy desestabilizador que hubiese un concepto totalitario de cómo ser español, católico o lo que sea. Me asusta cómo la gente define la diferencia como una amenaza para la sociedad, un peligro, algo que mina la estabilidad.

Ese fanatismo, que convierte en extraños a determinados individuos y les excluye de la sociedad, caracteriza a ciertos Estados europeos. ¿Cómo se combaten esas estrategias fanáticas de Estados supuestamente democráticos?

No se puede luchar contra los fanáticos con fanatismo, ni contra los que odian con odio. Debemos tener una mejor regulación contra los ciberataques, debería formar parte de la política de defensa europea. Es increíble lo mucho que la intervención de Rusia en internet ha influido en la desintegración de Europa. A nivel civil, necesitamos a los jueces, a los profesores, a los padres, a las universidades, pero también a los teatros, a las películas, a las artes, a las fuerzas policiales... Necesitamos que todos nos representen. Y tenemos que prestar mucha atención a la educación.

En ese sentido, el nacionalismo europeo defiende la univocidad de su propia historia, lo que neutraliza toda referencia a la diversidad. Y ahí estamos ante un peligro enorme, que es el del relato único.

Estoy totalmente de acuerdo. Tenemos que asegurarnos de que Europa represente la diversidad, no solo como subproducto de una unión económica. Siempre me ha sorprendido que no tengamos un canal de televisión europeo. No uno en el que haya discursos del Parlamento. Quiero verlo todo: culebrones, ficción, documentales... Es absurdo pensar que Europa puede existir sin tener una esfera pública europea, una que sea divertida, estúpida, absurda, seria, todo a la vez.

Pero esa diversidad choca con los movimientos políticos que califican su identidad de «pura». Eso me recuerda a un pasado muy peligroso, y que está muy cerca todavía.

Estoy de acuerdo. El concepto de la pureza, de la autenticidad, no sólo es ficticio, es que nunca ha existido. Es muy doloroso ver que la historia no ha pasado hace tanto tiempo. Sabemos lo que quiere decir. Tiene una resonancia.

«La democracia es algo inacabado en lo que hay que trabajar todo el tiempo»

Fíjese en un país como Italia, que tiene como ministro del Interior a Matteo Salvini.

Lo que me preocupa, incluso más que Salvini, es la respuesta. Hay que mirar a los movimientos de extrema derecha, pero también cómo reaccionan ante ellos los partidos generalistas y los medios. Fíjese en Trump o en el candidato presidencial en Brasil... Normalizan y legitiman la falta de respeto por la dignidad. Lo peligroso es que si les criticamos, a menudo se considera un comentario partidista. No se trata de ser de izquierdas, liberal o conservador. Se trata de civilidad, de dignidad y de universalismo.

En «Contra el odio» defiende que el potencial de cohesión de una sociedad abierta no es inferior al de una provincia cerrada, monocultural. Desde esa reflexión, me resulta difícil entender las demandas de cierto nacionalismo.

Por supuesto, hay límites para aceptar ciertas posturas si son racistas, antisemitas o antidemocráticas. No se debe tolerar a los intolerantes. Hay un marco, que normalmente establece la Constitución. El derecho a la libertad de expresión no es absoluto, tiene que respetar a los demás y ser pacífico. En este momento, se fetichiza el hecho de que todo el mundo debe poder expresar todo. Eso no es así Hay ciertas posturas y formas de incitación a la violencia que son inaceptables.

Me pregunto si el principal problema de los políticos es que no están dispuestos a reconocer que cometen errores.

No creo que sea una característica particular de los políticos. También de los periodistas y hasta de la Iglesia. La democracia es un niño, un experimento, algo inacabado, en lo que hay trabajar todo el tiempo. Y cometemos errores. Y fracasamos. Necesitamos una cultura de los errores y tenemos que darnos cuenta de que son parte de la vida conjunta.