Marlene Dietrich en «El diablo es una mujer»
Marlene Dietrich en «El diablo es una mujer»
MIS BESTIAS SAGRADAS

La caricia y el latigazo de la Venus rubia

Figura elusiva y llena de contrastes, Marlene Dietrich fue a la vez un ídolo inalcanzable y un ángel herido por la Segunda Guerra Mundial

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Cuando Josef von Sternberg la descubre, durante las pruebas de selección de reparto que precedieron al rodaje de « El ángel azul», Marlene Dietrich es todavía una jovencita de formas redondeadas y ademanes vulgares. A lo largo de las siete películas pasmosas que rodaron juntos, asistimos a la transformación paulatina de Marlene Dietrich, en un ejercicio que nos recuerda el mito de Pigmalión y Galatea. Nunca sabremos con certeza cuáles fueron los episodios de vampirismo recíprocos que jalonaron aquella relación, pues sus protagonistas han preferido vedarlos a la curiosidad del mundo. Pero se cuenta que Von Sternberg, además de someter a Marlene a dietas atroces, la obligó a extirparse las muelas, para delinear sus pómulos; se cuenta también que Marlene humillaba a Von Sternberg de las formas más turbias y peregrinas, especialmente en presencia de otros hombres. Sabemos, en cualquier caso, que tras la metamorfosis Dietrich se convertiría en un mito; a Von Sternberg, vulnerado por el fulgor de la belleza, le aguardaba como castigo la decrepitud de su arte.

En sus muy elusivas y decepcionantes memorias, Marlene Dietrich nos cuenta cómo su madre le anudaba, desde muy pequeña, los botines con una ferocidad que interrumpía el flujo de la sangre en sus pies. «Cuando seas mayor –le decía–, tendrás los tobillos finos; por el momento, hay que procurar que no engorden». De aquella condena diaria saldrían unos tobillos como el cuello de un búcaro, y también un carácter fieramente disciplinado. Quienes han escrito sobre Marlene Dietrich coinciden en señalar que su proximidad estimulaba la pleitesía y el sometido deslumbramiento, pero muy raramente otras reacciones más cálidas o cordiales. Y es que Marlene, para la mayoría de sus contemporáneos, no fue una criatura carnal; o, si lo fue, no llegaron a percibirla, pues había protegido esa íntima carnalidad con una coraza de lejanías, de tal modo que amarla se acababa convirtiendo en un ejercicio de idolatría sin esperanza. Muchos hombres –y también algunas mujeres, según los chismorreos divulgados por sus biógrafos– trataron de conjurar y vencer esa maldición, pero sólo obtuvieron a cambio la amargura, la contrición y, con frecuencia, también la locura: algunos, como Von Sternberg, ardieron en un incendio destructivo; otros más prevenidos, como Jean Gabin, prefirieron, tras unos primeros tanteos aturdidos, amarla en la distancia. Y es que Marlene Dietrich estaba predestinada, como todas las criaturas que han bebido de la fuente de Narciso, a amarse a sí misma, no tanto por egoísmo como por fatalidad. Cuando la muerte la visitó en su apartamento de París, sólo la acompañaban los espejos.

Dos mujeres

Jean Cocteau, que perteneció a la secta de sus adoradores, dijo que su nombre se iniciaba con una caricia, para rematarse con el chasquido de un latigazo. En Marlene nos subyuga, más allá de su efigie turbadora, el duelo que entablaron las dos mujeres que la habitaban por dentro: junto a la criatura de sublime artificio modelada por Von Sternberg, junto a la Venus de pómulos patricios, enjoyada de luces que tienen el esplendor del hielo, la mujer que se vuelca en la lucha contra el nazismo y asiste a los soldados en el frente con el viático de una sonrisa; junto al emblema de altiva ambigüedad que divulgaron sus películas más características, el ángel herido de lágrimas que cantaba sobre las ruinas de Berlín, la viuda de todas las trincheras, la enfermera de cada muchacho que rendía su hálito ante el mordisco del plomo. La leyenda recuerda los episodios de dorada excentricidad que protagonizó en Hollywood; suele olvidar, en cambio, que estuvo a punto de perder las manos y los pies, congelados en su peregrinaje por las Ardenas, adonde había viajado para espantar con sus canciones el fantasma del carnívoro invierno que diezmaba a las tropas.

La posteridad ha querido, sin embargo, entronizar en su repertorio iconográfico a la criatura que inventó Von Sternberg. En un afán desesperado por sobrevivir al estereotipo que la perseguía como una maldición, Marlene Dietrich participó en otras muchas películas y multiplicó su voz por los teatros de medio mundo. Los estragos de la edad ni siquiera la rozaban, como si los años sólo fuesen un manto de polvo que ensombrece la blancura invicta del mármol. Quizá su papel más memorable fuese el que interpretó en « Testigo de cargo», la película de Billy Wilder; pero para hacer olvidar su personaje tuvo que negarse a sí misma, disfrazándose de una vulgaridad chirriante. Nunca, ni siquiera en la cima del estrellato, despertó simpatías entre el público femenino; y los hombres la amaron con un amor medroso y reverencial, como suele ser el amor que se profesa a las esfinges y otras criaturas mitológicas o hurañas. Un amor que reclama la lisonja de una caricia y recibe la ofensa de un latigazo; pero que, en lugar de huir escarmentado, insiste mohíno en su vasallaje.