Malin Byström (Condesa Madeleine), André Schuen (Olivier), en «Capriccio»
Malin Byström (Condesa Madeleine), André Schuen (Olivier), en «Capriccio» - Javier del Real
ÓPERA

«Capriccio»: música entre las fieras

El Teatro Real se entrega estos días a la última ópera de Richard Strauss, respuesta a la barbarie de una época

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Disfrutamos estos días de la magnífica producción del Teatro Real de Capriccio, la última ópera de Richard Strauss, en un montaje del director alemán Christoph Lloyd, con dirección musical de Asher Fisch y con una radiante Malyn Biström en el papel protagonista. Una demostración de que la ópera alcanza la plenitud cuando se convierte en una experiencia teatral tan intensa como esta.

Escrita en plena Guerra Mundial, entre 1940 y 1941, Capriccio fue estrenada en 1942 en un Múnich sumido en las tinieblas a causa de los bombardeos aliados. Esto es visto muchas veces como un enigma casi inexplicable. Capriccio, una obra deliciosa y nostálgica, está ambientada en un château de la Francia prerrevolucionaria. Sus personajes son aristócratas y artistas refinados; su acción consiste en una larga conversación sobre teatro y ópera, la palabra y la música. Su personaje central, la condesa Madeleine, se debate entre dos amores, el compositor Flamand y el escritor Olivier. ¿Tiene sentido escribir una obra así en medio de la destrucción de Europa?

Todo el sentido

Yo creo que tiene todo el sentido del mundo, y es importante entender por qué. Vayamos un poco hacia el pasado y recordemos que en 1938 Strauss había estrenado una ópera que siempre vemos como un poco distinta de otras suyas: Friedenstag (Día de paz). Hitler y Goebbels acuden al estreno, y la ópera se representa ininterrumpidamente hasta el comienzo de la guerra. Pero Friedenstag es todo lo contrario de lo que podría admirar o desear el régimen nazi, ya que se trata de un canto a la paz, de un himno antibélico. Friedenstag tiene obvios vínculos con el Fidelio de Beethoven, otro canto a la libertad y a la paz, y cita al final, con toda claridad, el motivo del «crepúsculo de los dioses» de la tetralogía wagneriana. ¿Por qué no la prohibieron igual que habían prohibido La mujer silenciosa, la anterior ópera de Strauss?

Goebbels nombra a Strauss director del Reichsmusikkammer sin siquiera consultarle. Y escribe en su diario: «Desgraciadamente, todavía lo necesitamos, pero pronto tendremos nuestra propia música y podremos prescindir de este neurótico decadente». Poco después, la Gestapo intercepta una carta enviada por Strauss a Zweig donde aquel ironiza sobre el arte «ario», se la muestran a Hitler y le apartan de su cargo oficial.

En un tiempo de arte heroico y militarizado, esta pieza es, en realidad, un grito de rebeldía

Pero la verdadera preocupación de Strauss es Alice, la mujer de su hijo, y sus nietos, dado que Alice es judía. Añadamos que Strauss sentía un especial afecto por su nuera, que se convirtió en su secretaria y su colaboradora más estrecha, y que solía decir que Alice y él eran los únicos que trabajaban en la familia. Es en estos años, cuando Strauss está luchando porque no se lleven a su hija política y a sus nietos a las cámaras de gas, cuando viaja en su automóvil hasta el campo de concentración de Theresiendstadt para intentar (sin éxito) liberar a la madre y a la familia de Alice, cuando surge Capriccio.

¿Tiene sentido consagrarse a la inteligencia y a la belleza en medio de la barbarie? Para mí, la respuesta sería otra pregunta: ¿Qué otra cosa puede hacerse en medio de la barbarie?

Externamente, Capriccio es una ópera sobre la ópera. Si Flamand es la música y Olivier es la palabra, La Roche, el director y empresario, un personaje semicómico, representa al teatro. Y Madeleine, la condesa, que no sabe decidirse entre Flamand y Olivier, debe representar la ópera. En la célebre escena final, la vemos mirándose en un espejo, sin lograr decidirse. Ese espejo es la ópera en sí: un espejo que ya no funciona, porque uno se mira en él y no es capaz de verse. La célebre pregunta final -qué es más importante, la música o la palabra- queda sin contestar. Pero La Roche ya la había contestado antes, en su extenso monólogo, uno de los centros de la ópera. Lo más importante, dice La Roche, es el teatro, que une y supera a la música y la palabra en un arte que es de todos y crea una sociedad.

Un adiós

«El teatro -dice La Roche- tiene que representar la vida». Digamos, también, que La Roche está claramente inspirado en Max Reinhardt, el director y productor teatral con quien Strauss creó en los años veinte los célebres festivales de Salzburgo. Reinhardt era judío: tras la anexión de Austria, huyó a Estados Unidos. Como vemos, Capriccio no está tan lejos de la realidad como pudiera parecer. En una época de arte heroico y militarizado es, en realidad, un grito de rebeldía. Sitúa su acción en Francia, país ocupado por los nazis, y exalta la cultura francesa (Couperin, Rameau, Voltaire).

En una sociedad que reducía a las mujeres al ámbito del hogar y la procreación, se centra en el retrato de una mujer libre, independiente, inteligente y compleja, coronación de una trayectoria operística cuyo centro fue siempre -Electra, la Mariscala, Ariadna, la esposa de Barak, Christine, Daphne...- la condición femenina. Pero Capriccio es, ante todo, un adiós. A la ópera, pero también a una civilización.