Estefanía Martín Sáenz juega con las telas colgadas en las paredes de su estudio - I. Permuy
DE PUERTAS ADENTRO

Calor, color y brillo en el estudio de Estefanía Martín Sáenz

Hace una año, Estefanía Martín Sáenz alquiló una casa y conquistó un pequeño logro personal: contar por vez primera con estudio propio. Ésta no es su vivienda, pero sí un lugar en el que se respira calor de hogar, custodiado por su gata Chanel

GETAFE (MADRID)Actualizado:

Estefanía Martín Sáenz lo tenía muy claro. Cuando hace ya un año largo se puso a buscar estudio, no quería acabar trabajando en una inmensa nave industrial. Tenía que ser algo coqueto, ni muy grande ni muy pequeño, con cierto calor de hogar. Pero tampoco demasiado hogareño. De hecho, desde que dejara su Bilbao natal hace dieciséis años, ha acabado recalando en hasta cuatro hogares (pisos compartidos) en los que el salón terminaba estableciéndose como taller improvisado; un taller que había que recoger a última hora para no interferir en las actividades cotidianas del resto de inquilinos.

«¡Jolín!¡Ya me tocaba!», explica esbozando una amplía sonrisa. «He tenido siempre a mis compañeras martirizadas, y eso que ellas se portaron estupendamente conmigo. Fueron muy comprensivas. Cuando llegué a Getafe –última parada que le ha llevado a lugares como Vallecas, Móstoles y Aranjuez, siempre en las periferias– vine buscando pisos chiquititos y viejos sobre los que realizar la reforma necesaria pero que luego, en caso de un nuevo traslado, pudiera alquilar. Por eso también tenía que ser barato, que no tenía mucho dinerito ahorrado».

Un pequeño paraíso

Podemos decir que por primera vez estamos pues en el estudio (en un estudio) de Estefanía. Un lugar, como ella misma constata, que también funciona como showroom para mostrar su obra y para recibir convenientemente a las visitas. «Mi pequeño paraíso», sentencia. Suyo y de Chanel, su gata, que campa por la casa a sus anchas, y de la que un enorme cartel con su nombre permanece apoyado en una pared del salón (esto también tiene una explicación: para esta firma ha trabajado Estefanía como escaparatista). Tanto tiempo pasa la artista fuera, que ella es la auténtica «jefa» del lugar. Por eso hoy se muestra algo reacia a nuestra presencia, mientras esquiva las cámaras.

Cualquiera que conozca el trabajo de Estefanía, la reconoce en pequeños detalles de la vivienda. Como en las brillantes tiras decorativas de papel de aspecto metálico que penden del arco de la puerta del pasillo

«Yo vengo todos los días –prosigue Martín Sáenz–. Sólo así soy productiva. Y tres horas aquí no me las quita nadie. Es poco, pero es lo que puedo permitirme. Termino llegando a casa hacia las diez de la noche, pero la tengo cerquita. Sin embargo, de lunes a viernes me impongo esta rutina. Los fines de semana, intento pasar todo el día, menos las mañanas, que soy voluntaria en una asociación de galgos. Pero lo que me resta de jornada, me como un bocadillo y hasta que se hace de noche.

La foto de la boda de sus padres y algunas figuras de «El mago de Oz», entre los recuerdos almacenados
La foto de la boda de sus padres y algunas figuras de «El mago de Oz», entre los recuerdos almacenados - I. Permuy

Cualquiera que conozca el trabajo de Estefanía, la reconoce en pequeños detalles a lo largo de toda la vivienda. Como en las brillantes tiras decorativas de papel de aspecto metálico que penden del arco de la puerta del pasillo que lleva a la habitación que le sirve de taller. O en las cadenetas de luces que cuelgan allí en una ventana o en un radiador del salón. Como estamos en Navidad, me dirán que es lógico que la artista disponga de todas estas cosas. Pero a nuestra protagonista la acompañan el resto del año: «Lo de las luces, por ejemplo, yo creo que es reminiscencia de mis veraneos infantiles en Benidorm».

«Necesito del calor de hogar, hacer una casa del lugar en el que desarrollo mi labor. ¿Recuerdas cuando en la película “El mago de Oz” se decía “como en casa en ningún sitio”? Para mí es básico»

También es posible encontrar a Martín Sáenz en las telas desplegadas en el estudio, esperando a ser intervenidas para transformarse en parte de sus futuros proyectos; y en las obras de otros artistas que atesora y que son resultado de intercambios: las fotos de Ángel Guzmán, el lienzo del padre de Alejandro Calderón, las pinturas de Miguel Scheroff, las aportaciones de Guillermo Peñalver o Andrés Pachón... Pero, sobre todo, en todos esos juguetes y fetiches que pueblan sus estanterías, como antes poblaron su imaginario.

Como en casa, en ningún sitio

«Para algunos creadores, la separación entre vivienda y estudio es necesario. Para mí, una conquista. Podría trabajar en casa de mi novio, que es donde vivo ahora y la razón por la que me he trasladado a Getafe, pero no estaría a gusto, pensando todo el rato si se me cae algo o si golpeo algo. Allí vivo, aquí, trabajo. Pero, aún así, necesito del calor de hogar, hacer una casa del lugar en el que desarrollo mi labor. ¿Recuerdas cuandoen la película “El mago de Oz” se decía “como en casa en ningún sitio”? Para mí es básico». Y por eso, en esos muebles y en esas estanterías se acumulan todos los recuerdos compilados por esta autora en estos dieciséis años en Madrid. Una muñeca de Dorothy incluida. Y por eso allí descansa la foto de boda de sus padres, entre otros pequeños juguetes. «Quiero que el que entre diga: “Esto es una casa. Es su casa”. Además, me gusta mucho la decoración, aunque aquí no se note».

La artista remata uno de sus dibujos sobre una tela
La artista remata uno de sus dibujos sobre una tela - I. Permuy

Confiesa la artista que hoy, esto esta recogido porque hemos venido a verla. Quizás es ese inhabitual orden el que tiene también inquieta a Chanel: «Si no hubiera organizado un poco, no podríamos sentarnos ni grabar el vídeo. Soy muy expansiva, por lo que me obligo a organizar todo lo que he sacado –entre telas, revistas, imágenes de archivo–, una vez a la semana. Acumulo hasta tal punto que no se ven los muebles».

«De lunes a viernes me impongo una rutina de tres horas. Los fines de semana, intento pasar todo el día, menos las mañanas, que soy voluntaria en una asociación de galgos»

Estefanía ya trabaja en las obras que llevará a JustMad con Gemma Llamazares y en las piezas del que conformarán el próximo «Conexiones» que comisaría Óscar Alonso Molina en el Museo ABC. «No soy muy sistemática en mi labor. Cuando llego aquí es muy probable que, tras todo un día dedicada a mi otro empleo, no me apetezca dedicarme a lo que tenía programado y me ponga con actividades más mecánicas. Hago lo que me pide el cuerpo, a no ser que tenga que entregar obra y no quede más remedio que acabar lo comenzado». Para ello, en la habitación destinada a taller, la artista cuenta con varias mesas. En una reposa el ordenador. En otra, lleva a cabo las labores de dibujo. En una pared están grapadas las telas que ya hay que bordar. Una tabla y unas borriquetas, y una nueva superficie en el centro de la habitación para trabajos complementarios.

El olor de los muestrarios de telas

«Es posible que fuera mi madre, que fue modista, la que me inculcó el amor por las telas, que no por el bordar, que no me gusta demasiado. De hecho, lo odio. Recuerdo acompañarla y quedarme embobada ojeando los muestrarios. También me viene de mi madre lo de trabajar con música. Aunque más que con música, lo hago con ruido de fondo, con la tele puesta en cualquier canal de series, que yo no veo, sino que «oigo». Y si no tengo nada puesto, me queda el vecino de abajo, al que conocí personalmente hace unos días, y que toca la batería. La buena noticia es que tiene buen gusto». Hoy no nos está molestando. Estefanía le avisó que veníamos a hacerle esta entrevista...

Detalle del salón de la casa, con obras intercambiadas con otros artistas
Detalle del salón de la casa, con obras intercambiadas con otros artistas - I. Permuy

Podríamos estar horas hablando con esta joven menuda de imaginario inabarcable. Chanel intuye nuestra partida y se contonea aún más si cabe. Antes de marcharnos, le damos un buen viaje al cuenco de golosinas que la artista ha comprado para agasajarnos, y le preguntamos sobre el futuro de este espacio. Estefanía coge aire y responde: «No puedo decir que sea el definitivo porque no hay nada definitivo en esta vida. Pero tendrá que serlo algunos años más. Ya lo he hecho mío, aunque le faltan cosas ¡No tengo armarios y la cocina es precaria! Pero me costaría irme de aquí». «Que nos den vida y color, y nada más», cantaban en los noventa Tam Tam Go. ¡Pues no se hable más!

Estefanía, en la mesa en la que descansa su ordenador
Estefanía, en la mesa en la que descansa su ordenador - I. Permuy