«Me voy a casa en el tren de medianoche», uno de los ambiguos títulos de Westermann
«Me voy a casa en el tren de medianoche», uno de los ambiguos títulos de Westermann
ARTE

Las cajas de amargura de Westermann

Primera cita en Europa de H. C. Westermann, el verso suelto de la escultura norteamericana. El Museo Reina Sofía lo presenta

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Dentro de la Historia del arte norteamericano del siglo XX, Westermann sigue siendo todavía un desconocido. Los motivos de esta ignorancia tienen que ver seguramente con el hecho de que su obra no encaja claramente con ninguno de los grandes movimientos artísticos de su época. Nacido en Los Ángeles en 1922, cuando empieza a darse a conocer, en los cincuenta, el panorama internacional estaba completamente dominado por el Expresionismo abstracto. A finales de esta década, emergieron con fuerza el Minimalismo, el Pop y el Conceptual, movimientos con los que su obra no tiene absolutamente ninguna relación.

Frente a esta tradición, la producción de Westermann mantenía un cierto aire anacrónico, un abierto compromiso con la figuración y una explícita reivindicación de las técnicas artesanales. Remotamente emparentado con Paul Klee o con la vieja tradición surrealista, sus cajas de madera y sus objetos escultóricos difícilmente podrían abrirse paso, en medio de la hostilidad antiexpresiva y antifigurativa que había de caracterizar al Minimalismo.

Pregúntale a Mies

Artesano exquisito y delicado, vendió su primer objeto en 1955, nada menos que a Mies van der Rohe. Trabajando en una tradición vagamente surrealista, empezó a producir cajas «con sorpresas» en su interior. Algunas contenían barcos fantasma; otras se transformaban en casas; otras se convertían en robots o en cabezas de personas. Sus temas y sus títulos, sin embargo, contradecían claramente su ingenua apariencia de juguetes infantiles, pintados con divertidos y luminosos colores, pues sus casas eran casas desoladas, sus barcos, de la muerte; e incluso construyó una bonita torre, con altas escaleras, pensada para suicidas. Westermann había sido marine en su juventud y participó en la batalla del Pacífico, en la II Guerra Mundial, y posteriormente en la de Corea. A bordo del USS Enterprise padeció varios ataques kamikaze por parte de la aviación japonesa, y presenció como eran masacrados sus compañeros a bordo del portaviones Franklin. Desde entonces su visión del mundo se volvió irónica y amarga.

La tradición escultórica de la caja tenía sobre todo en EE.UU. dos importantes precedentes. El primero, sin duda, Marcel Duchamp, cuyo trabajo todavía era desconocido para el gran público; pero el segundo era Joseph Cornell, quien precisamente había colaborado con Duchamp en sus Boites en valise, e hizo de la caja un objeto artístico socialmente aceptable. Por ello, no es del todo cierto que Westermann se encontrase absolutamente huérfano de toda tradición. También Torres-García había trabajado en Nueva York haciendo juguetes de madera desde los años veinte, y, por otra parte, la tradición surrealista del collage y el assemblage tampoco le eran tan extrañas a contemporáneos de Westermann como Rauschenberg y sus Combine Paintings.

De este modo, terminó alcanzando un cierto reconocimiento. Un joven Donald Judd -el gran defensor del Minimal, en las antípodas de su trabajo- sorprendió reseñando elogiosamente su escultura, y la obra de Westermann llegó incluso a ser portada de un número de Art Forum del año 1967.

La exposición de Madrid constituye la primera gran retrospectiva de su obra en Europa. Reúne cerca de ciento treinta obras del artista, entre esculturas y grabados, que han sido traídas de distintos museos y colecciones privadas de Estados Unidos.