Uzcudun (en la foto, entrenando) usó a Pedro Roca de «sparring» en alguna ocasión
Uzcudun (en la foto, entrenando) usó a Pedro Roca de «sparring» en alguna ocasión
RAROS COMO YO

De boxeador a literato

Boxeador sonado y escritor caótico, a Pedro Roca se le podría considerar la versión española y desquiciada de Arthur Cravan

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La cofradía de los esnobs mitómanos ha encontrado en Arthur Cravan, aquel sobrinito de Oscar Wilde entreverado de boxeador y poeta dadaísta, uno de sus motivos más recurrentes. Pero Cravan, que pudo permitirse el lujo de «tomar todos los trenes y todos los navíos / fornicar con todas las mujeres y engullir todos los platos», era sin duda un personaje menos estupefaciente que Pedro Roca, «el Uzcudun de Gràcia». A este púgil barcelonés lo ha rescatado Julià Guillamon de los desvanes del olvido en su deliciosa obra « Jamás me verá nadie en un ring» (Editorial Comanegra), que es a la vez una elegía sobre la edad dorada del boxeo catalán y una originalísima «quest» sobre este peso pesado que llegó a disfrutar de gran popularidad –si bien siempre rebozada de escarnios y chirigotas– a principios de los años treinta. Como Cravan, Pedro Roca fue, además de boxeador, literato; y aunque se hubo de conformar con tomar tranvías, fornicar con las piculinas del barrio chino y rebañar migas, era mucho más peludo que Cravan. Así que bien merece que lo incluyamos en esta galería de escritores borrosos o desportillados.

Trabajando en la obra de Carlos Sentís, Guillamon descubrió un par de artículos del gran periodista en los que se aludía a este Pedro Roca; y así puedo reconstruir su corta pero muy accidentada carrera como púgil. Siendo todavía amateur, Roca se hizo famoso porque quiso cobrar un combate; y cuando por fin se hizo profesional, en volandas de su físico amedrentador, no hizo sino cosechar derrotas estrepitosas y atraer a un público con ganas de juerga que acudía a sus combates como quien asiste a la plaza para ver espectáculos de toreo cómico. Los gacetilleros deportivos del semanario deportivo « Xut!» le hicieron pronto diana de sus bromas malévolas, que Guillamon recoge en su «quest»; en algunas de ellas, Pedro Roca aparece como un convencido republicano: «Cuando Azaña fue elegido presidente del Consejo, el peludo Roca se apresuró a felicitarlo. Inmediatamente recibió una carta del secretario agradeciéndole la felicitación, pero no quedó contento. Lo que él quería era que Azaña le contestara personalmente, e insistió. Fue entonces cuando Azaña le dirigió cuatro rayas que el peludo Roca lleva siempre encima y enseña a todos los conocidos».

Memorias caóticas

Después de coleccionar autógrafos de Azaña y palizas sin cuento, un Pedro Roca completamente sonado se retira –o más bien lo retiran caritativamente– a principios de julio de 1932, para consagrarse sin remilgos a la literatura. A los pocos meses entrega a la imprenta su primera obra, «De boxeador a literato» (también editada por Comanegra), una suerte de memorias abreviadas y caóticas en las que ensarta de manera deslavazada una serie de anécdotas vitales, entre las que destacan su participación como artillero en la Guerra del Rif y su experiencia como «sparring» de Paulino Uzcudun, en vísperas del célebre combate que mantuvo con Primo Carnera en el estadio de Montjuic. La escritura de Roca es siempre desquiciante, algo así como una liebre tullida brincando entre los escombros de la sintaxis; pero en su doliente caos se agazapa siempre la hilaridad, a veces involuntaria, a veces premeditada. Con razón escribe Guillamon que Roca logró, gracias a los muchos mamporros recibidos, «lo que a los surrealistas les costó experimentos y muchas horas de estudio: el automatismo psíquico puro, tanto en prosa como en verso».

Pruebas de esta escritura automática las encontramos en «De boxeador a literato» por doquier. Cuando Uzcudun le suelta sin mala intención un trompazo, la descripción de Roca se asemeja a la que Borges nos hace del Aleph, en versión chusca: «Estrellas las vi a millones, resultaba que aquel trompazo, no habiendo nunca recibido uno tan fuerte ni parecido, vi un resplandor como si hubiera habido dentro del Teatro Olympia toda la Energía Eléctrica de Cataluña dentro, que con tanto disparo magnético que se me produjo en un segundo, vi todo el mundo y sus estrellas de arriba el globo terrestre; vi hasta a San Pedro que corría por dentro del barrio chino buscando la Criolla, buscando Gloria, vi siete curas y una monja, buscando una esponja para mí como saben muy fiel, pues él dice dónde estás corazón, que te siento palpitar, me voy a merendar, y comeré mucho, si no me disgusto». Más descacharrantes resultan aún sus descripciones del colosal Carnera, al que asegura que tienen que afeitar dos barberos subidos en sendas escaleras, que primero le frotan el rostro con escobas, «porque en lugar de pelos tiene alambres» que sólo ceden ante «una sierra de serrar tornillos». Tampoco las hipérboles que dedica a los hábitos alimenticios del campeón italiano desmerecen el tono demencial del libro: «Él comía como seis y, además, le servían lo de seis: la sopa al medio día, en lugar de ponerle platos de sopa le ponían la manguera en comunicación a él y cuando decía bastante tiraba un plato al aire y ya empezaban con los platos con filetes, tortillas, con cadenas, los platos y las cucharas, las tenían atadas con una goma al techo y empujaba un botón y ya tenía las que quería, tenedores tenía dos de cinco dátiles. Panecillos un saco, parecía que se quitaba algo de los dientes; un panecillo era nada para él. Para postres, una caja de membrillo».

Cosechó las derrotas más estrepitosas, atrayendo a un público con ganas de juerga

No faltan tampoco en «De boxeador a literato» las profesiones de fe republicana: «La piel se cambia, pero la sangre hay que purificarla y cambiarla. Siempre queda, hay que regenerarla con otra igual para honrar a España, la de los tres colores españoles, que es jardín de flores y hacen olor las tricolor. ¡Viva esa flor! ¡No hay otra mejor!». Pero no hay obsesión tan recurrente en Pedro Roca como la de la comida. Cuando se cruza en el combate de Uzcudun y Carnera con el gran campeón alemán Max Schmeling, escribe: «Quedamos la mar de amigos. Cuando vaya a Alemania me invitará a comer y miraremos cuál de los dos come menos, el que coma menos paga». Siempre la comida planea y se inmiscuye obsesivamente en sus pensamientos paranoides: «Tengo que tomar agua caliente, de lo contrario paso el verano dentro de una nevera para que me conserve, tomando cerveza fresca, y así uno se acuesta. También me tendré que dedicar a castigar faroles y los haré servir para ir a buscar caracoles, allí si la mano es traidora podré castigar alguna pescadora que tenga mucha sal, porque, ojo, si va mal enseguida me vuelvo colorado, eso es que no me gusta el estofado», etcétera.

Todavía Pedro Roca publicará un segundo libro, «Amor que oyó amor» (1933), una novelita de corte sentimental, muy agitada de viajes y ensoñaciones cosmopolitas, en la que el narrador se enamora de una señorita a la que llama Madame Trejolí Bocú, mientras insiste en comparaciones turulatas entre la anatomía humana y la mecánica de un automóvil e intercala poemas siempre acechados por el fantasma de la carpanta: «El dinero se vuelve cordero, / la moneda sale paella, / los billetes se vuelven filetes, / la calderilla tortilla», etcétera. La última mención a Pedro Roca que Guillamon ha podido hallar en la prensa barcelonesa nos lo pinta, allá por mayo de 1935, pegando un crochet y dejando K. O. (¡el primer K. O. que lograba, después de haber sufrido tantos!) a un hombre-anuncio en la Exposición del Automóvil, creyendo que se trataba de un maniquí de goma. Nuestro Uzcudun de Gràcia llevaba para entonces mucho tiempo arrastrándose por los cafés, donde trataba de colocar sus librillos desgualdrajados. Y es posible que por aquellas mismas fechas lo internaran en el manicomio de Sant Boi, donde tal vez acabase sus días, peregrino por corredores lóbregos, donde sus gritos de orate retumbarían como aclamaciones de un público espectral o turbamulta de palabras huérfanas, como retales de una escritura automática que se ha tragado la noche.