«El jardín de las delicias», una de las obras más conocidas del Bosco
«El jardín de las delicias», una de las obras más conocidas del Bosco
ARTE

El Bosco: cinco siglos no bastan para descifrarlo

A finales de mes, el Museo del Prado prepara la gran exposición del Año Bosco en España. No en vano, esta ha sido su casa durante siglos, donde ahora volverá el amante del arte

Madrid Actualizado: Guardar
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El Museo del Prado conmemora el quinto centenario de la muerte del Bosco con una gran muestra. Sus enigmáticas pinturas son una de las joyas de la institución. Cinco siglos no han sido suficientes para descubrir su misterio. Los estudiosos han brindado interpretaciones de todo tipo, teológicas, morales, psicoanalíticas, esotéricas, pero ninguno hasta hoy ha logrado convencer a los demás.

Se ha dicho que el interés por la pintura del Bosco debe mucho al «exasperado misticismo español». España tiene la suerte de poseer buena parte de su producción. Felipe II lo admiraba tanto que adquirió cuantas piezas pudo. Ya su bisabuela Isabel la Católica y su abuelo Felipe el Hermoso contaban con algunas. Quizás no sea estéril partir de esta afición. Aunque ser un apasionado coleccionista no garantiza la comprensión de un autor, vale la pena imaginar qué vio el Monarca en su obra y por qué, al final de su vida, quiso tenerla ante sus ojos.

Larga agonía

La agonía de Felipe II duró 53 días. Así lo dice un testigo, el padre Sigüenza, bibliotecario de El Escorial. De acuerdo con sus palabras, el Monarca, lleno de temor, ordenó traer a su alcoba multitud de crucifijos y reliquias. Era el mayor coleccionista de la cristiandad (siete mil piezas, entre ellas, un centenar de cabezas y diez cuerpos enteros) y creía en su poder curativo. Por si la parafernalia sagrada no bastara, el Rey pidió también que se dispusieran alrededor de su lecho de moribundo las tablas y trípticos del Bosco. Parece que esperaba hallar en ellas algo de lo que encontraría tras entregar su alma a Dios.

Hieronymus Bosch falleció en 1516, un año antes de que Lutero clavara sus famosas tesis en la iglesia de Todos los Santos de Wittemberg. No era, claro, un hombre moderno. Obsesionado con el problema de la salvación, consagró su arte a traducir la esencia del mensaje bíblico. Ni los dogmas, ni las sutilezas eclesiásticas, ni los temas tangenciales de la piedad, le interesaban en absoluto. Aunque hay mucho de visionario, de onírico y esotérico en sus pinturas, el marco donde esos elementos cobran sentido es el credo cristiano. Las aberraciones que plasmó como aviso de lo que puede sucederle a quien vuelve la espalda a Dios no tienen nada que ver con la crítica de la razón o el surrealismo. Basta con contemplar los pórticos de las iglesias románicas y góticas o los bestiarios de la época para saber que todo eso estaba ahí. Él enriqueció innegablemente ese legado, pero con un espíritu medieval. Fue, por cierto, esa fidelidad a la tradición la causa de que se le apreciara tanto en la España de la Contrarreforma.

El interés por la pintura del Bosco debe mucho al «exasperado misticismo español»

Pero volvamos al aposento de Felipe II e imaginémosle escrutando con sus ojos exhaustos las pinturas. Sin duda, tuvo que prestar atención a una pieza trasladada al Escorial en 1574 y sobre cuya autoría hay hoy dudas: la « Tabla de los siete pecados capitales». Arriba, a la izquierda, en un medallón circular, un hombre acostado agoniza. Sobre el cabecero de la cama, disputando su alma, un ángel y un demonio. La escena debía aterrorizar al Monarca, pues si, de acuerdo con Sigüenza, sufría alucinaciones, no es improbable que los viera allí mismo combatir por la suya. ¿Cuál de los dos saldría victorioso?

La tabla muestra en el medallón opuesto lo difícil que es la entrada que conduce al Reino de Dios y lo fácil que es, en cambio, precipitarse en el infierno. Incluso a las puertas de la gloria trata el diablo de tentar a las almas. Era la misma tesis que sostenían los tratados de bien morir tan populares entonces. Una de las argucias del diablo, según ellos, es desesperar al moribundo de la misericordia divina. Felipe II debió pensar en esto. ¿Llegaría a verse en el círculo de los bienaventurados donde lo había pintado Tiziano o sus actos lastrarían su alma?

Infierno sin sentido

A pesar de sus temores, y sus temores tuvieron que ser grandes puesto que identificaba el buen gobierno con la intransigencia, el Bosco confirmaba su creencia en que el orden depende de la presencia divina y el caos, de su ausencia. Sin la gracia del Creador el paraíso deviene mundo y el mundo infierno. De esa transición, núcleo de la creencia religiosa, tratan precisamente dos de los maravillosos trípticos del pintor propiedad del Monarca: « El jardín de las delicias» y « El carro de heno». En el panel de la izquierda, el paraíso, la obra divina, bella y perfecta. En el panel central, el mundo, reino del hombre, dominado en un caso por el deseo y en otro por la codicia; siempre dramático porque lo que está en juego en él es el destino de su alma inmortal. Por último, en el panel derecho, el infierno, donde reinan el desorden y la aberración. El Bosco, que en varias pinturas representó a los malvados que escarnecieron a Jesús como hombres deformes de aspecto grotesco, recurre para describir a las criaturas infernales, esas que ya están privadas por completo de sentido, a lo aberrante y monstruoso. La perversión del plan divino se refleja en seres que estrictamente no lo son, híbridos fruto de la yuxtaposición de miembros mal acoplados, una amalgama caprichosa de trozos inconexos y disonantes. Como sostenían los tratados medievales, el infierno no es más que la ausencia de Dios, el mero sin sentido. La pretensión de describir los pormenores de esa carencia –costumbre que va desde «La visión» de Tundale al «Retrato del artista adolescente»– responde a la voluntad de representar los efectos degradantes del mal sobre las criaturas. El Bosco incluye también aquí las alucinaciones de los eremitas que ascéticamente se resisten a las tentaciones del diablo. La enseñanza es siempre la misma: hay que tener cuidado porque el goce efímero puede truncarse en dolor eterno, el placer volverse castigo y punición.

Las aberraciones que plasmó no tienen nada que ver con la crítica de la razón o el surrealismo

El espectador contemporáneo ya no comparte la mentalidad del Rey y el pintor. Paraíso e infierno, como sueño utópico o como perversión de ese sueño, han dejado de pertenecer al orden intemporal y trascendente. La muerte de Dios ha alimentado la necesidad de crear un paraíso en la Tierra, de ordenar las cosas de forma que encajen en un orden moralmente superior. A la par, el esfuerzo por materializar ese deseo ha conducido a horrores espantosos. Las fantasías del Bosco hablan al hombre actual de una realidad que conoce de cerca. Cuando, siguiendo a las fuentes teológicas de su época, pinta a los condenados como simple carne, una carne que puede ser objeto de todo tipo de perversiones, desde la mutilación al achicharramiento, no podemos evitar pensar en los campos de exterminio y los hornos crematorios.

«Toda carne es hierba», proclamó el profeta Isaías en una frase que inspira «El carro de Heno», última obra sobre la que quiero llamar la atención del lector. Miren el panel central, las figuras que porfían entre las ruedas del vehículo: ¿no hay algo goyesco en ellas?, ¿tomó de aquí el autor de los «Caprichos» gestos que le sirvieron para plasmar la cerrilidad que conduce a la guerra, la matanza y el desastre? Felipe II era insensible a este tipo de problemas humanos, pero no Goya, pintor que se retrató con el gesto del protagonista de otra suculenta fantasía bosquiana: « La extracción de la piedra de la locura». Nuestra locura.

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