«En la granja Saint-Siméon: Jongkind, Van Marcke, Monet y el padre Achard», acuarela de Boudin de hacia 1862
«En la granja Saint-Siméon: Jongkind, Van Marcke, Monet y el padre Achard», acuarela de Boudin de hacia 1862
ARTE

Belleza meteorológica: de Boudin a Monet

Boudin fue el maestro y Monet, de alguna manera, el discípulo. Sin embargo, ninguno superó al otro. Así lo deduce el espectador de la muestra que el Museo Thyssen dedica a la conexión entre ambos

Actualizado:

Eugène Boudin y Claude Monet se conocieron en 1856 en la villa normanda de El Havre. El primero tenía 31 años, quince el segundo. Informalmente, su relación fue de maestro y discípulo. Boudin, para quien «tres golpes de pincel al natural valen más que dos días de trabajo de caballete», inculcó a Monet la pasión por la primera impresión y la pintura al aire libre. Monet llevó todo esto tan lejos que, al final, el maestro se convirtió en discípulo.

Miembro de la generación de Cabanel, Gérôme y Bouguerau, figuras del academicismo contra la que se alzaron los pintores impresionistas, Boudin mostró desde su juventud una discreta y firme resistencia al estilo de sus coetáneos. Sus modelos fueron los maestros holandeses del XVII, pintores amantes del paisaje a los que emuló porque adoraba la forma en que sabían representar el cielo y las nubes. El apelativo de «rey de los cielos» que le dedicó Corot no fue casual. También veneraba la pintura veneciana del XVIII, especialmente la de Tiepolo y Guardi, cuya influencia resulta evidente en las escenas de playa, que fue uno de los primeros en cultivar.

Experiencia crucial

El encuentro entre los dos artistas tuvo lugar casualmente en un establecimiento donde se enmarcaban cuadros. El encargado, que ya le había hablado a Boudin del muchacho debido a la calidad de las caricaturas que entonces constituían su principal actividad artística, hizo el papel de presentador. Boudin, consciente de los grandes méritos del joven, lo invitó a acompañarlo al campo para dibujar. Para Monet fue una experiencia crucial. No le agradaba demasiado la pintura de su nuevo amigo, extraña para sus inexpertos ojos, pero al verlo trabajar se dio cuenta de que había en ella más arte del que pensaba. Fue como si un velo se desgarrara de repente dejándole comprender las dificultades de pintar el instante efímero y los efectos cambiantes de la luz. A pesar de ello, Boudin era un artista tímido, incapaz de cruzar ciertos límites. Su fidelidad a la naturaleza, que Baudelaire elogió y deploró al tiempo, llegaba al extremo de poderse adivinar frente a un cuadro suyo el viento, la estación, la hora en que fue pintado. Sería Monet el destinado a rebasar esos límites y adentrarse en un territorio donde iba a estar completamente solo.

«Costa y cielo», pastel sobre papel que Boudin ejecutó entre 1888 y 1892
«Costa y cielo», pastel sobre papel que Boudin ejecutó entre 1888 y 1892

En 1874, Monet invitó a Boudin a participar en la exposición del bulevar de los Capuchinos que originó el Impresionismo. El maestro concurrió a la cita con tres paisajes de la costa atlántica, cuatro acuarelas y seis pasteles, la mitad de los cuales eran estudios de cielos, su especialidad. Aunque posteriormente se reconocería el papel precursor de dichos pasteles en la gestación del Impresionismo, Boudin no salió demasiado contento de la experiencia. Ser asociado con los llamados «intransigentes» resultaba arriesgado para un artista maduro y de espíritu conservador que necesitaba continuar vendiendo para vivir.

Si bien la proximidad estilística entre ambos pintores es tan grande como para haber dado lugar a falsas atribuciones (El campanario de Sainte-Catherine, presente estos días en el Thyssen, fue considerado durante décadas obra de Monet), Boudin tendía al paisaje pintoresco, un poco al gusto de la Escuela de Barbizon, mientras que Monet se servía de él como pretexto para estudiar las variaciones de luz y las relaciones cromáticas. Este tipo de cuestiones estuvieron entonces de moda debido, en parte, a la influencia de las teorías de Ernst Mach, quien sostenía que el mundo está hecho de sensaciones y no de cosas, y a la evolución de la química de los colores, ligada al desarrollo de la industria textil. Así, mientras que Boudin y los de su generación siguieron usando pigmentos naturales y practicando el degradado que aprendieron de la tradición, Monet y sus coetáneos se abrieron a nuevas experiencias con colores sintéticos. No es extraño que en los años 80 Boudin se viera a sí mismo como un artista superado.

Tímidos y estúpidos

«Es triste pensar -escribe en una carta- que nosotros que chapoteamos en el color desde hace tantos años, nos volvemos estúpidos y tímidos ante estos recién llegados». Las panorámicas de Venecia que pintó casi al final de su vida, en junio de 1895, tres de las cuales pueden contemplarse hoy en Madrid, demuestran, sin embargo, que no estaba tan acabado. La maestría con que trasladó al lienzo las tonalidades grisáceas y vibrantes de los días estivales en los que el cielo se atormenta sobre la laguna revela que, pese a haber alcanzado de joven la excelencia en la representación de lo que Baudelaire llamó «bellezas meteorológicas», no dejó nunca de evolucionar.

Precisamente en aquella década, Monet emprendió el camino que le proporcionaría mayor reconocimiento y un lugar definitivo en la Historia de la pintura: las llamadas series o secuencias. Un mismo motivo -la fachada de la catedral de Ruan o los nenúfares de Giverny- visto en momentos diferentes, bajo condiciones atmosféricas y lumínicas diversas, se repite una y otra vez siempre de forma ligeramente distinta. La obra ya no es el cuadro aislado, sino un conjunto de ellos que recogen con precisión minúsculas variaciones ambientales. Cada pieza representa el esfuerzo por captar un instante. Boudin ya hizo parcialmente esto. Tomaba un motivo y trataba de plasmarlo bajo condiciones diversas, aunque no con el propósito de crear una serie o secuencia coherente. Quizá por eso los organizadores de la exposición de Madrid no han entrado en este aspecto tan esencial en la obra de madurez de Monet. Su intención ha sido simplemente mostrar la estrecha conexión estética entre maestro y discípulo. El espectador constatará, no obstante, que bastaba con eso para obtener un resultado más que satisfactorio.